La Corporación Interestadual Pulmarí avanza en una estrategia para fortalecer la producción local sin resignar la conservación de la biodiversidad. En el corazón cordillerano de Neuquén, el desafío ya no pasa por elegir entre desarrollo o ambiente, sino por aprender a sostener ambos.
En Pulmarí, donde el bosque nativo todavía marca el ritmo de la tierra, la discusión sobre el futuro empieza a tomar una forma menos abstracta.
La provincia de Neuquén puso en marcha una iniciativa orientada a fortalecer la producción en la región al mismo tiempo que profundiza la protección de la biodiversidad en una de las áreas más sensibles del territorio cordillerano.
La propuesta busca consolidar un modelo que durante años pareció imposible en gran parte del país: producir sin arrasar.
En una Argentina donde demasiadas veces el desarrollo económico se presentó como una excusa para degradar ecosistemas enteros, el caso de Pulmarí intenta ensayar otro camino.
La idea es articular el trabajo de comunidades locales, organismos técnicos e instituciones públicas para mejorar el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales, especialmente en actividades vinculadas al territorio.
No se trata solamente de conservar paisajes para las postales, sino de proteger un equilibrio delicado que sostiene la vida social, cultural y económica de la zona.
Pulmarí ocupa un lugar singular dentro de Neuquén.
Allí conviven comunidades mapuches, productores rurales y una riqueza biológica que convierte a la región en una pieza clave del patrimonio ambiental patagónico.
Cuidar ese entramado implica algo más profundo que una política ambiental: supone reconocer que la naturaleza no es un decorado, sino una condición para cualquier proyecto de futuro.
El impulso oficial apunta a que la conservación deje de ser vista como un límite para transformarse en una herramienta de desarrollo.
Esa mirada, todavía poco frecuente en la política nacional, empieza a ganar espacio en algunas provincias que entienden que la crisis climática ya no permite separar economía de ambiente.
En tiempos donde desde la Casa Rosada se insiste en reducir al Estado a su mínima expresión, experiencias como la de Pulmarí muestran otra lógica posible.
Una en la que la presencia pública no aparece como un obstáculo, sino como una forma de ordenar intereses y evitar que el corto plazo termine hipotecando lo que tarda siglos en construirse.
En Pulmarí, el debate no es solamente cómo producir más.
La pregunta de fondo parece ser otra: cómo hacerlo sin destruir aquello que hace de ese territorio un lugar irrepetible.