Neuquén lleva más de dos décadas estudiando el hantavirus para anticiparse al riesgo

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La provincia consolidó uno de los sistemas de monitoreo más importantes del país sobre hantavirus, combinando investigación científica, vigilancia epidemiológica y prevención territorial en una región donde circula la variante Andes Sur.

En la Patagonia, el hantavirus nunca fue solamente una preocupación sanitaria.

También se volvió una cuestión de territorio, clima y conocimiento científico.

Neuquén lleva más de veinte años desarrollando investigaciones, monitoreos y sistemas de prevención para entender cómo circula el virus y cómo reducir riesgos en una de las regiones donde la enfermedad tiene presencia histórica.

La provincia trabaja especialmente sobre la variante Andes Sur, una cepa particular del hantavirus que circula en la región andino-patagónica y que tiene una característica excepcional a nivel mundial: puede transmitirse entre personas en contextos muy específicos de contacto estrecho.

Aunque el número de casos suele ser relativamente bajo, la enfermedad mantiene una alta letalidad.

En Neuquén el promedio histórico ronda los dos casos confirmados por año, aunque hubo períodos con brotes más intensos y otros sin registros positivos.

El principal reservorio del virus en la región es el ratón colilargo, un pequeño roedor silvestre que habita zonas cordilleranas, áreas rurales y sectores de estepa.

Pero los investigadores remarcan algo importante.

No todos los roedores portan el virus.

Los estudios realizados por el Centro de Ecología Aplicada del Neuquén (CEAN) junto al Inibioma y otros organismos científicos permitieron comprender mejor cómo influyen factores ambientales sobre la circulación del hantavirus.

Uno de los fenómenos más observados es la llamada “ratada”.

Cuando florece masivamente la caña colihue, aumenta enormemente la disponibilidad de semillas y eso provoca una explosión poblacional de roedores. Neuquén registró eventos de este tipo en 2001, 2010, 2013 y 2018.

Esa información permitió fortalecer sistemas de alerta y prevención mucho antes de que aparezcan casos humanos.

Ventilar espacios cerrados.
Evitar barrer en seco.
Usar lavandina para limpiar superficies.
Mantener viviendas sin maleza ni acumulación de residuos.

Gran parte de las recomendaciones sanitarias actuales nacen justamente de ese trabajo científico acumulado durante décadas.

La discusión volvió a tomar fuerza en las últimas semanas después del brote detectado en el crucero MV Hondius, que puso otra vez al hantavirus en el centro de la atención internacional. Autoridades sanitarias nacionales y provinciales reforzaron monitoreos epidemiológicos y seguimiento de contactos ante la aparición de casos vinculados a la cepa Andes.

Pero los especialistas insisten en algo importante.

El hantavirus no tiene capacidad para generar una pandemia global como ocurrió con el COVID-19.

Su circulación depende de condiciones ambientales muy específicas y de la presencia del reservorio silvestre.

Aun así, la experiencia patagónica muestra cómo la investigación sostenida puede convertirse en herramienta concreta de salud pública.

Porque muchas veces prevenir una enfermedad no empieza en un hospital.

Empieza mucho antes.

En el monitoreo de un bosque.
En el estudio de un roedor.
O en décadas de ciencia silenciosa intentando entender cómo se mueve un virus entre la naturaleza y las personas.