La capilla que guarda más de un siglo de memoria en el norte neuquino

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En Chos Malal, la capilla Santo Domingo Savio conserva huellas de la presencia salesiana y de la historia religiosa del Alto Neuquén. Integrada al Camino de la Fe, su valor no está en la monumentalidad, sino en las historias comunitarias que todavía viven entre sus paredes.

Hay edificios que parecen pequeños hasta que uno conoce todo lo que pasó alrededor de ellos. La capilla Santo Domingo Savio, en Chos Malal, es uno de esos lugares.

Ubicada sobre la avenida Don Bosco, junto al cementerio de la localidad, la capilla forma parte del paisaje cotidiano del norte neuquino. Su arquitectura es sencilla, con elementos eclécticos y neoclásicos, pero detrás de esa apariencia austera se encuentra una historia que atraviesa más de un siglo de presencia salesiana en la región.

El templo pertenece a la comunidad vinculada con la parroquia María Auxiliadora de Chos Malal y representa una parte del entramado religioso que acompañó el desarrollo de las comunidades del Alto Neuquén.

Su historia también está relacionada con los misioneros salesianos que recorrieron enormes distancias para llevar adelante su tarea pastoral. En una Patagonia marcada por caminos difíciles, grandes extensiones y comunidades dispersas, figuras como Domingo Milanesio, Marcelo Gardín, Florindo Zandonella, Mateo Gavotto, Bartolomé Panaro y Pedro Martinengo quedaron asociadas a esa etapa de la historia regional.

Pero la capilla no conserva solamente nombres.

En su interior existe un detalle particularmente interesante: dos altares que permiten observar cómo cambió la celebración católica a lo largo del tiempo. El antiguo altar, concebido como retablo y acompañado por columnas y arcos, corresponde a la tradición de la misa latina. Décadas después se incorporó otro altar orientado hacia los fieles, construido con una piedra procedente de Tricao Malal.

El resultado es casi una pequeña cápsula del tiempo.

Los dos altares permanecen juntos y permiten observar materialmente una transformación vinculada con las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II. La historia religiosa, en este caso, no aparece solamente en libros: está incorporada al propio espacio.

Ese patrimonio adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto territorial.

La capilla forma parte del Camino de la Fe, un corredor turístico de unos 800 kilómetros que conecta más de 40 espacios religiosos de la provincia, desde Ailinco hasta Villa La Angostura. La propuesta busca incorporar estos lugares a una mirada turística que no se limite a los grandes paisajes naturales de Neuquén, sino que también reconozca las historias, tradiciones y comunidades que construyeron identidad en cada localidad.

En Chos Malal, ese recorrido tiene un significado particular. La ciudad fue la antigua capital del Territorio Nacional del Neuquén y durante décadas funcionó como uno de los principales centros de organización social y religiosa del norte provincial.

La cercanía de la capilla con el cementerio agrega otra capa de memoria. Allí descansan algunos de los sacerdotes vinculados con los primeros tiempos de la misión salesiana en el Alto Neuquén. El pasado, de esa manera, no aparece como algo distante: forma parte del mismo paisaje que los vecinos atraviesan todos los días.

También resulta significativo que la figura de Domingo Savio esté vinculada especialmente con la juventud. Discípulo de Don Bosco, el santo salesiano representa valores como la educación, la alegría y el acompañamiento de niños y jóvenes, elementos centrales de la tradición educativa de la congregación.

La fiesta patronal se celebra cada 6 de mayo y mantiene vivo ese vínculo entre la comunidad actual y una tradición que atraviesa generaciones.

En tiempos en que el turismo suele medirse en cantidad de visitantes, ocupación hotelera o kilómetros recorridos, lugares como Santo Domingo Savio proponen otra forma de mirar el territorio.

No todo patrimonio necesita ser monumental para ser importante.

Una pequeña capilla puede conservar cambios religiosos, historias familiares, recorridos misioneros y recuerdos de una comunidad entera. Puede funcionar como espacio de fe, pero también como documento de la historia local.

Quizás ahí esté el verdadero valor de estos lugares: permiten recorrer Neuquén no solamente con los ojos puestos en sus montañas y paisajes, sino también en las personas que construyeron memoria a lo largo del camino.

Y en el norte neuquino, algunas de esas historias todavía tienen techo, paredes y una puerta abierta.