El proyecto del Sagrado Corazón de Jesús entra en su etapa final y busca convertirse en un nuevo punto de referencia para Huinganco. La obra combina arte, espiritualidad e identidad local, con una figura de Cristo caminando que recupera parte de la historia pastoril, minera y forestal de la comunidad.
En Huinganco, donde las montañas parecen formar parte de la vida cotidiana, una nueva figura comienza a tomar altura.
El proyecto del Sagrado Corazón de Jesús entra en su etapa final. La obra, emplazada en un lugar privilegiado del norte neuquino, está pensada para convertirse no solamente en un espacio de recogimiento, sino también en una nueva referencia visual y cultural para quienes viven en la localidad y para quienes lleguen hasta allí.
La particularidad aparece desde la propia concepción de la escultura. No se trata de un Cristo estático, sino de una figura caminando y llevando un cayado de pastor. La elección tiene un sentido concreto: vincular la obra con la identidad histórica de Huinganco y con actividades que durante generaciones formaron parte de la vida de la zona, como el pastoreo, la minería y la actividad forestal.
Es una manera de contar la historia sin necesidad de escribirla en una placa.
El paisaje también forma parte de la obra. En el norte neuquino, las distancias, las montañas y los caminos tienen una presencia que difícilmente pueda separarse de la identidad de sus comunidades. Por eso, la escultura busca dialogar con ese territorio en lugar de simplemente ocuparlo.
Uno de los elementos centrales será la gran cruz que acompaña al Cristo. La estructura, de más de 12 metros de altura, está inspirada en la Cruz de San Damián y tendrá un vitreaux especialmente diseñado para este proyecto.
Mientras en Huinganco avanzan las terminaciones de la estructura, ese componente artístico se trabaja en Junín de los Andes, en el taller del arquitecto y escultor Alejandro Santana. Allí se ultiman los detalles de una pieza que tendrá una función que va más allá de lo decorativo: contar una historia a través de imágenes, colores y símbolos.
La distancia entre el taller y Huinganco también forma parte de la historia de la obra.
Una pieza se construye en Junín de los Andes y luego encuentra su lugar definitivo en el norte. El resultado será una creación nacida de distintos puntos de la provincia, pero destinada a representar una identidad profundamente localizada.
En tiempos en los que muchas localidades buscan construir atractivos capaces de sumar visitantes sin perder aquello que las hace particulares, proyectos de este tipo adquieren otra dimensión.
El turismo puede llevar personas hasta un lugar, pero son las historias las que consiguen que esas personas recuerden haber estado allí.
Huinganco tiene mucho de eso. Su paisaje, su pasado productivo y sus tradiciones forman parte de una identidad que no necesita inventarse para ser atractiva. La nueva obra puede convertirse, precisamente, en una forma de poner ese patrimonio en diálogo con quienes visiten la localidad.
La figura del Cristo caminante parece resumir esa intención.
Caminar implica movimiento. Y también recorrido.
El pastor que avanza con su cayado puede leerse como una referencia religiosa, pero también como una imagen vinculada a la historia de una comunidad que construyó parte de su vida alrededor del trabajo y de una relación estrecha con el territorio.
La gran cruz, por su parte, funcionará como un elemento visible desde la distancia y podría transformarse en una nueva postal del norte neuquino.
Todavía faltan los últimos trabajos.
Pero la obra ya empieza a modificar el paisaje y, sobre todo, a generar expectativa entre quienes esperan verla terminada.
Cuando finalmente esté completa, quienes lleguen hasta Huinganco encontrarán algo más que una estructura monumental.
Encontrarán una obra pensada para contar quién es ese lugar.
Porque el arte público tiene esa capacidad: puede transformar un espacio en un punto de encuentro y convertir una construcción en parte de la memoria colectiva.
En Huinganco, el Cristo todavía está terminando de levantarse.
Pronto, desde las alturas, tendrá otra perspectiva del norte neuquino.
Y quienes miren hacia arriba encontrarán una imagen que intenta unir tres elementos que allí parecen inseparables: la fe, la historia y el paisaje.