El físico argentino Juan Martín Maldacena explicó que, según la relatividad, viajar hacia el futuro es físicamente posible mediante velocidades extremadamente altas. El verdadero límite aparece después: quien realizara ese viaje no podría regresar para contarlo.
Hay preguntas que parecen pertenecer exclusivamente a las películas.
¿Se puede viajar en el tiempo?
Durante décadas, la ciencia ficción imaginó máquinas capaces de llevar personas al pasado, cambiar acontecimientos y regresar al presente como si el universo fuera una estación de tren.
La física real es bastante menos espectacular.
Y, al mismo tiempo, mucho más extraña.
El físico argentino Juan Martín Maldacena, una de las figuras más reconocidas de la física teórica contemporánea, explicó recientemente que existe una forma en la que el viaje hacia el futuro es compatible con las leyes conocidas de la física. La clave está en una de las consecuencias más sorprendentes de la teoría de la relatividad de Albert Einstein: el tiempo no transcurre exactamente igual para todos los observadores.
Maldacena, nacido en Buenos Aires y formado en el Instituto Balseiro, alcanzó reconocimiento internacional por su trabajo en teoría de cuerdas y por la llamada conjetura de Maldacena, que estableció una relación profunda entre teorías aparentemente muy diferentes de la física. Su trabajo se convirtió en uno de los más influyentes de la física teórica moderna.
Pero esta vez la pregunta no fue sobre una ecuación particularmente compleja.
Fue mucho más sencilla.
¿Podemos viajar en el tiempo?
La respuesta de Maldacena tiene una pequeña trampa.
Sí, hacia adelante.
No, al menos según lo que conocemos, de la manera en que suele imaginarlo la ciencia ficción.
La explicación comienza con la velocidad.
Según la relatividad especial, cuanto más rápido se mueve un objeto respecto de otro observador, más lentamente transcurre su tiempo en comparación con el del observador que quedó atrás. Este fenómeno se conoce como dilatación temporal y no es solamente una especulación matemática: sus efectos han sido comprobados experimentalmente.
Para imaginarlo, pensemos en dos personas que tienen relojes perfectamente sincronizados.
Una permanece en la Tierra.
La otra emprende un viaje a una velocidad extremadamente cercana a la de la luz y después regresa.
Para la persona que viajó puede haber transcurrido relativamente poco tiempo. Para quien permaneció en la Tierra, en cambio, pueden haber pasado muchos más años.
Cuando ambas vuelven a encontrarse, sus edades ya no coinciden.
En cierto sentido, la persona que viajó habrá saltado hacia el futuro de la otra.
No necesitó una máquina del tiempo.
Necesitó velocidad.
El problema es que alcanzar la velocidad de la luz no está al alcance de un objeto con masa. A medida que un cuerpo se aproxima a esa velocidad, la energía necesaria para seguir acelerándolo aumenta enormemente.
Por eso la posibilidad física no significa que tengamos actualmente una tecnología capaz de hacerlo.
La ciencia puede describir un fenómeno sin disponer todavía de las herramientas necesarias para convertirlo en una experiencia cotidiana.
Y ahí aparece otra diferencia fundamental entre la física y la ficción.
Viajar hacia el futuro mediante este mecanismo no permitiría regresar al momento de partida.
Maldacena lo resumió con humor: quien hiciera ese viaje podría llegar al futuro, pero después no podría volver para contarlo.
La idea tiene una consecuencia interesante.
El viajero no estaría modificando el pasado.
Simplemente experimentaría el paso del tiempo de una manera diferente a quienes quedaron atrás.
El pasado, en cambio, plantea problemas mucho más profundos.
Si una persona pudiera regresar y modificar un acontecimiento anterior, aparecerían contradicciones sobre la relación entre causa y efecto. La posibilidad de alterar acontecimientos que ya ocurrieron abre una serie de paradojas que la física todavía no ha resuelto de una manera aceptada.
Por eso, cuando las películas muestran a alguien viajando al pasado para cambiar una decisión y regresar a un presente completamente diferente, están entrando en un territorio que pertenece mucho más a la imaginación que a la ciencia comprobada.
Maldacena también habló de los agujeros negros, uno de los grandes misterios de la física actual.
El interior de un agujero negro es especialmente difícil de estudiar porque la información que entra más allá del horizonte de sucesos no puede regresar al exterior de la manera convencional. Desde afuera podemos observar determinados efectos producidos por el agujero negro, pero no recibir directamente información proveniente de su interior.
Es una frontera física que resulta difícil incluso de imaginar.
El propio Maldacena planteó una imagen sencilla: un viajero que atravesara el horizonte de sucesos podría observar qué ocurre allí dentro, pero después no podría regresar para contárselo a nadie.
Y justamente comprender qué sucede en ese interior forma parte de las grandes preguntas que todavía persiguen a la física.
Maldacena señaló que uno de sus objetivos de largo plazo es comprender mejor el interior de los agujeros negros y, eventualmente, algunos de los procesos relacionados con el origen del universo y el Big Bang.
La pregunta por el tiempo aparece entonces en un escenario mucho más grande.
No se trata solamente de imaginar una nave viajando hacia el año 2500.
Se trata de entender qué es realmente el tiempo, cómo se relaciona con el espacio y qué ocurre cuando las leyes de la gravedad y de la mecánica cuántica deben convivir en condiciones extremas.
En esa búsqueda también aparece otra protagonista contemporánea: la inteligencia artificial.
Maldacena considera que la IA puede convertirse en una herramienta cada vez más importante para la investigación científica y matemática. Ya la utiliza, según contó, para revisar trabajos, encontrar pequeños errores y abordar cálculos que anteriormente podían resultar demasiado largos o tediosos.
La cuestión no es menor.
La ciencia siempre avanzó incorporando nuevas herramientas. Los telescopios permitieron observar objetos que el ojo humano jamás podría detectar. Las computadoras transformaron la capacidad de hacer cálculos. Ahora la inteligencia artificial empieza a participar también en el proceso de formular y explorar problemas científicos.
Maldacena no descarta que en algún momento la IA pueda desplazar algunas tareas humanas, aunque considera probable que termine funcionando principalmente como una herramienta que permita avanzar junto con los investigadores.
Hay algo casi poético en que una conversación sobre viajes en el tiempo termine hablando de inteligencia artificial.
Porque ambas cuestiones apuntan hacia la misma frontera: cuánto podemos conocer del universo y cuánto nos falta todavía por comprender.
Quizás nunca construyamos una máquina capaz de llevarnos al pasado.
Quizás tampoco podamos entrar en un agujero negro y regresar para contar qué vimos.
Pero la ciencia tiene una virtud más poderosa que cualquier máquina de ficción.
Puede hacer que una pregunta imposible de imaginar ayer se convierta en una pregunta que hoy podemos formular con precisión.
Y, a veces, ese es el primer paso para acercarnos al futuro.