El arte también puede cuidar la salud: nuevas evidencias sobre sus efectos

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Investigaciones reunidas por The Lancet analizaron cómo la música, la danza, el teatro, la lectura y otras actividades culturales pueden influir en el bienestar físico, emocional y social.

El arte suele pensarse como una forma de expresión, entretenimiento o encuentro cultural. Pero una serie de investigaciones internacionales está llevando esa mirada un paso más allá: distintas actividades artísticas también pueden tener efectos sobre la salud y el bienestar. Dos trabajos publicados en el marco de una colección especializada de The Lancet plantean la necesidad de estudiar estos beneficios con mayor profundidad y de incorporarlos a las políticas sanitarias.

La evidencia reunida hasta ahora muestra que participar en actividades como escuchar música, cantar, bailar, pintar, escribir, actuar o leer puede asociarse con mejoras en distintos aspectos de la salud. Una revisión que reunió 149 estudios sistemáticos y metaanálisis encontró efectos pequeños a moderados sobre la ansiedad, la depresión, la capacidad física y la calidad de vida en personas con diferentes enfermedades.

Los beneficios también aparecen en ámbitos concretos. La danza, por ejemplo, puede contribuir a mejorar la fuerza de las piernas y el equilibrio en adultos mayores y reducir el riesgo de caídas. En contextos hospitalarios, determinadas intervenciones musicales estuvieron asociadas con una disminución del dolor y con un menor uso de algunos medicamentos durante procedimientos médicos.

La explicación no estaría vinculada a un único mecanismo. Las actividades culturales pueden combinar componentes emocionales, cognitivos, sociales y físicos. Participar de ellas puede favorecer la regulación de las emociones, reducir el estrés, estimular la atención y generar vínculos con otras personas. También puede contribuir a construir un sentido de propósito, especialmente en momentos atravesados por enfermedades o situaciones difíciles.

La investigación científica también busca comprender qué sucede en el organismo. Entre los mecanismos estudiados aparecen modificaciones relacionadas con el estrés y la inflamación, la liberación de dopamina y el fortalecimiento de los vínculos sociales. Incluso existen líneas de investigación que analizan una posible relación entre la participación cultural y determinados indicadores del envejecimiento biológico, aunque todavía se necesita más evidencia para confirmar esos resultados.

Eso no significa que el arte pueda reemplazar un tratamiento médico. Los propios investigadores remarcan que las actividades culturales no curan enfermedades como el cáncer. Su posible aporte está en complementar la atención y mejorar dimensiones de la salud que también forman parte del bienestar, como el estado de ánimo, la autonomía, los vínculos y la calidad de vida.

Uno de los puntos centrales de esta nueva mirada es que la cultura no debería quedar reservada para quienes tienen acceso a grandes instituciones o circuitos artísticos. Cantar en un club, participar de un taller barrial, bailar, tejer, leer o formar parte de una tradición comunitaria también puede ser considerado participación cultural. Esa perspectiva busca ampliar el acceso y evitar que sus posibles beneficios queden concentrados en determinados sectores sociales.

Algunos países ya comenzaron a explorar políticas que conectan cultura y salud. Grecia incorporó este año las llamadas “artes en prescripción” dentro de un programa nacional de salud mental, mientras distintas experiencias internacionales analizan los costos y beneficios de incluir actividades culturales dentro de estrategias de prevención y acompañamiento. Los resultados económicos, sin embargo, no son iguales en todos los programas y requieren evaluaciones específicas.

Para países con una vida cultural amplia, como Argentina, la discusión abre una posibilidad particular. Centros culturales, clubes, bibliotecas, espacios comunitarios y organizaciones artísticas ya forman parte de la vida cotidiana de muchas personas. Integrar esos espacios con estrategias de salud podría permitir aprovechar recursos existentes, siempre que haya capacitación, evaluación y acceso equitativo.

Todavía quedan preguntas importantes. Una parte considerable de las investigaciones disponibles fue realizada en países de ingresos altos, mientras que los estudios provenientes de países de ingresos bajos y medios representan una proporción mucho menor. Por eso, los especialistas plantean la necesidad de producir evidencia situada en distintas comunidades y culturas, en lugar de trasladar automáticamente conclusiones obtenidas en otros contextos.

La idea que comienza a tomar forma es sencilla, aunque sus implicancias pueden ser amplias: cuidar la salud no consiste solamente en tratar una enfermedad cuando aparece. También implica construir bienestar, vínculos, propósito y espacios donde las personas puedan expresarse. En ese territorio, el arte deja de ser solamente algo que se contempla y puede convertirse también en una herramienta para acompañar la vida.