La Piscicultura Río Limay cumple 85 años desde su creación y conserva una historia que comenzó mucho antes, cuando el predio funcionaba como estación de bombeo. Hoy es un espacio donde se cruzan producción, conservación, educación ambiental y patrimonio histórico a orillas del río.
Hay lugares que cuentan la historia de una ciudad sin necesidad de grandes monumentos. La Piscicultura de Plottier es uno de ellos. A orillas del río Limay, sus instalaciones reúnen distintas capas de la historia neuquina: el desarrollo del sistema de riego, la expansión agrícola del valle, la cría de peces, la educación ambiental y la memoria de generaciones que crecieron cerca del agua.
Aunque la piscicultura comenzó oficialmente en 1940, el vínculo del predio con el desarrollo de la región es todavía más antiguo. En 1908 se construyó allí una estación de bombeo diseñada por el ingeniero César Fattore. El sistema utilizaba motores a vapor y bombas centrífugas para impulsar agua desde el Limay hacia los canales de riego, acompañando durante años el crecimiento de la actividad agrícola.
Con la incorporación del sistema de riego por gravedad, aquellas bombas dejaron de funcionar y el espacio comenzó a transitar una nueva etapa. Fue entonces cuando el predio adquirió una función vinculada directamente con los ambientes acuáticos y la biodiversidad de la región.
En 1940 nació la Piscicultura Río Limay, destinada a la cría y liberación de alevinos. Truchas, salmones y otras especies eran criadas en sus instalaciones para luego ser sembradas en diferentes ambientes acuáticos. Con el tiempo, esta actividad contribuyó al desarrollo de la pesca deportiva y también a una mayor valoración de los ecosistemas vinculados con los ríos y lagos neuquinos.
Pero la historia del lugar no se quedó en la producción de peces. Con los años, la piscicultura comenzó a convertirse también en un espacio educativo. Desde 1992, escuelas, jardines y grupos de estudiantes participan de actividades relacionadas con la siembra de peces y el conocimiento del ambiente.
Para muchos chicos y chicas, la experiencia tiene algo difícil de reemplazar por un libro o una pantalla: observar las piletas, escuchar el movimiento del agua y participar de la liberación de un pequeño alevino en el río. La naturaleza deja de ser entonces un concepto lejano y se convierte en algo que puede tocarse, observarse y comprenderse de cerca.
El valor del predio también está en sus construcciones. Parte de la infraestructura conserva características de la arquitectura pintoresca y ecléctica de comienzos del siglo XX, cuando las primeras grandes obras acompañaban la transformación productiva del valle.
En ese mismo espacio funcionó además la Escuela N.º 60, considerada el primer establecimiento educativo de Plottier. Ese dato suma otra dimensión a un lugar que, mucho antes de hablar de educación ambiental, ya estaba relacionado con la formación de la comunidad.
Por eso, los 85 años de la piscicultura no representan solamente una fecha institucional. También funcionan como una oportunidad para mirar qué queda de aquella historia y qué puede construirse a partir de ella.
El desafío hacia adelante pasa por preservar el patrimonio edilicio, modernizar las instalaciones, fortalecer las propuestas de educación ambiental y recuperar el valor histórico del predio. La intención es que la piscicultura pueda consolidarse como un espacio donde convivan naturaleza, conocimiento, cultura y memoria.
La historia de Plottier también puede leerse desde ese pequeño territorio junto al Limay. Primero fue una estación de bombeo necesaria para llevar agua hacia los campos. Después se transformó en un centro dedicado a la producción y conservación de especies. Más tarde se convirtió en un lugar de aprendizaje para estudiantes y visitantes.
El río, mientras tanto, siguió pasando.
Ochenta y cinco años después de la creación de la piscicultura, el Limay continúa siendo parte central de esa historia. Y quizás allí esté la mayor riqueza del lugar: en haber acompañado distintas etapas del desarrollo de Neuquén sin perder su vínculo con el agua y con la comunidad.
La Piscicultura de Plottier no es solamente un sitio donde se crían peces. Es una memoria viva del valle y un espacio donde el pasado puede convertirse en una herramienta para pensar el futuro. Porque cuidar un lugar también significa entender todo lo que ocurrió allí antes de nosotros y decidir qué queremos dejar para quienes vengan después.