La presión por el cuerpo perfecto normaliza los anabólicos entre los jóvenes

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La cultura del gimnasio, las redes sociales y la búsqueda de resultados rápidos están haciendo que el consumo de esteroides anabólicos sea percibido por algunos jóvenes como una práctica habitual. Especialistas advierten que detrás de esa promesa de músculos rápidos existen riesgos hormonales, cardiovasculares y psicológicos.

Durante mucho tiempo, los esteroides anabólicos estuvieron asociados casi exclusivamente con el fisicoculturismo y el deporte de alto rendimiento. Hoy, sin embargo, esa frontera se volvió mucho más difusa. La expansión de la cultura del gimnasio y la presión por mostrar determinados cuerpos en las redes sociales hicieron que estas sustancias aparezcan en conversaciones cotidianas entre jóvenes que buscan transformar rápidamente su apariencia.

El fenómeno tiene incluso un nuevo lenguaje. En algunos espacios se habla de “química” o “papota” como si se tratara de un componente más de una rutina que también incluye entrenamiento, alimentación, proteínas y otros suplementos. Esa transformación del vocabulario no es un detalle menor: cuando una sustancia deja de ser percibida como una droga de riesgo y empieza a formar parte de la conversación habitual del gimnasio, también puede cambiar la manera en que se evalúan sus consecuencias.

El crecimiento de la musculación acompaña ese proceso. Según el informe Cuerpo sin cuerpos, elaborado por el observatorio Trama de VML Argentina, la práctica de musculación aumentó un 50% entre 2021 y 2023 entre quienes realizan deportes. El cuerpo aparece cada vez más como algo que debe ser trabajado, optimizado y exhibido.

En ese escenario nació también la figura del llamado “Gymbro”, una representación de masculinidad vinculada con la fuerza, el volumen muscular, la definición y la disciplina. Las redes sociales amplificaron esa imagen y transformaron el cuerpo en una vidriera permanente: se muestran entrenamientos, dietas, transformaciones y resultados, muchas veces sin explicar cuánto tiempo, esfuerzo o condiciones existen detrás de esas imágenes.

El problema aparece cuando la comparación se convierte en una carrera contra el tiempo. Construir masa muscular requiere entrenamiento sostenido, descanso y alimentación adecuada. Las redes, en cambio, ofrecen una sucesión de resultados inmediatos. La diferencia entre ambos ritmos puede generar frustración y hacer que algunos jóvenes busquen caminos más rápidos.

Los esteroides anabólicos androgénicos son versiones sintéticas de la testosterona. Tienen usos médicos específicos, pero su utilización sin indicación y seguimiento profesional puede producir alteraciones importantes en el funcionamiento del organismo. Organizaciones médicas advierten especialmente sobre los riesgos en adolescentes y jóvenes.

El cardiólogo y especialista en medicina del deporte Pablo Dragotta, citado en el informe, advierte que las redes modificaron la percepción de los beneficios y los riesgos. Los jóvenes pueden encontrarse con estos contenidos a través de compañeros, entrenadores o comunidades digitales, muchas veces sin contar con información médica confiable.

La falta de estadísticas nacionales actualizadas también dificulta dimensionar exactamente el fenómeno. Sin embargo, existen antecedentes que muestran que la población joven constituye un grupo especialmente expuesto. Un estudio realizado en gimnasios de la ciudad de Corrientes encontró una prevalencia del 6,5% en una muestra de 200 hombres de entre 15 y 55 años, con los adolescentes de 15 a 19 años como el grupo etario con mayor presencia dentro de los consumidores identificados. Se trata de un estudio localizado y no permite extrapolar ese porcentaje a todos los gimnasios del país, pero sirve como antecedente sobre la existencia del problema.

Los riesgos no se limitan a una cuestión estética. El consumo abusivo puede alterar la producción natural de hormonas y generar problemas cardiovasculares, cambios en la presión arterial y el colesterol, además de efectos sobre el hígado, los riñones y la fertilidad. También pueden aparecer alteraciones del estado de ánimo y otros problemas psicológicos.

La velocidad de los resultados puede terminar ocultando la dimensión del riesgo. Un cuerpo que cambia rápidamente puede generar la sensación de que la sustancia está funcionando exactamente como se esperaba. Pero el organismo no separa el objetivo estético de sus consecuencias biológicas. Mientras aumenta la masa muscular, también pueden producirse alteraciones en sistemas que no son visibles frente al espejo.

Ahí aparece una de las principales dificultades del fenómeno: muchos de los efectos más importantes no se ven. Una persona puede parecer saludable y, al mismo tiempo, estar atravesando cambios hormonales o cardiovasculares que requieren atención médica.

La presión estética tampoco afecta únicamente a quienes ya consumen. La exposición permanente a cuerpos extremadamente musculosos puede modificar la percepción de lo que se considera normal. La comparación constante puede convertir un objetivo deportivo en una exigencia personal y hacer que el entrenamiento deje de ser una actividad vinculada al bienestar para convertirse en una obligación frente al espejo o la cámara.

El caso del influencer fitness Tomás Mazza también puso el tema en discusión durante 2026. Mazza contó públicamente que comenzó a consumir esteroides para ganar masa muscular y relató que atravesó posteriormente una fuerte depresión. Su experiencia volvió a instalar una conversación sobre los riesgos de presentar estas sustancias solamente desde el resultado físico y no desde sus posibles consecuencias.

La cuestión de fondo, entonces, no es el gimnasio. Entrenar, practicar un deporte y cuidar la alimentación pueden formar parte de hábitos saludables. El problema aparece cuando la búsqueda de un determinado cuerpo empieza a estar dominada por la comparación, la presión social y la promesa de resultados rápidos.

En ese punto, la prevención necesita algo más que advertencias. También requiere información clara, acompañamiento profesional y una conversación diferente sobre el cuerpo. No todos los físicos que aparecen en una pantalla representan objetivos naturales o realistas, y detrás de una transformación rápida puede existir una historia que la fotografía nunca muestra.

Para los jóvenes, esa diferencia resulta especialmente importante. La adolescencia es una etapa en la que todavía se construyen la identidad, la autoestima y la relación con el propio cuerpo. Convertir una imagen de redes sociales en una medida permanente del propio valor puede tener consecuencias que van mucho más allá del gimnasio.

La verdadera discusión, entonces, no debería ser cuánto músculo puede conseguir alguien en menos tiempo. Debería ser por qué una generación siente que necesita acelerar su cuerpo para sentirse suficiente.

Porque el problema no empieza cuando aparece una sustancia. Empieza mucho antes, cuando la pantalla consigue convencer a alguien de que su cuerpo siempre necesita ser otro.