El delantero neuquino vuelve al club que lo formó tras un paso por Chile y un presente destacado en Corrientes. En su retorno, se funde el fútbol, la identidad regional y la emoción de volver a casa.
No todos los regresos tienen sabor a derrota. Algunos son verdaderos reencuentros con las raíces, con los afectos, con la camiseta que se lleva tatuada desde pibe. Es el caso de Yago Piro, delantero neuquino de 26 años, quien acaba de confirmar su regreso al Club Cipolletti, la institución que lo vio crecer y desde la que partió en busca de su sueño futbolero.
Después de un paso por el fútbol chileno y de destacarse en Huracán de Corrientes, donde se convirtió en pieza clave del equipo, el joven atacante vuelve al Alto Valle con una sonrisa y muchas ganas. “Extrañaba mi país, a mi familia y al club”, confesó en diálogo con la prensa local. Pero no se trata solo de nostalgia: su retorno coincide con una etapa de reestructuración y nuevos desafíos para Cipo, que busca rearmarse y soñar en grande en los torneos del ascenso.
La noticia del regreso de Piro no solo resuena en los pasillos del club albinegro, sino también en el corazón de la hinchada, que lo recuerda como un delantero hábil, sacrificado y con esa garra que distingue a los jugadores del sur. Formado en las divisiones inferiores del club y con una breve pero formativa experiencia en el fútbol chileno, su vuelta representa algo más que una contratación: es un símbolo de pertenencia.
Cipolletti no atraviesa su mejor momento deportivo ni económico, pero el regreso de jugadores formados en casa —en un contexto donde la fuga de talento es cada vez más precoz— es también una apuesta a fortalecer lo propio. Yago viene a sumar experiencia, pero también mística. En sus palabras se mezcla la gratitud con la esperanza: “Hoy estoy más maduro. Quiero aportar desde donde me toque, y ojalá podamos volver a ilusionar a la gente”.
En tiempos donde la globalización del fútbol arrastra promesas al exterior antes de que puedan consolidarse, el regreso de Yago Piro es un pequeño gesto contracultural. Volver a casa, elegir el club del barrio, defender los colores propios: gestos simples, sí, pero llenos de sentido.