Cerca de donde el río Limay se arremolina para abrazar al Neuquén, entre las brumas suaves que cada mañana se levantan sobre la confluencia de los ríos, hay un rincón donde el tiempo no se detiene, sino que aprende a nadar. No es una ciudad, tampoco un parque nacional. Es algo más íntimo de nuestra identidad: un lugar donde las aguas se llenan de memoria y las paredes respiran historia. Allí donde miles de sueños intantiles se renuevan cada año prometiendo cuidar nuestra neuquinidad.
Por: Jordi Aguiar
En Plottier, a pocos kilómetros de la ciudad de Neuquén, nació también parte de la política y la cultura de la provincia. Allí dio sus primeros pasos Pedro Salvatori, el gobernador que entre 1987 y 1991 no solo dirigió los destinos del Neuquén, sino que, junto a su pueblo, fue artífice de símbolos indelebles: la bandera y el himno que hoy identifican la neuquinidad con orgullo. En esos mismos suelos, antes que fueran asfaltados o parcelados, se gestó el primer puerto fluvial sobre el Limay, por donde pasaban personas, sueños, mercancías, noticias, ganado y esperanza.
La historia de este sitio comienza en 1908, cuando se construyó allí una estación de bombeo para dar vida a los campos secos de la Norpatagonia. Fue antes incluso del emblemático Dique Ballester. Con sus motores ruidosos y su entuasiamo pionero, la estación comenzó a irrigar los sueños agrícolas de una región que apostaba por el cultivo y el trabajo y a poco a poco poblababa unos territorios cargados de historia ancestral y espíritu imperecedero.
En 1940, como si se reinventara con cada cambio de era, la vieja estación se transformó en el Centro de Piscicultura. Ya no bombeaba agua, sino vida: millones de alevinos criados para repoblar lagos y ríos. Pececitos pequeños y tenaces que aprendieron a nadar antes que a temer. Y con ellos, generaciones enteras de niños que aún hoy recuerdan la emoción de sus excursiones escolares, cuando sus manos mojadas sentían el temblor de una vida diminuta a punto de ser libre. Muchos, hoy adultos, recuerdan el instante exacto en que soltaron al río ese alevino, creyendo que el mundo podía ser mejor si se lo sembraba con cuidado,
Más allá de su historia, el entorno natural de la piscicultura es casi un poema escrito por la geografía (como tantos lugares de nuestro Neuquèn). La flora nativa se despliega con humildad: sauces que inclinan sus brazos hacia el río como queriendo acariciar el pasado, jarillas que se aferran a la tierra como viejos sabios, y álamos que crecen en hilera como centinelas del viento. Entre el susurro constante del río, se escucha el trinar de sobrepuestos comunes y zorzales patagónicos, aves que despiertan la mañana y acompañan el fluir del agua. En las márgenes húmedas, juncos y totoras se mecen guardando la presencia discreta de gallaretas y cisnes de cuello negro, mientras ocasionalmente pasa un biguá que emerge del río en una quietud súbita. Es un concierto de calma salvaje, un paisaje que se despierta cuando el sol, bostezando, nos mira desde el mar hasta que se despide con sus ultimos rayos desde la cordillera.
Este entorno vivo no es solo decorado. Es materia educativa. Desde 1992, el centro se convirtió también en espacio pedagógico, donde generaciones de estudiantes han aprendido que cuidar el ambiente no es repetir consignas, sino entender los ciclos, respetar la diversidad y sembrar futuro con cada acción presente. Así, la Piscicultura de Plottier se volvió aula sin techo, laboratorio natural, club de amigos de la sostenibilidad.
Hoy, en tiempos de crisis climática y urgencias sociales, de desmemorias y rechazo de nuestros anclajes colectivos, el lugar vuelve a levantar la voz. Se proyecta su puesta en valor como Centro de Educación Ambiental, histórico y cultural. No solo para mostrar viejas herramientas o motores oxidados, sino para activar la memoria comunitaria y conectar pasado, presente y futuro. El museo con algo más que objetos: alojará relatos de quienes sembraron, pescaron, educaron y soñaron allí. Y eso, en una época de olvidos rápidos, es un montón.
Porque no se trata solo de conservar un edificio bonito. Se trata de preservar una forma de estar en el mundo. Una ética del cuidado. Una pedagogía del río. Se trata de mostrar que la infraestructura no muere si se le cambia el uso, que el patrimonio no es solo lo viejo, sino lo vivo.
La piscicultura es hoy testimonio y promesa. En ella confluyen las aguas y las memorias. Nos recuerda que alguna vez fuimos un pueblo que apostó por el riego, por la crianza paciente, por la siembra de peces y valores. Que nuestros niños aprendieron a mirar el mundo desde una orilla húmeda. Que nuestros ríos pueden ser escuela.
Y también nos dice que todavía podemos. Que es posible unir tecnología y naturaleza, educación y emoción, historia y porvenir.
En un tiempo en el que la hiperconectividad nos agota, la Piscicultura de Plottier ofrece silencio con memoria. En un tiempo de velocidad, ofrece lentitud con propósito. En un tiempo de algoritmos, ofrece agua. Que sigamos disfrutándola, entonces, en el reflejo de estas aguas y de nuestra identidad.
*Escritor y periodista. Texto basado en información oficial y fuentes periodísticas verificadas.



