Dormir en la intemperie: el número que expone la otra cara del crecimiento en Neuquén

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Un relevamiento reciente identificó al menos 671 personas en situación de calle en la ciudad. El dato, construido por organizaciones sociales, revela una realidad que crece por fuera de los registros oficiales y obliga a repensar el alcance de las políticas públicas.

Hay cifras que no necesitan adjetivos. Se imponen solas. En Neuquén capital, un relevamiento realizado por organizaciones sociales contabilizó 671 personas en situación de calle, una cifra que no solo impacta por su magnitud, sino por lo que deja ver: una realidad en expansión que no siempre aparece en los números oficiales.

El dato surge de un censo impulsado por voluntarios que recorren la ciudad de manera sistemática, no solo identificando a quienes duermen en la vía pública, sino también a quienes pasan gran parte del día en la calle o sobreviven en condiciones extremadamente precarias. Esa diferencia metodológica no es menor: amplía el universo y, al mismo tiempo, complejiza la lectura.

Porque no se trata solo de contar personas, sino de definir qué significa “estar en la calle”.

De las 671 personas registradas, la gran mayoría —alrededor del 84%— son oriundas de la provincia de Neuquén. El dato rompe con una idea bastante instalada: que la situación de calle está mayormente vinculada a migraciones internas o externas. En este caso, el problema es profundamente local.

El perfil también dice algo del presente.

Predominan los varones (556), aunque también hay mujeres y personas de otros géneros, y la franja etaria más frecuente se ubica entre los 18 y los 40 años. No es una población marginal en términos de edad: es población activa, en edad laboral, que quedó por fuera de las redes de contención.

Entre los datos más sensibles aparece la presencia de 16 niños en situación de calle o en contextos similares. No es un número alto en términos estadísticos, pero sí profundamente significativo en términos sociales: marca la transmisión de la exclusión.

Y hay otro indicador que atraviesa la escena: el consumo problemático.

Según el relevamiento, un 64% de las personas encuestadas reconoce atravesar situaciones de consumo, lo que complejiza aún más cualquier estrategia de abordaje. No se trata solo de falta de vivienda, sino de una trama más amplia donde se combinan salud mental, adicciones, precariedad laboral y ruptura de vínculos.

El crecimiento es sostenido.

En los últimos años, distintos relevamientos —municipales, provinciales y de organizaciones— muestran números dispares, pero coinciden en una tendencia: la cantidad de personas en situación de calle aumenta. En 2024 y 2025 ya se habían registrado incrementos importantes, y el dato actual parece consolidar esa curva ascendente.

La diferencia entre cifras oficiales y relevamientos sociales también expone un problema estructural.

Mientras algunos conteos se limitan a quienes duermen efectivamente en la calle, otros incorporan situaciones más amplias de vulnerabilidad. Esa distancia no es solo técnica: define el alcance de las políticas públicas.

Cuanto más estrecha es la definición, menor es el problema.

Pero también menor la respuesta.

En ese contexto, la situación en Neuquén dialoga con un fenómeno más amplio que atraviesa al país. El deterioro de las condiciones económicas, la precarización laboral y la retracción de políticas sociales generan un escenario donde cada vez más personas quedan al borde —o directamente fuera— del sistema.

Y ahí es donde el dato deja de ser una estadística local.

Se convierte en una señal.

Porque el crecimiento económico que muchas veces se exhibe en indicadores macro —energía, inversión, producción— convive con una realidad que se mueve en sentido contrario. Una ciudad que crece, pero que también expulsa.

El desafío no es solo asistir.

Es comprender.

Entender que la situación de calle no es un punto de llegada aislado, sino el resultado de múltiples rupturas: laborales, familiares, institucionales. Y que, por lo tanto, la respuesta no puede ser fragmentada.

El número —671— queda ahí.

Como una fotografía parcial, imperfecta, pero contundente.

Una cifra que no explica todo, pero alcanza para hacer una pregunta incómoda: cuántas personas más hacen falta para que el problema deje de ser invisible.