Martin Scorsese, nacido en Queens, Nueva York, el 17 de noviembre de 1942, supo contar que, durante su infancia y adolescencia en Little Italy, siempre tuvo dos opciones para dedicarse en su vida adulta: o ser cura o convertirse en mafioso. Y hay mucho de ambas en su filmografía.
Hay otra influencia que dejó una marca indeleble en todas sus películas, además de haberlo llevado a dirigir varios documentales al respecto: su pasión por la música, más precisamente, por el rock and roll clásico de los años 60 y 70.
Haciendo un breve repaso de los documentales que el neoyorquino italoamericano dirigió y produjo, puede rastrearse un recorrido por una porción importante de la historia de la música popular estadounidense y británica de las últimas décadas. Hacer un repaso por su filmografía en un solo artículo sería imposible ya que dirigió 27 películas -incluyendo la próxima a estrenarse Killings of the Flower Moon– y 17 documentales, muchos de ellos sobre música. Y es, justamente, la música, una de las grandes obsesiones del director.
El salto al documentalismo musical deMarty fue The Last Waltz (1978). Este es un documental que captura el último concierto de The Band, la banda de raíces americanas que habían ejercido previamente como banda de acompañamiento de Bob Dylan, y en su concierto despedida juntaron a la crema de la escena del rock clásico, del folk y del blues, gente como el mismo Dylan, Eric Clapton, Joni Mitchell, Emmylou Harris, Neil Young, Muddy Waters, Van Morrison, the Staples Singers, Neil Diamond, entre otros, todos capturados por la magia de su lente.La elección de canciones de rock en las películas de Scorsese no sólo añade valor estético a sus obras, sino que también desempeña un papel importante en la construcción de la narrativa y la caracterización de los personajes. Las canciones seleccionadas a menudo complementan y realzan la historia, haciendo que las películas de Scorsese sean memorables no solo por su dirección, sino también por su banda sonora.