En Cañada Molina, la nalca crece en los sectores más húmedos y forma parte de conocimientos transmitidos durante generaciones. Sus usos tradicionales y el trabajo de conservación de sus semillas muestran el vínculo entre biodiversidad, cultura y territorio.
En los ambientes húmedos de Cañada Molina, en el Norte neuquino, una planta de enormes hojas aparece entre el paisaje cordillerano como una señal de que allí existe algo más que una especie vegetal. La nalca, también conocida como pangue, forma parte de la flora nativa protegida del área y está vinculada con conocimientos que las comunidades de la región conservaron y transmitieron a lo largo del tiempo.
Su nombre científico es Gunnera tinctoria y una de sus características más llamativas es precisamente el tamaño de sus hojas perennes. La planta se desarrolla especialmente en sectores donde existe mayor disponibilidad de humedad, condiciones que permiten su presencia en distintos puntos de Cañada Molina.
Durante generaciones, distintas partes de la nalca fueron incorporadas a prácticas de medicina popular. Tradicionalmente se le atribuyeron usos relacionados con la fiebre, la desinflamación y la cicatrización. Estos conocimientos forman parte de un patrimonio cultural que se transmite entre generaciones y que mantiene una relación directa con el ambiente en el que crece la especie.
La planta también tiene una particularidad que quedó reflejada en su denominación científica. El término tinctoria hace referencia a su capacidad para aportar una tintura de tonalidad violeta, una característica que suma otro capítulo a los usos y conocimientos asociados a esta especie nativa.
Pero la historia de la nalca no termina en sus usos tradicionales. En Cañada Molina, los guardaparques recolectan periódicamente semillas de esta planta y de otras especies autóctonas, como el ciprés de la cordillera. El material recolectado es utilizado para producir plantines y acompañar procesos de recuperación de la vegetación nativa.
Parte de esas semillas llega al Vivero Provincial de Huinganco y a la Escuela Primaria Forestal N.º 162 de Charra Ruca. Allí, la reproducción de especies autóctonas también cumple una función educativa: permite que estudiantes y comunidades conozcan de cerca la flora característica del Norte neuquino y comprendan la importancia de conservarla.
Cañada Molina está ubicada en la Cordillera del Viento, dentro del departamento Minas, cerca de Huinganco y Andacollo. El área conserva uno de los bosques de ciprés de la cordillera más singulares de Neuquén, con ejemplares que atravesaron durante siglos condiciones climáticas adversas, incendios y distintos niveles de intervención humana.
El valor ambiental del lugar también está relacionado con la distribución del ciprés. Este bosque representa el límite septentrional de presencia de Austrocedrus chilensis, lo que le otorga un interés particular para la conservación y el estudio de los ambientes cordilleranos neuquinos.
La protección de Cañada Molina comenzó en 1993, cuando fue declarada Monumento Natural Provincial. Quince años después, en 2008, la Ley Provincial N.º 2594 la incorporó al Sistema Provincial de Áreas Naturales Protegidas. Desde entonces, el cuidado del bosque se complementa con el seguimiento de otras especies y con tareas de educación ambiental.
En ese paisaje, la nalca representa una conexión entre distintas formas de entender el territorio. Es una especie propia de ambientes húmedos, pero también una planta alrededor de la cual se construyeron conocimientos, usos y prácticas que forman parte de la memoria de las comunidades.
Conservarla implica entonces algo más que proteger una planta. También supone mantener los ambientes donde crece, recuperar especies nativas y preservar los saberes que explican cómo las personas se relacionaron históricamente con esos paisajes. En Cañada Molina, biodiversidad y cultura terminan formando parte de una misma historia.