Por Tercer Puente
1. —Jordi, Pelota Manchada empieza como un policial, pero enseguida aparece una novela más ambiciosa: política, sentimental, tecnológica, global. ¿Vos cómo la definís?
Creo que es una novela que nació en un momento donde ya no puedo escribir “solo” una novela.
Trabajo todo el día con comunicación: hago prensa institucional, campañas, narrativa pública, redes sociales, producción de radio, contenidos para mi propio medio, Tercer Puente.
Mi cabeza piensa así: en capas simultáneas, en múltiples registros, en voces superpuestas.
Entonces Pelota Manchada no puede ser únicamente un thriller.
Para mí es un intento de narrar qué significa vivir en un tiempo donde los sistemas de poder son opacos y la realidad está mediada por pantallas, algoritmos y relatos contradictorios.
El fútbol es el escenario perfecto para eso: ahí se cruzan emoción, negocio, geopolítica, crimen y comunidad.
2. —Hablás de comunicación institucional, de radio, de redes. ¿Cómo convive todo eso con la literatura?
Para mí convive naturalmente. Yo vivo en esos mundos a la vez.
En la radio hago un tipo de comunicación que es oral, inmediata, analógica, que te acompaña en el auto, en la cocina, en la rutina.
En mi medio, Tercer Puente, produzco contenido digital, que circula en redes, que se fragmenta, que entra en el flujo del algoritmo.
En la comunicación institucional trabajo con otra temporalidad, más estructural, más estratégica, más política.
Esas tres dimensiones —oral, digital, estatal— no son compartimentos:
son parte de mi biografía y de mi estética.
Entonces cuando escribo una novela, todo eso entra al texto.
La novela ya no es una isla: es un centro desde donde se expanden voces, videos, posteos, documentos falsos, QR, podcast, escenas performáticas.
La transmedialidad no es una estrategia: es mi hábitat.
3. —Entonces, ¿Pelota Manchada sigue siendo literatura?
Sí, pero es literatura que entiende su tiempo.
Es literatura expandida:
un libro que canjea la nostalgia de la página pura por una narrativa que dialoga con redes, códigos QR, videos, notas falsas, audios y performance.
No porque sí, no porque esté de moda,
sino porque esa es la materia narrativa de nuestra época.
Y al mismo tiempo, es una forma política de escribir:
si el tecnofeudalismo convierte todo en contenido para la docilidad,
yo uso ese mismo ecosistema para generar sospecha, preguntas y memoria crítica.
4. —Hablemos del tecnofeudalismo. ¿Qué lugar ocupa en tu obra?
Un lugar decisivo.
Vivimos en un régimen donde la atención humana es mercancía.
Los algoritmos ordenan lo que vemos, lo que creemos, lo que recordamos.
Las plataformas se volvieron nuevos feudos con sus propias leyes.
Y el fútbol —su organización, sus negocios, sus escándalos— es un espejo perfecto de ese sistema:
- VAR semiautomático,
- vigilancia total en Qatar,
- casas de apuestas globales,
- FIFA como corporación transnacional,
- manipulación de imágenes,
- control emocional a escala planetaria.
En Pelota Manchada, el asesinato inicial es apenas la punta del iceberg.
La trama real es cómo se fabrica, administra y controla la verdad en tiempos digitales.
5. —En tus libros siempre aparece lo identitario, lo íntimo, lo político. ¿Por qué?
Porque creo que vivimos un momento donde la identidad se quebró.
Lo personal y lo colectivo ya no están alineados.
La política tradicional ya no produce sentido.
Las redes producen burbujas, no comunidad.
Entonces mis libros intentan volver a preguntar:
¿qué nos une realmente? ¿Dónde se arma un “nosotros”?
Y en Argentina, la respuesta —por más loco que suene— sigue siendo el fútbol.
5 bis. —¿Por qué el fútbol logra lo que no logran las instituciones?
Porque el fútbol es nuestro último mito común.
Entre la muerte de Maradona, la crisis económica, la polarización constante y los discursos de odio,
el país estuvo al borde del cinismo absoluto.
Y, sin embargo, la selección logró construir un “nosotros” que no se rompió.
El festejo colectivo de 2022 fue probablemente el mayor acto de comunidad en la historia argentina.
En un momento donde todo fragmentaba, ahí apareció un abrazo que desbordó las lógicas del algoritmo.
Eso me obsesiona:
cómo en medio de un país partido, algo tan simple y tan profundo como un gol puede recordarnos que todavía somos capaces de vibrar juntos.
Ese choque entre emoción popular y manipulación tecnológica es uno de los motores de Pelota Manchada.
6. —Las ciudades en tu novela no son decorados: funcionan como personajes. ¿Qué representa ese recorrido tan preciso?
Ese mapa es mi biografía y es también la geopolítica del fútbol global.
La novela se mueve así:
Buenos Aires → Valencia → Barcelona → París → Nápoles → Zúrich → Madrid → Doha → Miami → Montevideo → Neuquén → Buenos Aires.
Cada ciudad es una capa de identidad:
- Buenos Aires: portal, crimen, regreso.
- Valencia: mi nacimiento, exilio de mis padres, desexilio propio, respuesta a “¿quién soy si nací lejos pero vuelvo igual?”.
- Barcelona: ciudad puente, mezcla, militancia afectiva y política.
- París: postal perfecta, máscara europea.
- Nápoles: mito maradoniano, fe popular, mafia, pueblo.
- Zúrich: bancos, FIFA, capital financiero, frialdad del sistema.
- Madrid: diplomacia, poder institucional.
- Doha: Mundial, vigilancia total, espectáculo globalizado.
- Miami: neoliberalismo tropical, FifaGate, corrupción terminal.
- Montevideo: calma, pensamiento, pausa filosófica.
- Neuquén: mi presente político y afectivo, periferia que piensa al centro.
- Buenos Aires: cierre del círculo, nueva lectura del origen.
Mis ciudades son estaciones de una misma pregunta:
¿dónde se arma, se rompe o se reinventa un nosotros?
7. —¿Qué aporta la dimensión transmedial a ese recorrido?
Aporta verdad emocional.
Aporta textura.
Aporta temperatura de época.
Los videos por ciudad, los QR, los falsos documentos, el podcast, los perfiles ficticios, los posteos que se cruzan con la realidad, la performance en vivo…
todo eso ayuda a que el lector no solo lea la novela:
la viva.
La transmedialidad no es un adorno:
es una manera de decir que la literatura hoy se juega también fuera del libro.
8. —¿Te sentís parte de una generación o de un modo de escribir del sur?
Sí, absolutamente.
Somos una generación que:
- trabaja en estado de multitarea,
- vive entre lo analógico y lo digital,
- entiende la política como comunicación,
- y la comunicación como política,
- pero todavía cree en la potencia del relato colectivo.
Escribimos desde la periferia —Neuquén, Valencia, el barrio, la radio—
para intervenir en sistemas que son globales.
Creo que Pelota Manchada es un libro del Sur del mundo,
porque mira el poder desde abajo,
porque entiende las heridas de la historia,
y porque todavía cree que un relato puede construir comunidad.
9. —¿Qué te gustaría que pase con Pelota Manchada?
Que genere preguntas.
Que incomode.
Que conecte.
Que abra conversaciones.
Que haga pensar en cómo se fabrica la verdad y en cómo se fabrica el nosotros.
Y sobre todo, que recuerde algo que a veces parece olvidado:
la literatura, todavía hoy, puede disputar sentido.
10. —¿Y con vos como escritor? ¿Sentís que este libro cierra una etapa o abre otra?
Creo que abre una etapa.
Tengo 44 años y siento que por fin mi escritura encontró un lenguaje más propio:
entre la crónica y la ficción,
entre lo íntimo y lo global,
entre lo analógico y lo digital,
entre el sur y el mundo,
entre la sospecha y la emoción popular.
Pelota Manchada es una novela, sí.
Pero también es una poética.