La fintech fundada por Pierpaolo Barbieri acumula pérdidas contables por US$804,3 millones desde sus primeros ejercicios. El problema no es solo cuánto perdió, sino la velocidad con la que aumentaron los créditos incobrables mientras el endeudamiento de hogares y familias se profundiza.
Durante años, Ualá fue presentada como una de las caras más visibles de la nueva economía financiera argentina: una aplicación en el teléfono, crédito al alcance de unos pocos clics y la promesa de que la tecnología podía hacer más sencillo algo que durante décadas había quedado reservado para los bancos tradicionales.
Ahora, sus balances cuentan una historia bastante menos luminosa.
El grupo liderado por Pierpaolo Barbieri acumula pérdidas contables por US$804,3 millones desde el comienzo de sus operaciones. Solo durante 2025, Bancar Technologies, el holding que concentra las operaciones de Ualá, perdió US$232,1 millones, frente a los US$184,6 millones del año anterior.
La cifra por sí sola impresiona. Pero el dato que mejor explica el problema está en otro lugar: el crédito creció mucho más rápido que la capacidad de recuperarlo.
Los ingresos por intereses de los préstamos pasaron de US$69,5 millones en 2024 a US$183,2 millones en 2025. Un salto del 163%. El negocio, en apariencia, crecía con fuerza.
El problema apareció cuando llegó la hora de cobrar.
Las previsiones destinadas a cubrir posibles pérdidas crediticias saltaron de US$22,4 millones a US$123,4 millones. Es decir, aumentaron 451% en apenas un año.
La ecuación es incómoda: prestar más puede generar más ingresos, pero también puede multiplicar las pérdidas si una parte importante de quienes reciben esos créditos no logra devolverlos.
Y ahí aparece la dimensión más preocupante de la historia.
En Argentina, Ualá Bank pasó de tener apenas el 0,60% de su cartera de consumo en situación irregular en diciembre de 2024 a registrar una mora del 35,77% un año después. En febrero de 2026 llegó al 43,19% y en marzo se ubicó en 43,11%.
En abril el indicador cayó al 24,77%. Pero la caída necesita ser leída con cuidado: no fue consecuencia de una recuperación masiva de los deudores. Una parte importante de los préstamos considerados irrecuperables fue directamente retirada del balance. En ese proceso se anotaron $82.230 millones como créditos irrecuperables fuera del activo.
Dicho de manera sencilla: el número mejoró porque se limpió una parte importante de la cartera problemática.
Eso no significa que Ualá sea un caso aislado. El aumento de la morosidad atraviesa al sistema financiero y afecta especialmente a las familias que recurren al crédito para sostener gastos cotidianos.
Según datos citados en el informe, en mayo de 2026 había 20,9 millones de personas endeudadas y 5,8 millones en situación de mora. Entre los proveedores no financieros de crédito, donde tienen un peso importante las fintech y billeteras virtuales, la irregularidad alcanzaba el 29,6%.
El problema de fondo, entonces, excede a una empresa.
Cuando el salario pierde capacidad de compra, el crédito puede funcionar durante un tiempo como un puente. Permite pagar hoy lo que el ingreso ya no alcanza a cubrir. Pero un puente también puede convertirse en una trampa si el ingreso esperado nunca llega.
Ese es uno de los puntos centrales para entender el fenómeno financiero de estos años.
Durante el primer tramo del gobierno de Javier Milei, el crédito ayudó a muchos hogares a sostener parte del consumo frente a la pérdida de poder adquisitivo. Pero si la recuperación de los ingresos no acompaña, las cuotas comienzan a pesar cada vez más sobre presupuestos familiares que ya estaban ajustados.
La paradoja es evidente: el mismo crédito que permite mantener el consumo durante una caída del ingreso puede terminar profundizando la fragilidad económica.
Ualá, además, construyó buena parte de su identidad alrededor de la tecnología aplicada al financiamiento. Su modelo UaláScore utiliza datos e inteligencia artificial para evaluar el riesgo de los usuarios.
Por eso los números abren una pregunta incómoda: si la tecnología debía permitir identificar mejor quién podía pagar y quién no, ¿qué explica que la cartera de consumo haya alcanzado niveles de mora tan elevados?
La propia empresa atribuyó parte del deterioro al contexto de tasas y a las condiciones financieras que afectaron al conjunto del sistema. Y es cierto que ninguna fintech opera en una burbuja aislada. Pero también es cierto que otros jugadores enfrentaron la misma economía y registraron niveles diferentes de morosidad.
Mientras tanto, los inversores siguen apostando.
En marzo de 2026 Ualá consiguió US$197 millones en una nueva ronda de financiamiento y quedó valuada en unos US$3.200 millones. La apuesta del mercado, por ahora, es que el crecimiento de la compañía todavía puede transformarse en rentabilidad. Barbieri sostiene que el objetivo es alcanzar el equilibrio hacia fines de 2027.
Ahí aparece la gran incógnita.
Una fintech puede sobrevivir durante años con pérdidas si consigue capital suficiente y convence a sus inversores de que el futuro será mucho más rentable que el presente. Pero el crédito tiene una particularidad: detrás de cada número hay una persona, una familia o una pequeña empresa que debe pagar.
Por eso la historia de Ualá no debería leerse solamente como el balance complicado de una empresa tecnológica.
También es un espejo de una economía donde cada vez más hogares necesitan endeudarse para llegar a fin de mes. Y cuando la deuda empieza a ocupar el lugar que debería ocupar el ingreso, ninguna aplicación, por sofisticado que sea su algoritmo, puede hacer desaparecer el problema.
La tecnología puede acelerar el crédito. Lo que todavía no puede hacer es fabricar capacidad de pago.