Universidades argentinas pierden posiciones y el ajuste vuelve a quedar bajo la lupa

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La Argentina registró la mayor tasa de descenso entre los sistemas universitarios de América Latina en la última edición del ranking QS. De las 46 instituciones nacionales evaluadas, 17 retrocedieron, mientras crece la preocupación por el impacto de la caída del financiamiento educativo y científico.

Las universidades argentinas atraviesan una paradoja: continúan teniendo instituciones reconocidas dentro y fuera del país, pero al mismo tiempo pierden posiciones en las mediciones internacionales que buscan comparar la calidad y el desempeño de los sistemas de educación superior. La última edición del ranking latinoamericano elaborado por Quacquarelli Symonds (QS) volvió a poner esa tensión sobre la mesa.

De las 46 universidades argentinas incluidas en la clasificación, 17 retrocedieron posiciones, ocho mejoraron y 20 mantuvieron el lugar que habían obtenido anteriormente. En términos generales, la Argentina registró la mayor tasa de descenso entre los sistemas universitarios de la región.

El dato tiene, sin embargo, algunos matices importantes. La Universidad de Buenos Aires (UBA) conservó el décimo puesto regional y continúa como la institución argentina mejor ubicada. Además, alcanzó el segundo lugar entre las universidades latinoamericanas en los indicadores de reputación académica y reputación entre empleadores.

También hubo desempeños destacados en otras instituciones. La Universidad Nacional de La Plata quedó en el puesto 21, la Universidad Austral en el 25, la Universidad Nacional de Córdoba en el 30, la Pontificia Universidad Católica Argentina en el 42, la Universidad de San Andrés en el 44 y la Universidad Nacional de San Martín en el 94. La UNC, además, ingresó por primera vez al grupo de las 30 mejores de América Latina.

El ranking analizó 517 universidades de 27 países y ubicó a la Argentina como el cuarto sistema con mayor cantidad de instituciones representadas. En la cima regional quedaron la Pontificia Universidad Católica de Chile y dos universidades brasileñas, la Universidade de São Paulo y la Universidade Estadual de Campinas.

Pero detrás de los puestos y las posiciones aparece una discusión más profunda: cuánto puede sostenerse la calidad de una universidad cuando los recursos destinados a educación, investigación e infraestructura se reducen de manera prolongada.

Según los datos difundidos en el informe, entre 2023 y 2025 la inversión nacional en educación cayó un 41,2%, mientras que los fondos destinados a las universidades públicas retrocedieron un 28,9%. En el mismo período, el financiamiento de la investigación científica disminuyó un 43,9%.

Las proyecciones para los próximos años mantienen la preocupación. Un análisis del presupuesto de la Administración Pública Nacional realizado por el economista e investigador Javier Curcio, de la UBA y el CONICET, estima que entre 2023 y 2027 la caída acumulada podría alcanzar el 44,1% en educación, el 25,2% en universidades nacionales y el 38% en ciencia y tecnología. Son proyecciones presupuestarias y no resultados ya concretados, por lo que su evolución dependerá de las partidas finalmente ejecutadas.

La propia consultora QS vinculó el retroceso argentino con las “continuas presiones presupuestarias y de financiamiento”, aunque también señaló que los resultados de este tipo de rankings responden a factores acumulados y no necesariamente a una sola decisión de política pública.

Ese punto resulta central. Un ranking universitario no funciona como una fotografía instantánea de un gobierno. La investigación científica necesita años para consolidarse, los equipos académicos se forman lentamente y la reputación internacional se construye a partir de publicaciones, docentes, estudiantes, vínculos institucionales y resultados acumulados. Cuando aparecen problemas de financiamiento, sus efectos pueden no verse inmediatamente, pero tampoco desaparecen de un año para otro.

La Argentina conserva una estructura universitaria con una presencia regional importante. La UBA continúa entre las principales instituciones de América Latina y, en junio de 2026, había quedado en el puesto 84 del ranking mundial QS 2027, dentro del grupo de las 100 mejores universidades del planeta.

Al mismo tiempo, otro ranking internacional elaborado por el Center for World University Rankings (CWUR) había mostrado meses atrás un retroceso de las universidades argentinas incluidas en su clasificación. La UBA pasó del puesto 409 al 423 a nivel mundial, mientras que la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional de Córdoba también descendieron.

El Gobierno de Javier Milei sostiene, por su parte, que la educación continúa siendo una prioridad y argumenta que las restricciones presupuestarias forman parte de su estrategia para sostener el equilibrio fiscal. En septiembre, el vocero presidencial Adrián Ravier defendió los incrementos salariales otorgados a docentes universitarios y afirmó que cualquier mejora adicional debe realizarse mediante una reasignación de partidas, sin abandonar la política de déficit cero.

La discusión, entonces, no se reduce a una pelea entre números y discursos. En las universidades se decide también qué capacidad tendrá el país para formar profesionales, producir conocimiento y sostener investigación propia durante los próximos años.

Un puesto perdido en una tabla puede parecer una cifra lejana. Pero detrás de esos lugares hay docentes, estudiantes, laboratorios, becas, publicaciones y proyectos que necesitan continuidad. La educación superior suele tardar décadas en construir prestigio y puede necesitar mucho menos tiempo para empezar a perderlo.

La Argentina todavía conserva universidades con una fuerte presencia internacional. El desafío será determinar si esa fortaleza puede mantenerse cuando el financiamiento deja de acompañar el crecimiento de las capacidades que hicieron posible llegar hasta allí.