El equipo de la Ribera venció 1 a 0 a River en Núñez con un penal de Leandro Paredes. En un partido cerrado y tenso, el clásico volvió a demostrar que en el fútbol argentino a veces un detalle alcanza para cambiarlo todo.
El Superclásico volvió a escribirse con nervios.
Con silencios.
Y con una herida que tarda en cerrarse.
Boca Juniors derrotó 1 a 0 a River Plate en el Monumental con un penal convertido por Leandro Paredes en el primer tiempo.
El partido tuvo el clima de siempre.
Estadio lleno.
Presión.
Y una sensación permanente de que cualquier error podía pesar demasiado.
River había comenzado mejor.
Con más iniciativa y mayor control de la pelota.
Pero Boca encontró el momento justo.
Una mano dentro del área detectada por el VAR cambió la noche.
Paredes se hizo cargo.
Y convirtió con la calma de quien entiende lo que significa ese instante.
Después del gol, el partido cambió.
River empujó más por necesidad que por claridad.
Boca retrocedió algunos metros y apostó a sostener la ventaja con orden.
El equipo de Eduardo Coudet buscó el empate hasta el final.
Pero le faltó profundidad en los últimos metros.
La derrota además cortó una racha de nueve partidos sin perder para River.
Y dejó al equipo golpeado en uno de los partidos que más pesan en el calendario argentino.
Para Boca, en cambio, la victoria vale más que tres puntos.
Ganar en el Monumental siempre tiene un efecto extra.
No solo por el resultado.
También por el impacto emocional que deja en un club que venía necesitando una noche de este tamaño.
En el fútbol argentino hay partidos que duran noventa minutos.
Y otros que permanecen mucho más tiempo.
El Superclásico volvió a demostrar que a veces un solo gol alcanza para quedarse con una ciudad entera.