Cocineros de distintas regiones de la provincia fueron convocados por la Legislatura para compartir experiencias y poner en valor una cocina que ya no se limita a alimentar turistas: también construye identidad, empleo y sentido de pertenencia.
Hay provincias que se cuentan a través de sus monumentos. Otras, a través de sus paisajes.
Neuquén tiene una ventaja extra: también puede narrarse desde una mesa.
En un plato de chivito del norte neuquino, en una trucha de la cordillera, en las cerezas del sur, en un vino de San Patricio del Chañar o en las recetas heredadas de familias mapuches y criollas que siguen cocinando con memoria. Cada producto guarda una geografía. Cada receta conserva una historia.
Por eso no resulta casual que la Legislatura provincial haya convocado esta semana a chefs y referentes de la Ruta de la Gastronomía Neuquina para compartir experiencias y reflexionar sobre el crecimiento de una actividad que se transformó en una de las expresiones más visibles de la identidad provincial.
La iniciativa reunió a cocineros de distintas localidades que forman parte de una estrategia impulsada desde hace varios años para posicionar a la gastronomía como un componente central de la oferta turística neuquina. No se trata solamente de atraer visitantes. Se trata de construir valor alrededor de los productos locales, fortalecer economías regionales y generar oportunidades para productores, emprendedores y trabajadores vinculados al sector.
La gastronomía ocupa hoy un lugar diferente al que tenía hace apenas una década. Durante mucho tiempo fue considerada un complemento del viaje: algo que acompañaba la experiencia turística. Hoy, en cambio, muchas personas eligen destinos motivadas precisamente por aquello que pueden probar, descubrir o degustar.
La tendencia es mundial. El turismo gastronómico se convirtió en una de las actividades de mayor crecimiento dentro de la industria turística. Los viajeros buscan experiencias auténticas, historias detrás de los productos y vínculos más directos con las comunidades locales.
Neuquén encontró allí una oportunidad.
La provincia posee una diversidad territorial difícil de encontrar en otros lugares del país. Desde la producción caprina del norte hasta los viñedos de la Confluencia, pasando por los frutos finos, la pesca deportiva, los hongos de bosque, las hierbas aromáticas y las tradiciones culinarias de las comunidades originarias, existe una enorme riqueza capaz de transformarse en una marca distintiva.
La Ruta de la Gastronomía Neuquina nació precisamente con ese objetivo: conectar productores, cocineros, establecimientos turísticos y experiencias regionales bajo una narrativa común que permita mostrar el territorio a través de sus sabores.
Pero detrás de cada plato hay mucho más que cocina.
Hay productores que enfrentan los desafíos de una economía compleja. Hay pequeñas empresas familiares que buscan sostenerse en un contexto de consumo más retraído. Hay jóvenes que encuentran en la gastronomía una posibilidad laboral y comunidades que descubren nuevas herramientas para agregar valor a lo que producen.
En tiempos donde gran parte del debate público parece concentrarse en indicadores económicos, ajustes y tensiones políticas, la gastronomía ofrece una perspectiva distinta. Nos recuerda que el desarrollo también puede construirse desde la cultura, desde el trabajo local y desde aquello que vuelve único a un territorio.
Quizás por eso la convocatoria realizada en la Legislatura tuvo un significado que va más allá del encuentro institucional.
Porque cuando una provincia decide valorar sus productos, sus recetas y a quienes las hacen posibles, está haciendo algo más profundo que promocionar una actividad económica.
Está defendiendo una parte de su identidad.
Y en un mundo cada vez más homogéneo, donde las ciudades empiezan a parecerse unas a otras y los mismos sabores se repiten en todos lados, cuidar la identidad también es una forma de construir futuro.
Neuquén parece haber entendido esa lección. Y la está sirviendo en la mesa.