Desde los pibes de las inferiores de Argentinos Juniors hasta los streamers del momento: un mismo sentimiento de revancha recorre la periferia.
Los poderosos contra los débiles. Los que compran el talento contra quienes lo producen. La madrugada europera es el escenario de la derrota alemana a pies de Paraguay. El mundial de fútbol avanza sin pedir permiso.
Cuando un equipo sudamericano —o africano o asiático— derrota a uno europeo, no gana solamente un partido. Durante un rato recupera el orgullo de sus raíces. Es la felicidad primitiva de comprobar que el débil todavía puede torcerle el brazo al fuerte. Que el Sur todavía incomoda al Centro.
Por eso Bangladesh ama a la Argentina. Ama a Maradona. No por un gol. Por lo que ese gol – o esos goles- representaron frente a Inglaterra. Porque sintetizó una emoción compartida por buena parte del mundo: la periferia derrotando al imperio. Los colonialistas perdiendo. Por eso la India y tantos otros paises que fueron colonias europeas sintieron esa victoria como propia.
No es casual que las principales portadas de hoy de los diarios argentinos hayan celebrado el triunfo de Paraguay como si fuera un triunfo propio. Tampoco es casual que la eliminación de Alemania se viva como algo más que un resultado deportivo. Las hegemonías también se resquebrajan simbólicamente. Y el fútbol suele anticipar esos movimientos antes que la política o la economía sepan nombrarlos.
Hace más de medio siglo, Pier Paolo Pasolini decía que el fútbol europeo era prosa y el latinoamericano era poesía. La prosa organizaba; la poesía inventaba. Esa diferencia todavía sobrevive, aunque el mercado haga todo lo posible por borrarla. Europa sigue comprando talento. Sudamérica, África y cada vez más Asia siguen produciéndolo.
La paradoja es hermosa. Es posible que este Mundial termine levantándolo España, Francia o Inglaterra. Pero buena parte de sus mejores futbolistas nacieron en barrios atravesados por la inmigración, tienen raíces africanas o reivindican permanentemente esos orígenes. Lamine Yamal señala el barrio donde creció cada vez que convierte un gol. Kylian Mbappé nunca duda en enfrentarse públicamente a la extrema derecha francesa. Incluso cuando ahora gana Europa, muchas veces también gana la periferia.
Mientras tanto, el negocio sigue funcionando. A las periferias les siguen vendiendo camisetas, suscripciones, derechos de televisión y apuestas online. El tecnofeudalismo encontró en el fútbol uno de sus negocios más rentables. Sin embargo, aunque en la estrctura el negocio se impone, en la superficie del terreno de juego hay lugar para las utopías.
Este también es el Mundial de los streamers. Pero incluso ahí aparecen señales interesantes. Davo Xeneize, La Cobra y buena parte de quienes hoy cuentan el fútbol desde este lado del mundo disputan un relato que ya no necesita la autorización de los viejos centros mediáticos. Reividican el juego de Ecuador, la garra de Paraguay y las lecciones del profe Alfaro.
Quizás por eso el Mundial sigue importando tanto. Porque es geopolítica por otros medios. Porque durante noventa minutos el orden del mundo puede invertirse. Porque los hinchas siguen creyendo en algo que los mercados todavía no pudieron comprar del todo: la posibilidad de que los de abajo les ganen a los de arriba. Por eso el mundial tiene algo de carnavalesco, de dispositivo único en el que, por un ratito, los potreros de tierra, las pelotas de trapo, las equipaciones truchas, logran imponerse a la razón del sistema.
Y mientras exista esa posibilidad, por mínima que sea, el fútbol seguirá siendo mucho más que un deporte y el Mundial mucho mas que un acontecimiento deportivo. Grande Paraguay.
*Jordi Aguiar, periodista y escritor, autor de Pelota Manchada.