Atravesaron el cáncer de mama y encontraron en un antiguo deporte chino una forma de rehabilitar el cuerpo y reconstruir comunidad. Rosas de la Confluencia recibió su propio bote dragón y llevó al río una certeza sencilla: después de la enfermedad también hay vida, fuerza y equipo.
Primero le pintaron los ojos.
No fue un detalle decorativo ni una de esas ceremonias que sobreviven porque quedan bonitas en las fotografías. Según una tradición ancestral china, pintar los ojos es despertar al dragón. Darle vida. Pedirle fuerza, unión y buenos caminos a quienes subirán al bote.
Después, el dragón fue al Río Limay.
Y allí estaban ellas.
Son diez mujeres. Se llaman Rosas de la Confluencia y tienen una historia común que ninguna eligió: atravesaron un cáncer de mama. Pero también comparten otra historia, esta vez construida por decisión propia. Tres veces por semana se encuentran, suben a una embarcación y reman.
Todas juntas.
Porque en un bote dragón la heroína solitaria sirve de poco. Si una acelera y otra se queda, el bote pierde ritmo. Si cada una decide hacer la guerra por su cuenta, el dragón probablemente termine navegando en círculos. Una metáfora bastante eficaz para estos tiempos de individualismo obligatorio.
La disciplina tiene siglos de historia en China y en las últimas décadas encontró un significado particular entre mujeres que atravesaron un cáncer de mama. Hoy existen más de 300 equipos en distintos lugares del mundo. En Neuquén, Rosas de la Confluencia acaba de comenzar una nueva etapa: el gobierno provincial les entregó una embarcación propia, después de meses de gestiones y de practicar con un bote prestado.
El nuevo bote tiene capacidad para doce personas, mide alrededor de nueve metros y pesa entre 150 y 200 kilos. Está aprobado por la International Dragon Boat Federation. Los datos técnicos dicen eso. Ellas dicen otra cosa.
“Para nosotras tener este bote es todo”, explicó Lorena Beltrán, capitana del grupo.
Y quizás convenga creerles.
El cuerpo después de la batalla
Existe cierta costumbre social de contar las enfermedades graves como guerras. Se lucha. Se pelea. Se gana o se pierde. El lenguaje militar invade los hospitales y, sin querer, a veces deja poco espacio para hablar de lo que viene después.
Porque sobrevivir también tiene un después.
Las cirugías vinculadas al cáncer de mama y la extracción de ganglios pueden generar problemas de movilidad y acumulación de líquido en los brazos. Para las integrantes del grupo, el movimiento repetitivo del remo forma parte de ese proceso de rehabilitación física. Ellas lo explican de manera menos clínica: navegar “es medicina” y una oportunidad para vivir mejor después de la cirugía.
Pero sería injusto reducir el bote dragón a una serie de movimientos musculares.
También están los cumpleaños. Los encuentros. Las conversaciones. Los viajes a competencias nacionales y regionales. Esa pequeña red invisible que se teje cuando alguien puede decir “a mí también me pasó” y del otro lado no hace falta explicar demasiado.
El grupo practica los lunes, miércoles y viernes en el Club de Empleados Públicos Provinciales de Neuquén, que les brinda el espacio para remar, guardar la embarcación y trabajar con profesores. La intención ahora es sumar a más mujeres que hayan atravesado un cáncer de mama y se encuentren en recuperación.
Cuando la política toca el agua
El bote fue adquirido a partir de gestiones del gobierno de Neuquén. Y Lorena Beltrán eligió agradecerlo con una reflexión poco habitual en tiempos donde la palabra política parece condenada a vivir entre el insulto televisivo y el algoritmo furioso.
“Cuando la política se traduce en acciones concretas que transforman el día a día de los ciudadanos, recupera su sentido más noble”, dijo.
La frase merece detenerse un momento.
En una Argentina donde desde el gobierno de Javier Milei se ha construido buena parte del relato público alrededor de la sospecha sobre cualquier intervención estatal, diez mujeres y un bote ofrecen una escena bastante menos teórica. Los recursos públicos son limitados, naturalmente. Las necesidades son muchas. Precisamente por eso la política consiste en decidir.
Esta vez, alguien decidió escuchar.
No se inauguró una autopista. No cambiará el producto bruto provincial. Difícilmente el mercado internacional altere sus indicadores porque un dragón de nueve metros navegue por el Limay.
Pero diez mujeres tienen una herramienta más para rehabilitar sus cuerpos, encontrarse y convocar a otras.
A veces el impacto social también se mide así.
Flores blancas sobre el Limay
Durante la ceremonia, el bote fue llevado hasta el río. Hubo una bendición, el tradicional pintado de ojos y flores blancas depositadas en el agua.
Las flores eran para las que ya no están.
Mujeres que también atravesaron la enfermedad y cuya memoria, dijeron sus compañeras, permanece “en cada abrazo y en cada remada”.
Rosas de la Confluencia sostiene además una consigna directa: “Tocate para que no te toque”. Un llamado al autoexamen mamario, la detección temprana y el cuidado de la salud.
Después llegó el momento de remar.
El dragón abrió los ojos y entró al agua.
Desde la costa podía verse simplemente un bote con doce lugares avanzando por el río.
Pero algunas cosas, para entenderlas, necesitan ser miradas un poco más de cerca.
Porque allí no había diez sobrevivientes.
Había diez mujeres vivas.
Y ninguna remaba sola.