México volvió a mirar el quinto partido desde la puerta: Inglaterra sobrevivió al Azteca

En este momento estás viendo México volvió a mirar el quinto partido desde la puerta: Inglaterra sobrevivió al Azteca
  • Categoría de la entrada:Actualidad / Mundo
  • Tiempo de lectura:5 minutos de lectura

El Tri cayó 3-2 ante los ingleses y quedó eliminado en octavos de final del Mundial que organiza en casa. Bellingham golpeó dos veces, Kane amplió de penal y México, con un jugador más durante buena parte del segundo tiempo, empujó hasta el final. Otra vez, el fútbol convirtió una esperanza nacional en esa tristeza colectiva que sólo los Mundiales saben fabricar.

El Estadio Azteca había esperado cuarenta años para una noche así.

No para perder, naturalmente. Los estadios también tienen memoria y suelen ser bastante selectivos con sus deseos. México volvía a jugar un partido decisivo de un Mundial en casa, ante más de 80.000 personas y con una ilusión que había ido creciendo durante el torneo: cuatro victorias, ningún gol recibido y la posibilidad de alcanzar unos cuartos de final que el fútbol mexicano persigue desde 1986.

Del otro lado estaba Inglaterra.

Que en fútbol siempre parece llegar acompañada por dos selecciones. La real, llena de jugadores extraordinarios. Y la imaginaria, campeona mundial desde aproximadamente seis meses antes de cada Mundial.

Esta vez ganó la real.

Inglaterra derrotó 3-2 a México y avanzó a los cuartos de final, donde enfrentará a Noruega, la selección de Erling Haaland que acaba de eliminar a Brasil.

Pero el resultado cuenta bastante poco de lo que ocurrió en el Azteca.

Dos minutos para romper un país

México había empezado mejor.

El equipo de Javier Aguirre manejaba el partido y parecía cómodo hasta que Jude Bellingham decidió recordar por qué es uno de los futbolistas determinantes de su generación.

Marcó a los 36 minutos.

Y volvió a marcar a los 38.

Dos goles en dos minutos. El tipo de ráfaga que en un Mundial no modifica solamente un marcador: cambia el ruido de un estadio entero. Inglaterra aprovechó los espacios creados por la velocidad de Bukayo Saka y encontró una contundencia que México, hasta entonces, no había necesitado padecer en el torneo.

El Azteca quedó mudo.

Por un rato.

Porque Julián Quiñones descontó antes del descanso y devolvió al partido esa materia prima tan peligrosa llamada esperanza.

México se fue al vestuario perdiendo 2-1.

Todavía había Mundial.

La ventaja que no alcanzó

A los 54 minutos, Jarell Quansah fue expulsado.

Inglaterra quedaba con diez.

México tenía más de media hora, un estadio entero empujando y la posibilidad de convertir el viejo sueño del quinto partido en algo más que una conversación repetida cada cuatro años.

Entonces ocurrió una de esas ironías que el fútbol administra con cierta crueldad: con un jugador menos, Inglaterra volvió a golpear.

Harry Kane convirtió de penal a los 60 minutos y puso el 3-1.

México siguió.

Raúl Jiménez marcó también desde los doce pasos y dejó el partido 3-2. Quedaban veinte minutos. Inglaterra retrocedió. México atacó. Jordan Pickford sostuvo a los suyos con intervenciones decisivas y el Azteca se convirtió en ese lugar donde 80.000 personas intentan empujar una pelota con la garganta.

No entró.

El árbitro terminó el partido.

Y un país volvió a encontrarse con su frontera futbolística.

El quinto partido

México no alcanza los cuartos de final de una Copa del Mundo desde 1986.

Cuarenta años.

En el medio cambió el mundo, cayó el Muro de Berlín, nació internet, aparecieron las redes sociales, desaparecieron los teléfonos con cable y Lionel Messi jugó prácticamente una vida entera al fútbol.

México siguió buscando su quinto partido.

Esta vez parecía diferente.

Era local. Había ganado sus cuatro encuentros. Llegaba sin recibir goles. El Mundial había construido alrededor del equipo una de esas emociones colectivas que existen cada vez menos: millones de personas mirando lo mismo al mismo tiempo y deseando, durante noventa minutos, exactamente la misma cosa.

No es poca cosa.

Vivimos en sociedades fragmentadas en pequeñas tribus algorítmicas. Cada uno tiene su pantalla, su indignación personalizada y hasta su propia versión de la realidad. El fútbol conserva todavía esa vieja capacidad de reunir a desconocidos bajo una camiseta.

Después pierde tu selección y uno recuerda el pequeño inconveniente del asunto.

Un chico de 17 años

Entre la tristeza quedó también una imagen del futuro.

Gilberto Mora, con apenas 17 años, volvió a ser una de las figuras mexicanas. Su Mundial confirmó la aparición de un futbolista alrededor del cual México puede empezar a imaginar el próximo ciclo.

Quizás allí esté una de las respuestas.

Los Mundiales tienen una crueldad administrativa: clausuran cuatro años de trabajo en una noche y, casi inmediatamente, obligan a empezar a pensar en los siguientes cuatro.

Inglaterra seguirá jugando.

Busca su segunda Copa del Mundo y ahora deberá enfrentarse a una Noruega que acaba de derribar a Brasil. México, en cambio, tendrá que aprender a convivir otra vez con la pregunta que conoce demasiado bien.

¿Qué falta?

No habrá una respuesta sencilla. Nunca la hay en el fútbol, aunque los programas deportivos necesiten encontrarla antes de la próxima tanda publicitaria.

En el Azteca, mientras los ingleses celebraban, muchos hinchas mexicanos lloraron. Otros permanecieron sentados. En las calles de Ciudad de México, las multitudes que habían seguido el encuentro bajo la lluvia comenzaron a dispersarse en silencio.

El Mundial continuará.

Los aviones seguirán llegando. Los estadios volverán a llenarse. Habrá goles, polémicas y nuevos héroes.

Pero para México terminó.

El quinto partido volvió a quedar del otro lado de la puerta.

Y quizá por eso duele tanto: esta vez llegaron a tocar el picaporte.