Después de la eliminación ante Noruega, Neymar anunció su retiro de la selección brasileña. Se va como máximo goleador histórico de la Canarinha, con cuatro Mundiales y números extraordinarios. También con esa ausencia enorme que en Brasil pesa más que cualquier estadística: nunca levantó la Copa del Mundo.
Neymar empezó y terminó en el mismo lugar.
El 10 de agosto de 2010, un chico de 18 años, flaco, con una cresta bastante discutible y el talento suficiente para que nadie se detuviera demasiado en cuestiones capilares, debutó con Brasil en el estadio de Nueva Jersey. Marcó un gol contra Estados Unidos.
Dieciséis años después volvió a ese césped.
Esta vez entró desde el banco.
Brasil perdía contra Noruega, Erling Haaland había marcado dos veces y la selección más campeona de la historia del fútbol estaba a punto de despedirse del Mundial en octavos de final. Neymar convirtió un penal en el descuento. Fue su último gol de amarillo.
Después llegó el silbatazo.
Y lloró.
“Lo intenté, lo intenté. Comencé aquí y termino aquí. Ahora se acabó”, dijo frente a la televisión brasileña. Neymar, a los 34 años, anunció así el final de su historia con la selección.
Hay carreras que pueden explicarse con números.
La de Neymar se resiste.
El heredero de una camiseta imposible
Neymar deja Brasil como su máximo goleador histórico: 80 tantos y 58 asistencias en 130 partidos. Jugó cuatro Copas del Mundo —2014, 2018, 2022 y 2026— y durante más de una década cargó con la camiseta número 10 de la selección que inventó buena parte de las cosas hermosas que conocemos del fútbol.
El problema era precisamente ese.
Brasil no entrega la 10.
Entrega una comparación.
Antes estuvieron Pelé, Zico, Rivaldo, Ronaldinho. Y detrás de cada nuevo talento aparece un país entero preguntando cuándo llegará el próximo.
Neymar fue señalado como heredero antes incluso de tener edad suficiente para comprender la herencia.
Debía jugar bien.
Debía hacer goles.
Debía ganar.
Debía divertir.
Debía devolverle a Brasil una Copa del Mundo.
Y, si era posible, debía hacerlo sonriendo.
Pocas profesiones ofrecen semejante descripción de puesto.
El jugador que siempre parecía a punto de ser
La carrera de Neymar estuvo atravesada por una sensación extraña: incluso cuando era extraordinario, parecía que todavía faltaba algo.
Ganó la Champions League con el FC Barcelona. Formó con Lionel Messi y Luis Suárez uno de los ataques más brillantes de la historia reciente. Fue protagonista de la remontada ante el PSG y después se marchó precisamente a Paris Saint-Germain en el traspaso más caro que conoció el fútbol.
Parecía destinado a discutir el mundo con Messi y Cristiano Ronaldo.
Pero el cuerpo empezó a discutir con Neymar.
Las lesiones fueron interrumpiendo su carrera con una puntualidad cruel. En este Mundial regresó a la selección después de 981 días de ausencia por distintos problemas físicos y Carlo Ancelotti le reservó un papel secundario. Contra Noruega ingresó a los 67 minutos, cuando el partido todavía estaba 0-0. Después llegaron los dos goles de Haaland. Neymar alcanzó a descontar de penal. No alcanzó.
Quizás allí esté la metáfora involuntaria de su carrera.
Llegó.
Hizo algo.
Casi.
Brasil y su larga espera
La eliminación tiene una dimensión mayor que la despedida de Neymar.
Brasil no gana un Mundial desde 2002. Si vuelve a fallar en 2030, habrá pasado 28 años sin levantar la Copa. La derrota ante Noruega significó además su eliminación mundialista más temprana desde 1990.
Para cualquier selección, cinco Copas del Mundo serían una eternidad gloriosa.
Brasil utiliza otra unidad de medida.
La Canarinha creció convencida de que la Copa le pertenece de una manera misteriosa. Los otros países participan. Brasil, de algún modo, reclama una propiedad intelectual sobre el asunto.
Quizás por eso cada eliminación brasileña parece una crisis existencial.
No se pregunta solamente por qué perdió un equipo.
Se pregunta qué ocurrió con el fútbol brasileño.
La frase aparece en televisión, en las mesas de los bares, en los diarios y probablemente en alguna playa de Río donde dos desconocidos terminan discutiendo sobre la formación de 1982.
Neymar cargó durante dieciséis años con esa conversación.
El último crack antes del algoritmo
También se va un tipo de futbolista.
Neymar perteneció quizás a la última generación de estrellas educadas antes de que las academias globales perfeccionaran la fabricación de jugadores.
Jugaba con algo de calle.
Exageraba.
Hacía una gambeta innecesaria.
Volvía a hacerla.
Se tiraba.
Protestaba.
Bailaba.
A veces era irritante.
Y podía, cinco segundos después, inventar una jugada por la que valía la pena haber encendido el televisor.
El fútbol moderno mira con creciente sospecha esa clase de desorden. Los modelos de datos calculan probabilidades. Los entrenadores administran espacios. Los algoritmos estudian decisiones óptimas.
Neymar hacía firuletes.
No siempre era la mejor decisión.
Ese era parte del encanto.
La Copa que no llegó
La historia suele ser injusta con los grandes futbolistas que no ganan un Mundial.
Johan Cruyff no lo ganó.
Zico tampoco.
Michel Platini, Paolo Maldini y George Best nunca levantaron la Copa.
Nadie sensato discutiría sus lugares en la historia.
Pero Neymar era brasileño.
Y Brasil tiene cinco estrellas sobre el escudo.
Su único gran título con la selección absoluta fue la Copa Confederaciones de 2013. Se va sin el trofeo que definió a Pelé, a Romário, a Ronaldo.
Eso no convierte su carrera en un fracaso.
Pero explica sus lágrimas.
En Nueva Jersey, después del partido, Neymar quedó tendido sobre el césped. Sus compañeros tuvieron que acercarse a consolarlo. El mismo estadio donde había comenzado todo se convirtió en el lugar del final.
El fútbol, cuando quiere escribir, suele abusar un poco de las metáforas.
Neymar se va de Brasil con 80 goles.
Con cuatro Mundiales.
Con millones de camisetas.
Con videos de gambetas que seguirán sobreviviendo a todas las discusiones.
Se va sin la Copa.
Quizás dentro de algunos años, cuando ya no necesitemos preguntarnos todo el tiempo si fue Pelé, si fue Messi o si ganó lo suficiente, podamos mirar simplemente al futbolista.
A ese chico flaco que un día se puso la camiseta amarilla y quiso cargar sobre sus hombros la historia del país que más ama el fútbol.
No pudo ser Pelé.
Fue Neymar.
Y, aunque Brasil tarde un poco en perdonárselo, fue muchísimo.