Dos potencias y un estrecho: Irán y Trump se disputan el control de la puerta del petróleo

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Teherán asegura que controla completamente el estrecho de Ormuz y contradice a Donald Trump, que había proclamado el dominio estadounidense sobre la zona. Detrás de la guerra de declaraciones hay algo bastante menos retórico: una de las rutas energéticas más importantes del planeta permanece prácticamente cerrada y se ha convertido en la principal carta de negociación iraní en una guerra que Estados Unidos tampoco consigue resolver.

Hay lugares del mundo cuya importancia resulta desproporcionada respecto de su tamaño. El estrecho de Ormuz es uno de ellos: una angosta franja de agua entre Irán y Omán por la que, antes de la actual guerra, circulaba alrededor de una quinta parte del petróleo y el gas comercializados globalmente. Un cuello de botella del planeta donde cualquier movimiento militar puede terminar apareciendo, algunas semanas después, en el precio de llenar un tanque de combustible a miles de kilómetros de distancia.

Desde hace meses, además, Ormuz es otra cosa: el escenario donde Irán y Estados Unidos intentan demostrar quién manda.

El presidente estadounidense, Donald Trump, aseguró esta semana que Washington tiene el “control total” del estrecho. Desde Teherán respondieron exactamente lo contrario. Hossein Taeb, recientemente designado jefe de la fuerza paramilitar Basij, sostuvo que el paso marítimo está completamente bajo dominio iraní. El comando militar conjunto de Irán agregó que ningún buque puede atravesarlo sin autorización de Teherán.

Alguien, evidentemente, exagera.

Posiblemente más de uno.

Porque las guerras también se libran con comunicados, relatos y mapas imaginarios donde cada contendiente pinta con sus colores un territorio que en el mundo real resulta bastante más difícil de controlar.

Ormuz como arma

Lo concreto es que Irán ha conseguido convertir el estrecho en su principal herramienta de presión.

Desde el comienzo de la guerra, el 28 de febrero, después de los ataques estadounidenses e israelíes sobre territorio iraní, Teherán restringió severamente el tránsito por la vía marítima. Estados Unidos respondió imponiendo un bloqueo naval sobre puertos iraníes mientras intenta garantizar la circulación de embarcaciones no iraníes.

El resultado dista bastante de aquella imagen de “control total” que propone Trump.

Este jueves, dos petroleros operados por la empresa estatal de Emiratos Árabes Unidos fueron atacados con drones mientras atravesaban Ormuz. Abu Dabi responsabilizó a Irán y calificó los ataques como actos de piratería. No hubo heridos y los daños fueron menores, pero el episodio volvió a demostrar algo elemental: una ruta marítima completamente controlada suele ser un lugar donde los petroleros pueden navegar sin que les disparen drones.

La cuestión no es solamente militar.

Es económica.

Y ahí comienza a entenderse la estrategia iraní.

El precio del tiempo

Teherán parece apostar a que puede soportar el conflicto el tiempo suficiente para convertirlo en un problema político dentro de Estados Unidos.

La guerra es impopular entre los estadounidenses, los precios de los combustibles presionan sobre la economía y en noviembre habrá elecciones legislativas. Al mismo tiempo, meses de operaciones militares han reducido las reservas estadounidenses de determinados sistemas de armas y municiones avanzadas.

Irán observa ese escenario y calcula.

Washington también.

El problema es que mientras las potencias hacen cuentas, los costos no quedan encerrados entre el Pentágono y Teherán.

El estrecho transportaba antes de la guerra alrededor del 20% del petróleo y el gas comercializados mundialmente. Su cierre alteró las rutas energéticas, impulsó los precios y obligó a productores de Medio Oriente a buscar alternativas. Incluso el mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb adquirieron una importancia mayor como rutas alternativas, justo cuando los hutíes de Yemen volvieron a atacar embarcaciones.

Así funciona la globalización cuando deja de ser una palabra de conferencia empresarial: un dron sobre un barco en Ormuz puede terminar convertido en inflación en otro continente.

Una paz con demasiadas condiciones

Las conversaciones diplomáticas tampoco consiguen destrabar el conflicto.

Irán condiciona la reapertura del estrecho a que Estados Unidos ponga fin a la guerra, retire el bloqueo de sus puertos, levante sanciones, libere activos iraníes congelados y compense los daños ocasionados durante el conflicto. Trump respondió reclamando, a su vez, indemnizaciones a Teherán por estadounidenses muertos o heridos en acciones atribuidas durante décadas a organizaciones respaldadas por Irán.

Es decir: ambos negocian la paz presentándose mutuamente la factura de la guerra.

Hasta ahora, sin demasiado éxito.

Un acuerdo provisional alcanzado en junio terminó derrumbándose pocas semanas después. Las gestiones posteriores realizadas mediante intermediarios tampoco consiguieron avances sustanciales.

Omán aparece ahora como una pieza central. Teherán negocia con Mascate un esquema para administrar el tránsito marítimo y establecer nuevas rutas por Ormuz. Para Irán, lograr algún reconocimiento formal de su capacidad de gestión sobre el estrecho sería una victoria estratégica enorme: transformaría una ventaja militar circunstancial en poder político permanente sobre una arteria energética internacional.

Entre Trump y los ayatolás

La dificultad para observar este conflicto desde una perspectiva democrática consiste precisamente en resistirse a la obligación de elegir héroes.

El régimen iraní continúa siendo autoritario, represivo con la disidencia y profundamente restrictivo en materia de derechos civiles, especialmente para las mujeres. Su capacidad de cerrar una ruta marítima internacional y atacar embarcaciones comerciales no debería romantizarse como resistencia antiimperialista.

Pero tampoco puede naturalizarse que Estados Unidos se arrogue unilateralmente la capacidad de bombardear, bloquear puertos y determinar mediante poder militar quién controla una región situada a miles de kilómetros de sus costas.

Entre el autoritarismo iraní y el intervencionismo estadounidense existe una tercera posición bastante menos épica: el derecho internacional.

Y, sobre todo, existen millones de personas que no participan de las decisiones tomadas por sus gobiernos pero terminan pagando sus consecuencias.

La geografía siempre termina cobrando

Ormuz demuestra algo que las grandes potencias suelen olvidar cuando empiezan las guerras y recordar cuando intentan terminarlas: controlar desde el aire no significa necesariamente controlar el territorio, y tener la mayor flota del planeta tampoco garantiza gobernar cada kilómetro de mar.

Irán puede cerrar el estrecho, pero hacerlo también castiga su propia economía.

Estados Unidos puede bloquear puertos iraníes, pero no consigue garantizar completamente la navegación.

Trump dice que controla Ormuz.

Teherán dice exactamente lo mismo.

Mientras discuten quién tiene la llave, buena parte de la puerta sigue cerrada.

Y quizás esa sea la descripción más precisa de esta guerra: dos gobiernos asegurando que dominan una situación que, cinco meses después, ninguno ha conseguido controlar del todo.