De Andacollo a Alaska: ocho años para descubrir que el viaje también era el destino

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Micaela Mazzulla y Mauricio Sepúlveda dejaron una vida estable para recorrer América en un Renault Mégane de 1999. Casi ocho años después llegaron a Alaska y ahora emprenden el regreso a la Argentina, con el mismo auto y una certeza que parece sencilla, pero no lo es: muchas veces el momento perfecto para empezar nunca llega.

Hay viajes que empiezan mucho antes de que el auto arranque.

El de Micaela Mazzulla y Mauricio Sepúlveda comenzó en un departamento de La Plata, cuando todavía eran recién casados y estudiaban. Ella lanzó una idea que parecía más propia de una conversación de madrugada que de un proyecto posible: dejar la vida que tenían y salir a recorrer América en auto.

Mauricio, nacido en Andacollo, imaginaba que algo así podría hacerse algún día, quizá cuando llegara la jubilación. Pero la pareja decidió hacer algo bastante más arriesgado que esperar: ponerle una fecha al sueño.

Se instalaron en Andacollo, en el norte neuquino, y durante dos años se prepararon para partir. No tenían el vehículo ideal ni una gran estructura económica detrás. Tenían un Renault Mégane modelo 1999, algunas herramientas, pocos recursos y la voluntad de descubrir hasta dónde podían llegar.

En algún punto, eso alcanzó.

Hace casi ocho años comenzó una travesía que los llevó desde Neuquén hacia distintos países del continente. El auto se convirtió en casa, cocina, dormitorio y compañero de ruta. También en una especie de tercer integrante de la pareja, aunque probablemente jamás haya pedido semejante responsabilidad.

El Mégane tuvo que atravesar reparaciones de suspensión, frenos, problemas eléctricos, refrigeración, bomba de combustible y rulemanes. En Canadá incluso tuvieron que reemplazar el parabrisas. Hubo accidentes, enfermedades, dificultades económicas y problemas en pasos fronterizos.

Cualquier persona razonable podría haber considerado suficiente alguna de esas razones para volver.

Ellos siguieron.

Para financiar el viaje comenzaron haciendo y vendiendo artesanías. Con el tiempo sumaron contenidos para redes sociales y acuerdos con marcas. La aventura dejó de ser solamente un viaje y se transformó en una forma de vida.

El 5 de junio de este año alcanzaron Alaska, el extremo norte del continente y uno de los grandes objetivos que habían imaginado cuando todavía estaban en la Patagonia.

Después de miles de kilómetros, el momento fue bastante menos cinematográfico de lo que podría suponerse. Cuando llegaron, se abrazaron y durante unos minutos se quedaron en silencio. Habían imaginado aquella escena muchas veces, pero ninguna imaginación podía reemplazar el momento real.

Y quizá ahí aparezca una de las claves de esta historia.

Porque llegar a Alaska era el objetivo. Pero el viaje había ocurrido durante los casi ocho años anteriores.

Los paisajes fueron importantes, naturalmente. También las ciudades, las fronteras y los caminos. Pero Micaela y Mauricio aseguran que la mayor riqueza de la experiencia estuvo en otro lugar: las personas que encontraron en el camino.

Familias que los recibieron en sus casas, mecánicos que aparecieron cuando el auto parecía no querer seguir, viajeros que compartieron un mate y desconocidos que terminaron convirtiéndose en amigos.

Una de las historias que recuerdan resume bastante bien esa lógica. En determinado momento, un auto comenzó a seguirlos, hacerles señas con las luces y tocar bocina. Ellos pensaron que el conductor estaba enojado por alguna maniobra.

Cuando finalmente se detuvieron, descubrieron que era un seguidor de sus redes sociales que solamente quería saludarlos, sacarse una foto e invitarlos a quedarse unos días en su casa.

El supuesto conflicto terminó en amistad.

Hay algo profundamente latinoamericano en esa escena: una ruta desconocida, un vehículo que se detiene y una frontera que durante un instante deja de ser una frontera.

Para Mauricio, además, el viaje tuvo otra dimensión. Andacollo no quedó atrás cuando comenzó la aventura. Viajó con ellos.

El nombre de la localidad neuquina apareció en conversaciones, historias y encuentros a lo largo del continente. Para la pareja, representar a Neuquén desde un pueblo pequeño también forma parte de lo que significa haber llegado hasta Alaska.

“Desde un pueblo pequeño también pueden surgir grandes sueños”, es la idea que resume su experiencia.

La frase podría sonar a consigna si no estuviera respaldada por ocho años de ruta.

Porque el dato más interesante de esta historia no es que un Mégane de 1999 haya llegado hasta Alaska. Es que dos personas decidieron no esperar a tener las condiciones perfectas para empezar.

No tenían el auto perfecto.

No tenían asegurado el dinero para todo el recorrido.

No sabían exactamente cuánto iba a durar el viaje.

Y tampoco podían prever cuántas veces tendrían que reparar el vehículo, cambiar de planes o pedir ayuda.

Lo que sí tenían era una decisión.

Ahora están en Massachusetts, Estados Unidos, desde donde comenzaron el regreso hacia Sudamérica. Calculan que todavía les queda al menos un año de viaje antes de volver a la Argentina. Esta vez, sin la presión de alcanzar Alaska, pueden permitirse recorrer algunos lugares con más calma y volver sobre caminos que quedaron pendientes.

El Mégane también sigue ahí.

Después de ocho años, miles de kilómetros y una lista de reparaciones que probablemente sería demasiado larga para cualquier manual de mantenimiento, el viejo Renault continúa siendo parte de la historia.

Quizás porque nunca fue realmente importante que fuera un auto de 1999.

Lo importante era que arrancara.

Y, sobre todo, que ellos se animaran a ponerlo en movimiento.

La historia de Micaela y Mauricio no propone necesariamente que todos abandonen sus trabajos, vendan sus cosas y salgan a recorrer el mundo. No todos los sueños necesitan convertirse en una travesía de ocho años.

Pero deja una pregunta bastante más cercana.

¿Cuántas veces esperamos que llegue el momento perfecto para empezar algo?

Ellos esperaron un tiempo. Después entendieron que probablemente ese momento no iba a aparecer solo.

Así que le pusieron fecha.

Y salieron.

Ocho años después, Alaska quedó atrás y la Argentina todavía está lejos. Pero el viaje continúa.

A veces los mapas sirven para llegar a un lugar.

Y otras veces sirven para descubrir quiénes somos mientras intentamos llegar.