El embajador estadounidense en Argentina, Peter Lamelas, confirmó que la administración de Donald Trump no modificó su posición sobre la disputa por las Islas Malvinas. El pronunciamiento vuelve a poner en evidencia la distancia entre las expectativas que el Gobierno argentino depositó en su relación con Washington y la política exterior efectiva de Estados Unidos.
Hay veces en que la diplomacia no necesita demasiadas palabras para marcar un límite.
Peter Lamelas, embajador de Estados Unidos en la Argentina, lo hizo de manera bastante directa: Washington mantiene su posición de neutralidad frente a la cuestión de las Islas Malvinas y, por ahora, no existe ningún cambio en esa política.
La declaración llegó después de meses en los que desde el Gobierno de Javier Milei se había alimentado la expectativa de que la estrecha relación entre la Casa Rosada y Donald Trump podía traducirse también en un respaldo más explícito de Washington al reclamo argentino de soberanía.
Por ahora, esa expectativa no se concretó.
Lamelas explicó que conoce las versiones sobre un supuesto correo interno del Pentágono relacionado con una eventual revisión de la posición estadounidense, pero aclaró que se trataba solamente de un correo y que no implicaba un cambio oficial de política. “Hasta ahora”, sostuvo, Estados Unidos mantiene la neutralidad.
La aclaración importa porque la relación entre Milei y Trump fue presentada por el oficialismo como una de las grandes apuestas estratégicas de la política exterior argentina.
El Presidente argentino convirtió su vínculo personal y político con el mandatario estadounidense en una pieza central de su diplomacia. La cercanía con Washington permitió avances en cuestiones económicas, militares y de cooperación bilateral, pero Malvinas vuelve a mostrar que una alianza política no necesariamente elimina las diferencias de fondo.
Estados Unidos tiene una posición histórica sobre el conflicto que no equivale a reconocer la soberanía argentina.
Washington mantiene relaciones estrechas con el Reino Unido y, al mismo tiempo, evita adoptar formalmente la posición argentina sobre el archipiélago. Esa cautela diplomática no desapareció con Trump ni parece estar siendo revisada en este momento.
Para la Argentina, el asunto tiene además una dimensión constitucional.
La disposición transitoria primera de la Constitución Nacional establece que la recuperación de las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes constituye un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino.
Por eso, cualquier señal proveniente de una potencia como Estados Unidos adquiere una importancia política que excede una declaración diplomática.
Y ahí aparece una diferencia interesante entre expectativa y realidad.
El Gobierno de Milei construyó una relación particularmente estrecha con Washington. Pero esa cercanía no significa que Estados Unidos vaya a modificar automáticamente sus propios intereses estratégicos o sus vínculos históricos con otros países.
La diplomacia internacional funciona con menos romanticismo que las relaciones personales.
Los Estados no tienen amigos permanentes. Tienen intereses permanentes.
La frase puede sonar vieja, pero conserva bastante utilidad para entender este episodio.
Lamelas, además, descartó que en este momento exista un proyecto para construir una base naval estadounidense integral en Ushuaia. Sí destacó la cooperación militar entre ambos países y mencionó ejercicios conjuntos y la asistencia para que Argentina incorpore equipamiento militar estadounidense.
Es decir, Washington mantiene abierta una agenda de cooperación con Buenos Aires.
Pero una cosa es profundizar los vínculos militares y estratégicos y otra muy diferente es modificar la posición frente a Malvinas.
La diferencia parece pequeña en un comunicado.
En política exterior, puede ser enorme.
Para Milei, el episodio supone además una dificultad discursiva. La administración libertaria ha presentado su alineamiento con Estados Unidos como una ruptura con la tradición diplomática de gobiernos anteriores y como una herramienta para conseguir resultados concretos para la Argentina.
Sin embargo, la cuestión Malvinas recuerda que la cercanía con una potencia no garantiza que esa potencia adopte las posiciones nacionales.
Una política exterior madura debería poder convivir con esa realidad.
Argentina puede profundizar su relación con Estados Unidos, buscar inversiones, cooperación tecnológica, acuerdos comerciales y colaboración en seguridad sin dejar de sostener su reclamo de soberanía sobre las islas.
De hecho, reconocer las diferencias puede hacer más sólida una relación bilateral.
El problema aparece cuando una política exterior se construye demasiado alrededor de la expectativa de que un líder extranjero resolverá cuestiones que, en realidad, dependen de una estrategia nacional sostenida durante décadas.
Malvinas no es un asunto de una administración ni de un presidente.
Es una política de Estado.
Y tampoco es exclusivamente un capítulo de la relación con Londres. Forma parte de una discusión diplomática más amplia en la que Argentina necesita construir apoyos internacionales, sostener el reclamo por vías pacíficas y defender sus intereses sin convertir cada gesto extranjero en una victoria o una derrota.
La declaración de Lamelas, en ese sentido, funciona como un pequeño baño de realidad.
La relación con Trump puede ser cercana.
Estados Unidos puede ser un socio estratégico.
Pero Washington sigue teniendo su propia política sobre Malvinas.
Y esa política, al menos por ahora, no cambió.
En la diplomacia, a veces una palabra alcanza para despejar muchas ilusiones.
Esta vez fue “neutralidad”.