Una historia nacida en Neuquén llega a la pantalla grande de la Patagonia

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Alma Mía, el cortometraje documental dirigido por el joven realizador Bruno Gutiérrez, fue seleccionado para participar del Festival Audiovisual de Bariloche. La película aborda una historia de maternidad y vínculos familiares construida por dos amigas que decidieron criar juntas a una niña, y representa además uno de los primeros frutos de la formación audiovisual pública en Neuquén.

Hay historias que empiezan mucho antes de llegar a una pantalla.

Alma Mía nació en Neuquén, en un ejercicio de una escuela de cine, a partir de una pregunta que parecía sencilla pero abría una puerta enorme: ¿qué formas puede tener una familia?

Bruno Gutiérrez, estudiante de la ENERC Patagonia Norte, encontró la historia de María Cabrera y Guillermina Raselli a través de las redes sociales. Eran dos amigas que, sin mantener una relación sexoafectiva, habían decidido maternar juntas a una niña llamada Alma. La historia llamó la atención del realizador y terminó convirtiéndose en el punto de partida de su primer cortometraje documental.

Ahora, esa historia que comenzó como un trabajo académico viajará a Bariloche.

Alma Mía fue seleccionada para participar de la 14ª edición del Festival Audiovisual de Bariloche, que se realizará del 21 al 27 de septiembre. El encuentro se consolidó como uno de los espacios más importantes para el cine de la Patagonia y ofrece una vidriera particularmente significativa para producciones realizadas en la región.

Para Gutiérrez, la selección tiene un significado doble.

Es su primera experiencia como director y, al mismo tiempo, la primera vez que una producción de este proceso formativo encuentra un lugar en un festival. El cortometraje fue realizado como parte de la Tecnicatura Superior en Realización Cinematográfica Integral de la ENERC Patagonia Norte.

El proyecto comenzó con la búsqueda de una historia para la materia Documental. Después vino el contacto con sus protagonistas, la presentación de la idea y finalmente la conformación de un equipo integrado por estudiantes y docentes.

Como ocurre con buena parte del cine, lo que en principio parece una idea termina convirtiéndose en un trabajo colectivo.

Guión, producción, fotografía, sonido, arte, montaje, animación y música tuvieron que encontrar una misma dirección. En este caso, además, había una dificultad particular: Alma tuvo que viajar antes de lo previsto y no pudo estar presente durante el rodaje.

El equipo tuvo que cambiar los planes.

Y encontró en el archivo familiar una solución narrativa.

Las fotografías y registros aportados por Guillermina permitieron mantener a Alma presente en el relato y construir, desde allí, una historia que debía condensarse en apenas diez minutos. La película incorporó además animaciones y música original durante la etapa de posproducción.

Ese proceso también terminó definiendo la mirada del documental.

La intención de Gutiérrez no fue presentar una rareza ni convertir la historia de sus protagonistas en una curiosidad. El objetivo fue observar una forma diferente de construir vínculos familiares y preguntarse qué ocurre cuando la crianza se organiza por fuera de los modelos tradicionales.

La pregunta puede parecer contemporánea, pero en realidad toca algo bastante antiguo: qué hace que una familia sea una familia.

Durante mucho tiempo, las respuestas estuvieron asociadas a estructuras consideradas prácticamente inamovibles. Sin embargo, las sociedades cambian y con ellas también cambian las formas de vivir, criar, cuidar y construir afectos.

El cine documental tiene una capacidad particular para registrar esas transformaciones.

No necesita necesariamente grandes escenarios ni acontecimientos extraordinarios. A veces alcanza con entrar en una casa, escuchar a sus protagonistas y observar cómo se organiza una vida cotidiana que, para quienes la viven, es simplemente su vida.

En Alma Mía, esa intimidad fue también una responsabilidad.

El equipo trabajó durante tres jornadas en la casa de María y, según contó el director, la experiencia estuvo atravesada por la cercanía con las protagonistas. Esa confianza resulta especialmente importante cuando una cámara entra en un espacio tan personal como una familia.

Pero el estreno en Bariloche también cuenta otra historia: la de una generación de jóvenes que puede formarse en la Patagonia sin tener que abandonar necesariamente la región para hacerlo.

La ENERC Patagonia Norte ofrece una formación pública especializada y permite a estudiantes neuquinos acceder a equipamiento profesional y trabajar con docentes vinculados con la industria audiovisual. Para Gutiérrez, esa posibilidad resulta fundamental porque le permite desarrollarse como realizador desde Neuquén.

No es un detalle menor.

En las industrias culturales, la concentración de oportunidades suele estar en Buenos Aires y en los grandes centros urbanos. Para un joven que quiere hacer cine desde la Patagonia, estudiar, acceder a equipos, conocer profesionales y producir sus primeras obras sin mudarse puede marcar una diferencia enorme.

La existencia de instituciones de formación en el territorio permite que las historias locales no tengan que viajar primero a una gran ciudad para adquirir valor.

Pueden empezar donde fueron vividas.

Eso es lo que ocurre con Alma Mía.

Una historia íntima, filmada en Neuquén por estudiantes de Neuquén, llegará ahora a uno de los principales encuentros audiovisuales de la región.

Quizás allí esté la parte más interesante de esta pequeña película: no solamente cuenta una forma alternativa de construir una familia. También muestra que la Patagonia puede producir sus propias imágenes, formar a sus propios realizadores y contar historias que nacen lejos de los centros tradicionales de producción cultural.

El festival será una nueva estación para ese recorrido.

Después vendrán otras pantallas, otros públicos y, probablemente, nuevas historias.

Porque el cine también se construye así: con una cámara, una idea, un grupo de personas dispuestas a trabajar juntas y una historia que merece ser escuchada.

Alma Mía llegará a Bariloche como un cortometraje de diez minutos, pero detrás de esos diez minutos hay mucho más: una historia familiar que desafía modelos tradicionales, un equipo de estudiantes que aprendió haciendo y una institución pública que permite que el cine patagónico se filme desde la propia Patagonia. A veces, para que una región empiece a contar sus propias historias, alcanza con que alguien encienda una cámara.