Con el 52,8% de los votos, los islandeses rechazaron reanudar las negociaciones para ingresar a la Unión Europea. La pesca, el control de los recursos naturales, el costo de vida y la defensa de la soberanía fueron los principales argumentos de una campaña que mostró a un país profundamente dividido sobre su lugar en Europa.
Islandia decidió no volver a sentarse a negociar con Bruselas. En un referéndum celebrado el sábado 29 de agosto, el 52,8% de los votantes rechazó la posibilidad de reanudar las conversaciones para una eventual adhesión a la Unión Europea, mientras que el 47,2% se inclinó por el sí. La participación alcanzó el 82,5%, la más alta desde las elecciones legislativas de 2009.
El resultado fue más ajustado de lo que podría sugerir la palabra “rechazo”. Durante buena parte del escrutinio, el sí llegó a estar por delante. Pero en las últimas horas la tendencia cambió y terminó imponiéndose el no por una diferencia de poco más de cinco puntos.
La pregunta, además, tenía una particularidad importante: los islandeses no estaban votando si ingresar inmediatamente a la Unión Europea. Decidían si querían abrir nuevamente las negociaciones que habían quedado suspendidas hacía más de una década. Incluso si hubiese ganado el sí, cualquier eventual acuerdo con Bruselas habría tenido que ser sometido posteriormente a una nueva consulta popular.
Islandia había solicitado su ingreso al bloque en 2009, después de la enorme crisis financiera que golpeó al país. Las negociaciones avanzaron durante algunos años, pero fueron suspendidas en 2013. Dos años después, un gobierno euroescéptico comunicó oficialmente que el país dejaba de ser candidato.
La discusión reapareció con fuerza durante el actual gobierno de coalición de centroizquierda, encabezado por la primera ministra socialdemócrata Kristrún Frostadóttir. Su gobierno había prometido consultar a la población antes de decidir si retomaba el proceso europeo y se comprometió a respetar el resultado.
El debate tuvo un protagonista inesperado: el pescado.
La pesca representa cerca del 40% de las exportaciones islandesas y ocupa un lugar central tanto en la economía como en la identidad del país. Una parte importante de quienes rechazaban volver a negociar con Bruselas temía que la incorporación al bloque implicara perder capacidad de decisión sobre sus aguas y aceptar las reglas de la política pesquera común europea.
No es una preocupación menor.
Para un país de apenas unos 400.000 habitantes, controlar sus recursos naturales es también una forma de proteger un modelo económico construido alrededor del mar. La posibilidad de que decisiones tomadas en Bruselas afecten a una actividad considerada estratégica alimentó buena parte del rechazo.
Pero la pesca no fue el único argumento.
La soberanía nacional apareció como una de las palabras centrales de la campaña. Islandia ya mantiene una relación estrecha con Europa sin ser miembro de la Unión: forma parte del Espacio Económico Europeo y del espacio Schengen, lo que le permite acceder al mercado único y mantener la libre circulación con buena parte del continente.
Ese modelo plantea una paradoja.
Islandia disfruta de buena parte de los beneficios de su cercanía con Europa sin formar parte de las instituciones políticas de la UE. Para quienes defendían el no, esa situación permite conservar un margen de autonomía que podría reducirse con una eventual adhesión.
Para quienes apoyaban el sí, en cambio, el escenario internacional está cambiando demasiado rápido como para permanecer al margen.
La seguridad en el Atlántico Norte y el Ártico adquirió una importancia creciente. Las tensiones geopolíticas, la guerra en Europa y las amenazas de Donald Trump sobre Groenlandia contribuyeron a que la relación de Islandia con Europa dejara de ser solamente una discusión comercial.
El país no tiene ejército propio y su seguridad depende en buena medida de la cooperación internacional y de su pertenencia a la OTAN. En ese contexto, algunos sectores consideraban que una relación más estrecha con la Unión Europea podía ofrecer mayor respaldo frente a un escenario internacional cada vez menos previsible.
Sin embargo, esa incertidumbre no alcanzó para convencer a la mayoría.
También pesaron las preocupaciones económicas y el costo de vida. La posibilidad de una integración europea generó dudas sobre sus efectos en sectores sensibles de la economía y sobre la capacidad del país para mantener determinadas políticas propias.
El resultado dejó, además, una geografía política interesante.
Reikiavik se inclinó mayoritariamente por el sí, mientras que las zonas rurales mostraron una mayor resistencia a retomar el proceso de adhesión. Esa diferencia refleja una división que aparece en otros debates europeos: las grandes ciudades suelen mirar hacia una mayor integración internacional, mientras que en las regiones rurales pesan más la autonomía, los recursos locales y la defensa de actividades económicas tradicionales.
El “no” islandés tampoco significa un alejamiento de Europa.
Islandia seguirá vinculada estrechamente con el continente a través del Espacio Económico Europeo y Schengen. Tampoco desaparecen sus vínculos políticos, comerciales y estratégicos con la Unión.
Lo que se cerró, al menos por ahora, es otra puerta: la posibilidad de volver a discutir formalmente una incorporación al bloque.
Y ahí aparece una lectura que trasciende a Islandia.
Durante décadas, la Unión Europea fue presentada como un proyecto destinado a ampliar progresivamente su territorio político y económico. Hoy esa expansión convive con una realidad más compleja: incluso países profundamente integrados a Europa pueden preferir mantener una distancia institucional.
El caso islandés recuerda que la integración no elimina la discusión sobre la soberanía.
La vuelve más sofisticada.
Porque el dilema ya no consiste simplemente en elegir entre Europa o el aislamiento. Islandia demuestra que existe una amplia zona intermedia: comerciar con Europa, viajar libremente por el continente, cooperar en materia de seguridad y participar de buena parte de su mercado sin aceptar necesariamente todas las decisiones políticas del bloque.
El referéndum no resolvió esa tensión.
La dejó expuesta.
El país continuará mirando hacia Europa, pero desde afuera de la Unión. Y probablemente la discusión vuelva a aparecer en algún momento, porque el resultado fue demasiado estrecho como para convertir el debate en una cuestión definitivamente cerrada.
Islandia dijo que no.
Pero ese no se parece menos a un portazo que a una pausa.
Con una diferencia relativamente pequeña, los islandeses eligieron conservar el control directo sobre sus recursos y sus decisiones políticas antes que reabrir el camino hacia Bruselas. En una Europa atravesada por tensiones geopolíticas, económicas y territoriales, Islandia acaba de recordar que la integración también tiene límites, y que la soberanía sigue siendo una palabra capaz de mover votos.