Tras quedar por detrás en la primera vuelta, Luiz Inácio Lula da Silva encontró en la organización digital una herramienta para movilizar a millones de simpatizantes. El diputado André Janones impulsó un canal de WhatsApp con casi 11 millones de participantes y apeló a una comparación inesperada con Lionel Messi y la Scaloneta para explicar cómo una campaña puede apoyarse en sus seguidores para disputar las redes.
En una elección que parecía cuesta arriba, la política brasileña encontró una parte decisiva de su disputa en las pantallas de los teléfonos. Después de quedar en segundo lugar en la primera vuelta del 4 de octubre, Luiz Inácio Lula da Silva necesitaba ampliar su llegada a los votantes y recuperar el impulso de su campaña. La respuesta llegó con una estrategia digital que buscó transformar a millones de simpatizantes en participantes activos de la conversación pública.
Detrás de esa operación estuvo André Janones, diputado brasileño y uno de los principales impulsores del llamado “Ejército de Lula”, un canal de WhatsApp que reunió a cerca de 11 millones de personas en apenas tres semanas. La iniciativa convirtió una aplicación cotidiana en una estructura de comunicación política organizada, capaz de distribuir mensajes, coordinar publicaciones y multiplicar el alcance de los contenidos de campaña.
Janones explicó el sentido de esa estrategia a partir de una comparación que cruza la política brasileña con una de las imágenes más reconocibles del deporte argentino: Lionel Messi rodeado por un equipo que corre para acompañarlo. La referencia a la Scaloneta le permitió describir una idea sencilla, aunque importante para comprender la comunicación contemporánea: un liderazgo político no necesita hacerlo todo por sí mismo si cuenta con una comunidad organizada que amplifique sus mensajes.
“Nosotros jugamos para Messi”, planteó Janones al comparar al capitán argentino con Lula. En su interpretación, el presidente brasileño no tenía que convertirse de repente en un especialista en redes sociales. Su tarea era representar una identidad política y una trayectoria, mientras los simpatizantes se ocupaban de extender sus mensajes por los espacios digitales.
La analogía no fue casual. La Selección Argentina construyó buena parte de su identidad reciente alrededor de un liderazgo reconocido y un grupo que entendió cómo complementarlo. Janones trasladó esa imagen al terreno electoral: Lula sería la figura central y los militantes, el equipo encargado de sostener la presión, recuperar terreno y llevar la discusión a espacios donde la campaña tradicional no siempre consigue llegar.
La comparación con Messi también revela una disputa simbólica entre los dos países. En Brasil, los colores verde y amarillo de la camiseta nacional quedaron asociados durante los últimos años con manifestaciones de la derecha y con sectores vinculados a Jair Bolsonaro. La campaña de Lula buscó recuperar esos símbolos y presentarlos como parte de una identidad nacional más amplia, que no perteneciera exclusivamente a una corriente política.
La consigna “El verde y amarillo es nuestro” se convirtió en una invitación a publicar fotografías con la camiseta brasileña y disputar el significado de los colores patrios. El propio Lula participó de esa iniciativa, en un intento por acercarse a una imagen de unidad nacional frente a una sociedad profundamente polarizada.
El canal de WhatsApp funcionó como una herramienta de coordinación. Los participantes recibían consignas para compartir fragmentos de videos, difundir etiquetas y hacer circular mensajes en distintas plataformas. También se proponían acciones destinadas a aumentar la visibilidad de determinados temas en las redes y en los buscadores.
La escala de la operación muestra una transformación en las campañas electorales. Durante décadas, la propaganda política dependió en gran medida de la televisión, la radio, los actos públicos y la estructura territorial de los partidos. Esos recursos siguen teniendo peso, pero ahora conviven con redes de comunicación que permiten distribuir contenidos de forma inmediata y organizar a grandes cantidades de simpatizantes sin depender de una única estructura centralizada.
WhatsApp tiene una particularidad en ese escenario: combina la comunicación directa con la circulación de mensajes entre grupos y contactos. Un contenido compartido por una figura política puede llegar a personas que no siguen sus cuentas oficiales, atravesar comunidades distintas y adquirir una apariencia de cercanía que no siempre existe en los canales tradicionales.
Esa capacidad también plantea desafíos. La movilización digital puede facilitar la participación política, ayudar a contrarrestar información falsa y acercar a los ciudadanos a una campaña. Pero las mismas herramientas pueden utilizarse para saturar conversaciones, hostigar a adversarios o instalar afirmaciones sin sustento. La diferencia depende de las prácticas que adopten quienes organizan y participan de esas redes.
La iniciativa de Janones se desarrolló en un contexto de fuerte competencia por la atención pública. Tras la primera vuelta, el equipo de Lula revisó su estrategia y aumentó el peso de las acciones digitales. La apuesta buscó ampliar el alcance de sus mensajes más allá de los votantes ya convencidos y disputar un espacio en el que los sectores conservadores habían logrado construir comunidades muy activas.
El diputado sostuvo que el protagonista de la elección seguía siendo Lula, no quien coordinaba las publicaciones. Su explicación intentó presentar el canal como una herramienta colectiva y no como una operación atribuible a una sola persona. La dimensión del proyecto, sin embargo, convirtió a Janones en una de las figuras más visibles de la campaña.
El resultado electoral terminó de darle relevancia a esa estrategia. Según los resultados difundidos tras el balotaje del 25 de octubre, Lula se impuso frente al senador Flávio Bolsonaro luego de haber quedado detrás en la primera vuelta. La campaña digital fue una de las piezas de esa remontada, aunque no puede explicarla por sí sola: el voto también estuvo atravesado por las identidades partidarias, la situación económica, las alianzas políticas, la movilización territorial y las decisiones de millones de electores.
La experiencia brasileña deja una lección sobre la forma en que se disputa el poder en la actualidad. Las redes no sustituyen a los partidos, los liderazgos ni el contacto directo con la sociedad, pero pueden cambiar la velocidad y el alcance de una campaña. También permiten que una consigna se convierta en una acción coordinada cuando existen organización, objetivos compartidos y una comunidad dispuesta a participar.
En esa lógica, la comparación con la Selección Argentina apunta a algo más profundo que una referencia futbolera. Messi no gana un partido por sí solo, del mismo modo que una candidatura no puede depender únicamente de la presencia de su líder en los medios. La eficacia de un equipo reside en la capacidad de distribuir tareas, reconocer fortalezas y mantener una estrategia común bajo presión.
El “Ejército de Lula” mostró hasta qué punto una aplicación cotidiana puede convertirse en una infraestructura política de enorme alcance. La cuestión que queda abierta es cómo utilizar ese poder sin deteriorar la conversación pública, alimentar la polarización o confundir la movilización con la manipulación.
En una época en la que las elecciones también se juegan en los teléfonos, la capacidad de organizar comunidades digitales se convirtió en un recurso central. La experiencia de Janones demuestra que una campaña puede recuperar terreno cuando logra activar a sus seguidores. Como en el fútbol, el liderazgo importa, pero la diferencia también puede estar en el equipo que corre alrededor de él.