El temporal volvió a poner a prueba el sistema de abastecimiento de Junín de los Andes. EPAS trabaja para recuperar la provisión en 900 Viviendas, Nehuen Che y Refugio del Sol, mientras avanza una obra que busca reducir el impacto de la turbidez del río Curruhué.
Después de una tormenta, el problema no siempre termina cuando deja de llover. En Junín de los Andes, el temporal modificó los caudales y aumentó la turbidez del río Curruhué, una combinación que terminó afectando el sistema de abastecimiento de agua potable en tres barrios de la localidad: 900 Viviendas, Nehuen Che y Refugio del Sol.
El Ente Provincial de Agua y Saneamiento trabaja por estas horas para recuperar el funcionamiento de una perforación que quedó saturada de sedimentos y con agua en sus instalaciones. Una cuadrilla especializada realiza tareas de limpieza y, al mismo tiempo, reemplaza el equipamiento eléctrico que dejó de funcionar como consecuencia del temporal.
La escena tiene algo de cotidiano y, a la vez, de advertencia. Cuando el agua deja de salir de una canilla, la infraestructura que normalmente permanece invisible aparece de golpe en la vida diaria: en las casas, en las escuelas, en los comercios y en cada actividad que depende de un servicio que suele darse por sentado.
Mientras se intenta resolver la emergencia inmediata, también se trabaja sobre un problema que no empezó con esta tormenta. Las variaciones de caudal y los niveles de turbidez del Curruhué vienen planteando dificultades para el sistema de abastecimiento, en un contexto en el que los episodios climáticos intensos pueden volver más exigentes las condiciones de captación y potabilización.
Por eso, la respuesta no se limita a recuperar la perforación afectada. Está en marcha una obra que contempla la instalación de dos módulos potabilizadores a orillas del río Curruhué. La infraestructura tendrá capacidad para abastecer a unas 9.000 personas y supone una inversión superior a los 500 millones de pesos. La previsión es que esté terminada antes de la próxima temporada de verano.
El dato no es menor para una localidad que combina crecimiento urbano, actividad turística y una creciente demanda sobre sus servicios básicos. Garantizar agua potable no consiste solamente en ampliar cañerías o reparar una bomba cuando falla: también implica contar con sistemas capaces de responder cuando el clima altera las condiciones habituales de una fuente de abastecimiento.
En ese sentido, el episodio vuelve a mostrar una tensión que atraviesa a muchas ciudades de la Patagonia. El territorio ofrece abundancia de agua en determinados momentos, pero eso no significa que el acceso al agua potable esté automáticamente garantizado. Entre el río y la canilla existe una cadena de infraestructura, energía, tratamiento y mantenimiento que necesita funcionar incluso cuando las condiciones naturales dejan de ser previsibles.
Mientras se completa la recuperación del servicio, se pidió a los vecinos de los sectores afectados que hagan un uso responsable y solidario del agua. Es una medida lógica para atravesar la contingencia, aunque el desafío de fondo es más amplio: que las soluciones de emergencia puedan convertirse en infraestructura permanente y que cada temporal no vuelva a empezar la misma historia.
Porque el agua puede correr con fuerza por el Curruhué, pero convertirla en agua segura para una comunidad requiere algo bastante menos visible: planificación, inversión y capacidad para anticiparse al próximo temporal.