El equipo Zorros Patagónicos ganó la tercera edición del HackaNeuquén con una propuesta para transformar residuos de vidrio en materiales de construcción sin trasladarlos fuera de Loncopué. La iniciativa combina economía circular, innovación y empleo local para resolver un problema que muchas localidades todavía no saben cómo abordar.
Hay problemas que parecen demasiado pequeños para entrar en una gran agenda tecnológica. Una botella descartada, un contenedor que se llena, un camión que debería recorrer cientos de kilómetros para llevar residuos hacia un centro de tratamiento. Sin embargo, cuando esas situaciones se repiten durante años, dejan de ser pequeñas.
En Loncopué, el vidrio recuperado se convirtió precisamente en uno de esos problemas. La localidad cuenta con políticas de separación y recuperación de residuos, pero las distancias hacia los centros de reciclaje y el bajo valor comercial del material hacen que trasladarlo muchas veces resulte más caro que lo que puede obtenerse por su venta.
Una solución surgió desde un lugar inesperado: un grupo interdisciplinario de jóvenes que participó del HackaNeuquén.
El equipo Zorros Patagónicos obtuvo el primer puesto de la tercera edición del certamen con “Eco-Terrazo Loncopué”, una propuesta que busca convertir el vidrio recuperado en materia prima para fabricar materiales de construcción. El proyecto consiguió 92,18 puntos en la final realizada el sábado 22 de agosto en la Facultad de Economía y Administración de la Universidad Nacional del Comahue.
La idea nació a partir de una pregunta concreta: cómo transformar los residuos de vidrio en recursos locales sin tener que sacarlos de la localidad.
Y allí está buena parte del valor de la propuesta.
En lugar de pensar el residuo como algo que necesariamente debe desaparecer del territorio, Zorros Patagónicos plantea darle una segunda vida allí mismo. El sistema propuesto utiliza trituración en frío para procesar el vidrio y luego incorporarlo a matrices cementicias destinadas a fabricar baldosas, revestimientos y otras piezas para la construcción.
La diferencia parece técnica, pero tiene consecuencias bastante concretas.
El reciclaje industrial tradicional del vidrio requiere hornos capaces de alcanzar temperaturas muy elevadas y una infraestructura que no siempre resulta viable para un municipio pequeño. La alternativa planteada busca reducir esa complejidad y el consumo energético, utilizando un proceso que podría adaptarse a una escala local.
Eso permitiría atacar varios problemas al mismo tiempo.
Por un lado, reducir la cantidad de vidrio que permanece acumulado en depósitos municipales o termina nuevamente en la disposición final. Por otro, evitar los costos de transportar el material hacia otros centros. Y, finalmente, convertir un residuo de poco valor comercial en un insumo que pueda incorporarse a una actividad productiva.
Es la lógica de la economía circular llevada a una escala mucho más cercana: no pensar únicamente en reciclar, sino en conseguir que aquello que una comunidad descarta pueda volver a entrar en su propia economía.
La propuesta también tiene una dimensión laboral.
El proyecto contempla la posibilidad de articular el proceso con cooperativas locales y con el Centro de Formación Profesional Nº 8, de manera que el conocimiento y la producción puedan desarrollarse dentro de la comunidad.
Ese aspecto resulta especialmente interesante para localidades alejadas de los grandes centros urbanos. La innovación no siempre necesita comenzar con un laboratorio sofisticado o una empresa tecnológica. A veces empieza con una pregunta sencilla sobre algo que todos los días termina en una bolsa de residuos.
El propio equipo refleja esa mirada.
Zorros Patagónicos está integrado por Guillermo Chávez, de Ingeniería Química; Joaquín Chávez, de Enfermería; Camila Tolosa, de Arquitectura; Alexis Luciano Vargas Tupa, de Ingeniería en Petróleo; y Martina Dinamarca, de Ciencias Médicas. Son perfiles muy diferentes que terminaron trabajando sobre un mismo problema territorial.
La diversidad de disciplinas no es un detalle anecdótico. Para resolver problemas ambientales reales suele ser necesario combinar conocimientos que, dentro de la universidad, muchas veces aparecen separados.
Un ingeniero puede pensar el proceso. Un arquitecto, su aplicación. Alguien formado en salud puede incorporar otra mirada sobre el impacto comunitario. Y la experiencia de cada disciplina puede modificar la idea original hasta convertirla en algo más viable.
El HackaNeuquén reunió este año a 107 jóvenes y 17 equipos llegaron a la instancia final. La participación creció cerca de un 65% respecto de la edición anterior, según los datos difundidos por la organización.
Pero quizás el dato más interesante no sea el número de participantes.
Es el tipo de problemas que se les propusieron.
En lugar de imaginar la innovación como una carrera abstracta por inventar el próximo gran dispositivo tecnológico, el certamen puso sobre la mesa desafíos concretos de la provincia: residuos, ambiente, producción, territorio y necesidades de comunidades específicas.
Esa forma de pensar la tecnología tiene una ventaja: obliga a medir el éxito no solamente por la novedad de una idea, sino por su capacidad de funcionar fuera del papel.
Y allí comienza ahora la parte más difícil para Zorros Patagónicos.
Ganar un hackatón no significa que una solución ya esté lista para instalarse en una planta y comenzar a producir. El proyecto todavía necesita validaciones, pruebas, articulaciones institucionales y una evaluación de su viabilidad técnica y económica. Después de la competencia comienza una etapa de acompañamiento para que las propuestas puedan seguir desarrollándose.
Ese paso es fundamental.
Porque una buena idea puede quedarse en una presentación de pocos minutos o convertirse en una herramienta útil para una comunidad. La diferencia está en todo lo que ocurre después.
En Loncopué, el desafío ya está planteado. El vidrio que hoy representa un costo y un problema de gestión podría transformarse en un material para construir. Una botella que parecía haber llegado al final de su recorrido podría, literalmente, terminar formando parte de otra cosa.
Hay algo profundamente territorial en esa idea.
No traer una solución desde afuera, sino intentar construirla desde el propio lugar. No mirar el residuo como aquello que sobra, sino como una materia prima que todavía conserva valor.
Quizás esa sea la verdadera innovación detrás de “Eco-Terrazo Loncopué”.
No solamente encontrar qué hacer con el vidrio.
Aprender a mirar de otra manera aquello que, hasta ayer, parecía no servir para nada.