El “bolsonarazo” cambia el tablero político de Brasil

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Flávio Bolsonaro quedó primero en la primera vuelta presidencial y obligó a Lula a disputar un balotaje mucho más ajustado de lo esperado. El resultado también abrió una discusión dentro del Partido de los Trabajadores sobre la campaña y el futuro del liderazgo político del espacio.

Brasil cerró la primera vuelta de sus elecciones presidenciales con un resultado que reordenó el escenario político del país. Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, obtuvo el 47,03% de los votos válidos y quedó por delante de Luiz Inácio Lula da Silva, que alcanzó el 45,16%. La diferencia fue de menos de dos puntos y dejó la definición para el 25 de octubre.

El dato central no es solamente quién terminó primero. Es también la magnitud del respaldo conseguido por el apellido Bolsonaro. Flávio llegó a esta elección con una trayectoria política propia más corta que la de su padre y sin haber ocupado antes la Presidencia. Sin embargo, consiguió transformar la identidad construida durante años por el bolsonarismo en una candidatura competitiva a nivel nacional.

El resultado confirmó, además, que la polarización entre el bolsonarismo y el Partido de los Trabajadores continúa ocupando el centro de la política brasileña. Entre Flávio y Lula concentraron más del 92% de los votos válidos, mientras que el resto de los candidatos quedó muy lejos de los dos primeros.

Para el PT, el resultado abrió una etapa de revisión. El oficialismo esperaba una elección diferente y ahora deberá reconstruir una estrategia para una segunda vuelta en la que ya no alcanza con consolidar su base tradicional. La campaña tendrá que buscar también a quienes eligieron a los candidatos que quedaron afuera y, especialmente, movilizar a quienes directamente no fueron a votar.

La abstención fue uno de los datos más importantes de la jornada. Más de 33 millones de brasileños no concurrieron a las urnas, lo que representó el 21,08% del padrón. También hubo más de 2,3 millones de votos en blanco y cerca de 3,7 millones de votos nulos.

Ese universo adquiere una importancia particular de cara al balotaje. No se trata de un bloque homogéneo ni puede asumirse automáticamente que quienes no votaron en la primera vuelta se inclinarán por alguno de los dos candidatos. Pero su magnitud muestra que todavía existe un electorado que puede modificar el equilibrio de la segunda vuelta.

El mapa territorial también dejó señales relevantes. Flávio consiguió imponerse en estados y ciudades de enorme peso electoral, mientras Lula conservó una fortaleza significativa en el Nordeste. En São Paulo, el principal distrito electoral del país, el candidato del Partido Liberal obtuvo una ventaja importante. En Río de Janeiro, su principal territorio político, también logró imponerse con claridad.

La elección, por lo tanto, no puede leerse únicamente como una competencia entre dos nombres. También expresa una división territorial, social y política que atraviesa a Brasil y que se mantiene desde las elecciones anteriores. El país llega al balotaje con dos grandes identidades electorales enfrentadas y con una parte considerable del electorado todavía fuera de esa disputa.

El desafío para Lula será ampliar su coalición. En 2022, el actual presidente consiguió construir acuerdos con sectores políticos que le permitieron ampliar su respaldo más allá del núcleo histórico del PT. Ahora deberá volver a encontrar apoyos entre dirigentes y votantes que no forman parte de su espacio, aunque el escenario sea diferente y el margen de tiempo mucho más reducido.

Flávio Bolsonaro, en cambio, llega a la segunda vuelta con la posibilidad de capitalizar el resultado obtenido por el conjunto de la derecha. Algunos de los candidatos que quedaron fuera de la carrera presidencial tienen ahora capacidad para definir hacia dónde se mueve una parte de sus votantes. La disputa por esos apoyos será uno de los ejes de las próximas tres semanas.

La elección también produjo una modificación importante en el Congreso. El Partido Liberal consiguió 19 de las 54 bancas del Senado que estaban en juego y, sumadas las nueve que ya conservaba y no se renovaban en esta elección, pasará a contar con 28 de los 81 escaños a partir de 2027.

Ese dato puede ser tan importante como la propia elección presidencial. Brasil no solamente está decidiendo quién ocupará el Palacio del Planalto durante los próximos años: también está definiendo la composición del Congreso y, con ella, las condiciones políticas en las que deberá gobernar el próximo presidente.

Dentro del PT, el resultado también puede acelerar una discusión que excede al balotaje. Una eventual derrota de Lula, o incluso una victoria seguida de un nuevo ciclo de liderazgo, tendría consecuencias sobre las figuras que comienzan a ocupar espacios dentro del partido. Gobernadores, ministros y dirigentes históricos deberán observar qué ocurre con la estructura política construida alrededor del presidente.

Del otro lado, el bolsonarismo atraviesa una transformación generacional. Jair Bolsonaro continúa siendo una figura central de esa identidad política, pero la candidatura de su hijo muestra que el movimiento puede intentar proyectarse más allá de su fundador. Flávio consiguió convertir el apellido en una plataforma electoral propia y ahora enfrenta el desafío de demostrar que ese respaldo puede sostenerse en una elección nacional definitiva.

Las próximas semanas serán, por eso, mucho más que una campaña tradicional. Lula y Flávio deberán disputar votos, pero también narrativas: qué Brasil quieren representar, qué electorado pueden incorporar y qué alianzas están dispuestos a construir.

El 25 de octubre, Brasil volverá a las urnas con una diferencia inicial estrecha y con dos proyectos políticos que concentran casi todo el escenario electoral. El llamado “bolsonarazo” no resolvió quién gobernará el país, pero sí dejó algo claro: el apellido Bolsonaro volvió a colocarse en el centro de la política brasileña y el desenlace de esta elección todavía está abierto.