El Chaltén mira al cerro: la advertencia científica detrás de una posible ola gigante

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Investigadores del Conicet alertaron sobre un deslizamiento activo en el Cerro Solo, sobre el Lago Torre, que podría generar una gran ola y provocar una inundación aguas abajo. El riesgo no tiene una fecha prevista, pero los especialistas reclaman monitoreo en tiempo real y un sistema de alerta temprana para proteger a la población y a los turistas.

La tragedia ocurrida en la frontera entre Nepal y China dejó una imagen difícil de olvidar: una masa de hielo, roca, agua y sedimentos avanzando por un valle con una fuerza capaz de borrar caminos, puentes y construcciones. En la Patagonia argentina, el episodio volvió a iluminar un riesgo que los científicos estudian desde hace años.

Está en Santa Cruz.

Y tiene nombre propio: Cerro Solo.

A unos nueve kilómetros de El Chaltén se encuentra el Lago Torre, alimentado por el sistema glaciar de la zona. Allí, el retroceso del Glaciar Torre dejó progresivamente expuesta una ladera del Cerro Solo que actualmente presenta un deslizamiento activo. Los investigadores advierten que, si una parte importante de esa ladera se desprendiera de manera repentina y cayera sobre el lago, podría generar una enorme ola.

No se trata de anunciar que una catástrofe vaya a ocurrir.

Tampoco existe una fecha que permita decir cuándo podría producirse un desprendimiento.

La advertencia científica es otra: existe un fenómeno geológico conocido, puede ser monitoreado y tiene consecuencias potenciales que justifican prepararse antes de que ocurra.

El mecanismo es relativamente sencillo de imaginar.

Una gran cantidad de roca y sedimentos podría ingresar súbitamente al Lago Torre. El desplazamiento brusco del agua generaría una ola que podría superar la morena, una barrera natural formada por materiales acumulados durante la historia del glaciar. Si eso sucediera, el agua descendería por el río Fitz Roy y podría alcanzar sectores de El Chaltén.

La escala del fenómeno potencial es lo que preocupa.

Las estimaciones citadas por los investigadores ubican entre 8 y 13 millones de metros cúbicos el volumen de material asociado al deslizamiento del Cerro Solo. Es una cantidad enorme, aunque considerablemente menor que la involucrada en la reciente tragedia del Himalaya.

El mecanismo, sin embargo, guarda una semejanza importante: una masa de roca y hielo que pierde estabilidad y puede transferir una enorme cantidad de energía al agua.

La montaña, en este caso, tampoco está quieta.

Las imágenes satelitales permiten observar cómo cambió la ladera durante las últimas décadas. El retroceso del Glaciar Torre dejó de brindar parte del soporte que ejercía sobre las laderas del valle y favoreció procesos de fractura y movimiento del terreno. Según las investigaciones citadas, el deslizamiento comenzó a acelerarse a partir de comienzos de la década de 2000.

El cambio climático aparece entonces como parte del contexto, aunque no como una explicación automática de cada desprendimiento.

Los glaciares están retrocediendo y adelgazando en distintas regiones del planeta. En el caso del Glaciar Torre, las estimaciones citadas señalan una pérdida de entre 900 y 1.000 metros de frente durante el último medio siglo, además de un importante adelgazamiento. Ese retroceso modifica las condiciones de estabilidad de las laderas que antes estaban sostenidas por el hielo.

La pregunta más importante, sin embargo, no es solamente qué está pasando con la montaña.

Es qué está haciendo el Estado mientras la ciencia lo estudia.

Los investigadores reclaman la instalación de un sistema de alerta temprana que permita detectar cambios en el comportamiento del lago y del río. La propuesta incluye sensores de nivel, cámaras, estaciones meteorológicas y monitoreo permanente.

La lógica es simple: si el nivel del Lago Torre descendiera bruscamente al mismo tiempo que el río Fitz Roy aumentara de manera repentina, podría existir una señal de que comenzó un vaciamiento peligroso. Un sistema de ese tipo permitiría activar alertas y facilitar una evacuación hacia sectores seguros.

Hoy, según los especialistas citados, buena parte del monitoreo depende de imágenes satelitales que no ofrecen información en tiempo real.

Ese detalle puede ser decisivo.

Cuando se trata de un fenómeno que puede desarrollarse rápidamente, saber qué ocurrió ayer puede ser menos útil que saber qué está ocurriendo ahora.

El riesgo también obliga a pensar en quienes visitan la zona.

El Chaltén es uno de los grandes destinos turísticos de la Patagonia y recibe visitantes atraídos precisamente por esos paisajes de montaña. La belleza del territorio es, al mismo tiempo, parte de su vulnerabilidad.

Por eso la prevención no puede quedar limitada a quienes viven permanentemente allí.

Tiene que incluir a quienes llegan por unos días, recorren senderos y muchas veces desconocen completamente la dinámica geológica del lugar.

Algunas medidas ya fueron adoptadas. Parques Nacionales modificó el trazado de un sendero hacia el Lago Torre y trasladó el camping De Agostini a un área de menor riesgo, de acuerdo con los mapas de inundación elaborados por los investigadores.

Pero la prevención necesita continuidad.

Y también coordinación.

El territorio involucra distintas jurisdicciones: Parques Nacionales, la provincia de Santa Cruz y el municipio de El Chaltén. Una eventual emergencia no entiende de límites administrativos. Una ola que bajara por el río tampoco se detendría ante una frontera institucional.

La ciencia puede identificar el peligro.

Pero transformar ese conocimiento en prevención requiere decisiones políticas, recursos y coordinación entre organismos.

Ese es quizás el aprendizaje más importante que deja la tragedia de Nepal.

Las catástrofes naturales no siempre pueden evitarse.

Las consecuencias, en cambio, muchas veces sí pueden reducirse.

Un sistema de alerta no impediría que una montaña se desprendiera. Tampoco modificaría la dinámica de un glaciar. Pero podría ofrecer algo fundamental: tiempo.

Tiempo para advertir.

Tiempo para evacuar.

Tiempo para salvar vidas.

El Chaltén no necesita vivir mirando al cerro con miedo. Necesita conocerlo. Entender cómo cambia, medirlo y prepararse para escenarios que, aunque improbables o imposibles de fechar, no pueden ser ignorados cuando la evidencia científica señala un riesgo concreto.

La advertencia no dice que una ola gigante vaya a llegar mañana a El Chaltén. Dice algo más importante: que existe un fenómeno que puede estudiarse y monitorearse antes de que sea demasiado tarde. En la Patagonia, como en el Himalaya, la mejor respuesta frente a una montaña inestable no es esperar a que se mueva, sino estar preparados para cuando lo haga.