El Mont Blanc pierde altura y los glaciares suizos atraviesan uno de sus peores años

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El calentamiento global acelera la transformación de los Alpes: Suiza perdió el 5,5 % del volumen de sus glaciares durante 2026 y acumula una reducción cercana al 20 % en cinco años. Mientras tanto, las mediciones del Mont Blanc reflejan las fluctuaciones de la nieve y el hielo en una de las cumbres más emblemáticas de Europa.

Los Alpes están cambiando a una velocidad que preocupa a la comunidad científica. El retroceso de los glaciares, la reducción de las reservas de nieve y las olas de calor están modificando paisajes que durante siglos parecieron permanentes. En Suiza, los últimos registros confirmaron la magnitud del proceso: los glaciares perdieron un 5,5 % de su volumen durante 2026, uno de los descensos anuales más importantes desde que existen mediciones sistemáticas.

El dato fue difundido el 1 de octubre por la red suiza de monitoreo de glaciares GLAMOS y la Academia Suiza de Ciencias. Según sus evaluaciones, el país perdió cerca de una quinta parte de su volumen de hielo en apenas cinco años. La combinación de un invierno con escasas nevadas y un verano marcado por intensas olas de calor dejó a las masas glaciares expuestas durante períodos cada vez más prolongados.

La situación también volvió a poner la atención sobre el Mont Blanc, la montaña más alta de los Alpes y de Europa occidental. La última campaña de medición, realizada en septiembre, estableció una altura de 4.807,47 metros sobre el nivel del mar. El registro representa una reducción de 1,29 metros respecto de 2025, aunque se encuentra 1,88 metros por encima de la medición de 2023.

A primera vista, las cifras pueden parecer contradictorias. Sin embargo, la explicación está en la naturaleza de la cima: lo que varía de un año a otro es principalmente el espesor de la capa de nieve y hielo que cubre la montaña, no necesariamente la estructura rocosa que se encuentra debajo.

Las precipitaciones, el viento y las temperaturas influyen sobre esa cubierta superficial. Por eso, un año con más acumulación de nieve puede elevar la altura registrada, mientras que otro con condiciones más cálidas o menos precipitaciones puede reducirla. Los especialistas advierten que estos cambios anuales deben analizarse por separado de la pérdida sostenida de masa glaciar provocada por el calentamiento global.

Las mediciones del Mont Blanc se realizan periódicamente desde 2001. En la expedición más reciente, los especialistas utilizaron sistemas de posicionamiento satelital, drones y georradar para elaborar un modelo tridimensional de la cumbre y examinar el hielo y la roca bajo la superficie. La tecnología permite obtener datos más precisos y comprender mejor qué parte de las variaciones responde a cambios meteorológicos y cuál podría reflejar transformaciones de mayor duración.

El registro actual permanece por debajo del máximo de 4.810,90 metros medido en 2007. Sin embargo, los científicos insisten en que la altura de la cima no es, por sí sola, un indicador suficiente para evaluar la salud de los glaciares alpinos. Para entender la evolución del hielo, es necesario analizar su volumen, su espesor y la velocidad con que retrocede.

En Suiza, esos indicadores ofrecen un panorama preocupante. Según GLAMOS, el espesor medio de distintos glaciares disminuyó entre 2,5 y cuatro metros durante el último período de medición. En algunas lenguas glaciares, las partes alargadas que descienden por los valles, la reducción llegó a diez metros en determinados sectores durante el verano.

Las condiciones meteorológicas explican buena parte de estas pérdidas. El invierno de 2025-2026 estuvo marcado por precipitaciones escasas y una acumulación de nieve muy inferior a los valores habituales. Después, las olas de calor entre mayo y septiembre aceleraron el derretimiento. En algunos lugares, la cubierta protectora de nieve desapareció antes de lo normal y dejó el hielo directamente expuesto a la radiación solar y a las temperaturas elevadas.

La nieve cumple una función fundamental en los ecosistemas de montaña. Además de aportar agua cuando se derrite, refleja una parte importante de la radiación solar y protege el hielo que se encuentra debajo. Cuando desaparece temprano, el glaciar absorbe más energía y queda más expuesto a la fusión, lo que puede intensificar las pérdidas durante los meses cálidos.

El retroceso de los glaciares no es solamente una transformación del paisaje. Estas masas de hielo funcionan como reservas naturales de agua dulce y contribuyen a regular el caudal de numerosos ríos. Su pérdida puede alterar la disponibilidad de agua para el consumo humano, la agricultura y la producción hidroeléctrica, además de modificar las condiciones en las que viven plantas y animales de montaña.

La reducción del hielo también cambia los riesgos en las regiones alpinas. A medida que los glaciares retroceden, quedan expuestas superficies de roca y sedimentos que pueden volverse inestables. En determinadas condiciones, el deshielo y la modificación del terreno pueden aumentar la probabilidad de desprendimientos, deslizamientos e inundaciones asociadas a lagos glaciares.

La desaparición de pequeños glaciares es otra señal de la velocidad del cambio. Algunos ya se han perdido por completo, mientras que otros continúan reduciendo su tamaño. Una vez que desaparece una masa de hielo acumulada durante siglos o milenios, su recuperación no puede producirse de manera inmediata, incluso si las condiciones climáticas mejoran.

La experiencia de los Alpes forma parte de una tendencia más amplia que afecta a las regiones montañosas del planeta. El aumento de las temperaturas está reduciendo las masas glaciares en distintas cordilleras y modificando el ciclo del agua. Aunque las consecuencias varían según la geografía y las condiciones locales, la pérdida de hielo representa un desafío para los ecosistemas y para las comunidades que dependen de esas reservas.

Las cifras de Suiza muestran que el fenómeno ya no puede entenderse como una preocupación distante. La pérdida de casi una quinta parte del volumen glaciar en cinco años evidencia la rapidez con que se transforma un sistema natural que cumple funciones esenciales. Las mediciones del Mont Blanc, por su parte, recuerdan que los cambios visibles en una montaña requieren una interpretación cuidadosa: una fluctuación en su altura no equivale automáticamente a una ganancia o pérdida de masa de hielo.

El futuro de los Alpes dependerá en gran medida de la evolución de las temperaturas y de la reducción de las emisiones que impulsan el calentamiento global. El monitoreo científico permite comprender mejor el proceso y anticipar parte de sus consecuencias, pero no reemplaza las medidas necesarias para limitarlo.

Las montañas siguen allí, pero su apariencia no debe confundirse con una estabilidad permanente. Bajo sus cumbres, el hielo que alimenta ríos y sostiene ecosistemas continúa disminuyendo. El retroceso glaciar convierte así una transformación climática global en una realidad concreta, medible y cada vez más difícil de ignorar.