El exgobernador Jorge Sapag planteó que el Movimiento Popular Neuquino debe “resurgir con nuevas dirigencias”. En un escenario político que cambió de eje, el histórico partido enfrenta su momento más incómodo: reinventarse o quedar en el recuerdo.
Hay estructuras que parecen eternas.
Durante más de medio siglo, el Movimiento Popular Neuquino fue eso en la provincia: una forma de gobierno, una identidad política, casi un paisaje. Gobernó, administró recursos, moldeó el desarrollo. Pero la política, incluso en los territorios más estables, también tiene ciclos.
Y el del MPN se quebró.
La derrota que lo sacó del poder en 2023 no fue solo un resultado electoral. Fue una ruptura simbólica. Por primera vez en décadas, el partido que había organizado la vida política neuquina quedó del otro lado del mostrador.
Desde ahí habla ahora Jorge Sapag.
El exgobernador, una de las figuras centrales de esa historia, dejó una definición que suena más a diagnóstico que a consigna: el MPN tiene que resurgir con nuevas dirigencias.
La palabra “resurgir” no es casual.
Implica reconocer un momento de caída.
Pero también sugiere algo más: que lo que viene no puede ser una simple continuidad.
Sapag plantea que el partido necesita renovarse, modernizar su estructura y abrir paso a dirigentes más jóvenes que asuman la conducción en una nueva etapa. No como gesto cosmético, sino como condición para volver a conectar con una sociedad que ya no responde a las mismas lógicas de hace veinte o treinta años.
El MPN nació en los años 60, en una provincia que apenas comenzaba a organizarse como tal. Durante décadas, esa estructura logró adaptarse, crecer y sostener poder. Pero el escenario actual es distinto.
Neuquén cambió.
La economía se transformó con Vaca Muerta, la población creció, la política se fragmentó y aparecieron nuevas formas de liderazgo. La figura de Rolando Figueroa, surgida desde dentro del propio partido pero consolidada por fuera de su estructura tradicional, es quizás el mejor ejemplo de ese cambio.
Ahí está la tensión.
El MPN no perdió solo una elección.
Perdió centralidad.
Y recuperarla no depende únicamente de reorganizar internas o redefinir alianzas. Depende de algo más profundo: volver a construir sentido.
Sapag, en ese punto, parece asumir un rol distinto.
No se posiciona como candidato ni como figura de retorno, sino como una especie de puente entre el pasado y lo que podría venir. Reconoce el legado del partido —desde su fundación hasta el desarrollo energético de la provincia— pero también señala que ese capital no alcanza por sí solo para sostener el futuro.
Hay, en esa postura, una mezcla de realismo y advertencia.
Porque la historia política argentina está llena de partidos que no supieron leer su propio momento de inflexión.
El desafío del MPN es no convertirse en uno de ellos.
Las internas previstas para este año aparecen como un punto de partida. No solo para elegir autoridades, sino para redefinir el rumbo. Sapag habla de construir nuevas alianzas, de modernizar el partido, de abrir espacios.
Pero todo eso, en el fondo, se resume en una pregunta más incómoda.
Puede un partido que gobernó durante seis décadas reinventarse sin perder su identidad.
O, dicho de otra manera, qué queda de ese ADN cuando cambian las condiciones que lo hicieron dominante.
En el contexto actual, con un gobierno nacional que redefine el vínculo con las provincias y con un mapa político en movimiento, esa discusión no es menor. Neuquén sigue siendo un actor clave por su peso energético, pero la representación política de ese poder ya no es automática.
El MPN, que durante años fue sinónimo de provincia, ahora tiene que volver a explicar quién es.
Y para quién habla.
La idea de “resurgir” implica algo más que reorganizarse.
Implica aceptar que el tiempo pasó.
Que la política cambió.
Y que, si quiere volver a ser relevante, no alcanza con recordar lo que fue.
Hace falta construir lo que viene.
Ahí se juega todo.
No en la nostalgia.
Sino en la capacidad de transformarse sin desaparecer.