El rechazo de las mujeres a Milei alcanza el 70% y profundiza la brecha política de su gobierno

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Un relevamiento del Observatorio de la Facultad de Psicología de la UBA muestra que el 68% de las mujeres quiere un cambio de gobierno, frente al 47% de los varones. La situación económica de los hogares, la pérdida de poder adquisitivo y el estilo confrontativo del Presidente aparecen entre los factores que ayudan a explicar la distancia.

El gobierno de Javier Milei enfrenta una dificultad que podría tener consecuencias en el escenario electoral de 2027: la creciente distancia entre su gestión y una parte importante del electorado femenino. Un relevamiento del Observatorio de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, difundido el 14 de octubre de 2026, muestra que el 68% de las mujeres consultadas quiere un cambio de gobierno, mientras que entre los varones ese porcentaje desciende al 47%.

La diferencia de 21 puntos porcentuales expone una brecha política que va más allá de la evaluación general de la administración libertaria. Entre los hombres, el 53% prefiere que el Gobierno continúe, mientras que entre las mujeres predomina la demanda de un cambio. El resultado representa un desafío para una fuerza política que deberá ampliar sus apoyos si pretende sostener su proyecto más allá del mandato actual.

La distancia también aparece en la percepción de la economía. Según el mismo relevamiento, el 61% de las mujeres considera negativa la situación económica, frente al 47% de los varones. En sentido contrario, apenas el 21% de las mujeres tiene una valoración positiva, mientras que entre los hombres esa proporción llega al 35%.

Los números reflejan experiencias diferentes frente a una misma coyuntura. La inflación, los salarios, los gastos de alimentación, los servicios y el costo de sostener un hogar forman parte de una realidad cotidiana que influye en la evaluación de cualquier gobierno. Cuando los ingresos pierden capacidad de compra, las dificultades dejan de ser una discusión abstracta sobre indicadores macroeconómicos y se convierten en decisiones concretas sobre qué gastos postergar y cómo llegar a fin de mes.

El consultor Facundo Nejamkis, de Opina Argentina, señaló que la brecha entre hombres y mujeres no es un fenómeno nuevo y vinculó parte de esa diferencia con el peso que adquiere la administración de la economía doméstica. También apuntó a las posiciones de sectores de la derecha frente a las políticas de igualdad de género y a un discurso presidencial marcado, con frecuencia, por expresiones agresivas y descalificaciones.

La dimensión económica convive así con una disputa cultural y política. Desde el comienzo de su carrera presidencial, Milei construyó buena parte de su identidad pública mediante la confrontación con adversarios políticos, periodistas, artistas y referentes sociales. Ese estilo le permitió consolidar una identidad reconocible entre sus seguidores, pero también genera rechazo entre sectores que cuestionan el tono de sus intervenciones.

En los últimos meses, las críticas del Presidente a mujeres del ámbito periodístico y artístico volvieron a colocar el tema en el centro de la discusión pública. Los enfrentamientos con las cantantes Lali Espósito y María Becerra, junto con sus ataques a periodistas como María Laura Santillán, María O’Donnell, Silvia Naishtat y Silvia Mercado, forman parte de una secuencia de episodios que alimenta el debate sobre los límites de la confrontación desde el poder.

El ataque más reciente contra la periodista Maru Duffard habría generado preocupación dentro del propio oficialismo. Según la información difundida sobre las discusiones internas, algunos sectores del Gobierno plantearon la necesidad de frenar las agresiones públicas, al menos hacia las periodistas mujeres. La inquietud refleja que el estilo comunicacional presidencial no solo tiene consecuencias en la relación con los medios, sino que también puede convertirse en un problema político para la administración.

Sin embargo, reducir la distancia entre Milei y las mujeres a sus enfrentamientos públicos sería insuficiente. La situación económica, las expectativas sobre el futuro y las diferencias en torno a los derechos sociales también intervienen en la formación de las opiniones. La brecha de género combina, por lo tanto, factores materiales y culturales que no necesariamente responden a una única causa.

Para el oficialismo, el desafío consiste en comprender por qué una parte tan amplia de las mujeres expresa una valoración desfavorable de la situación y qué demandas están detrás de ese rechazo. Una estrategia centrada exclusivamente en mejorar la comunicación difícilmente alcance si las preocupaciones económicas continúan sin respuestas satisfactorias para los hogares.

Los datos también plantean un interrogante para la oposición. Que una mayoría de mujeres quiera un cambio no significa que exista automáticamente una fuerza política capaz de representar esa demanda. El descontento puede reunir posiciones diferentes, desde quienes reclaman una mejora de los ingresos y los servicios públicos hasta quienes cuestionan el discurso presidencial o defienden políticas de igualdad. Convertir ese malestar en una alternativa electoral requerirá propuestas concretas y capacidad de construir confianza.

Además, las cifras deben leerse dentro de sus límites. El porcentaje de personas que desea un cambio de gobierno no equivale necesariamente a una intención de voto por un candidato determinado. Tampoco permite anticipar por sí solo el resultado de una elección que todavía se encuentra a meses de distancia. La evolución de la economía, las decisiones del Ejecutivo, la oferta electoral y las alianzas políticas pueden modificar el escenario.

Lo que sí muestran los resultados es una diferencia marcada entre hombres y mujeres en la evaluación de la coyuntura y en las expectativas sobre la continuidad del Gobierno. Esa distancia constituye una señal relevante para una administración que necesita sostener su respaldo social mientras intenta llevar adelante su programa económico.

De cara a 2027, el voto femenino aparece como una dimensión central de la disputa política. No se trata de un bloque uniforme ni de un electorado con motivaciones idénticas, sino de millones de personas cuyas decisiones estarán atravesadas por su experiencia cotidiana, sus valores y sus expectativas.

El Gobierno todavía tiene margen para responder a ese escenario, pero los datos advierten que el apoyo social no puede darse por sentado. La economía de los hogares, la relación con los derechos y el tono de la discusión pública forman parte de una misma conversación sobre el rumbo del país. Y esa conversación, cada vez más distante entre hombres y mujeres, será uno de los desafíos que la política argentina deberá interpretar antes de la próxima elección presidencial.