En el sur de Neuquén, los Viñedos de la Estancia Chimehuín llevan más de dos décadas adaptándose al clima cordillerano. Con una hectárea de cultivo, seis variedades seleccionadas y certificación orgánica, el emprendimiento apuesta por vinos con identidad territorial y busca mejorar su calidad sin ampliar la superficie productiva.
A orillas del río Chimehuín, entre Junín de los Andes y San Martín de los Andes, una experiencia vitivinícola demuestra que la producción de vino en la Patagonia puede encontrar su propio camino incluso en condiciones climáticas exigentes. Allí, una hectárea de viñedos lleva más de veinte años de experimentación, aprendizaje y adaptación para elaborar vinos que expresen las características de la cordillera neuquina.
Los Viñedos de la Estancia Chimehuín comenzaron en 2004 como un proyecto experimental. La idea inicial era identificar qué variedades de uva podían desarrollarse en un entorno donde las heladas representan una amenaza durante buena parte del ciclo productivo. Con el paso de los años, los ensayos permitieron seleccionar las cepas que mejor respondían tanto en producción como en calidad.
Clara Rubio, ingeniera agrónoma y administradora de la estancia desde 2012, acompaña ese proceso desde hace más de una década. Su trabajo consiste en seguir de cerca el desarrollo de las plantas, evaluar las condiciones del terreno y ajustar las prácticas de cultivo a las particularidades del lugar.
El valle del Chimehuín presenta un microclima que favorece el crecimiento de las vides. Según Rubio, las temperaturas suelen ser algo más elevadas que en Junín y San Martín de los Andes, una característica que contribuye al desarrollo de las plantas. Sin embargo, esa ventaja convive con un desafío permanente: las bajas temperaturas pueden aparecer en cualquier momento de la temporada.
El proyecto comenzó con alrededor de once variedades. Algunas no lograron adaptarse de manera satisfactoria y fueron reemplazadas después de sucesivas pruebas. Actualmente, el viñedo conserva seis cepas: Pinot Noir, Merlot y Malbec entre las tintas, y Chardonnay, Sauvignon Blanc y Gewürztraminer entre las blancas.
La selección no fue inmediata. Requirió observar las plantas durante varias temporadas, evaluar sus rendimientos y analizar la calidad de las uvas obtenidas. El trabajo también contó con la colaboración del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, cuyo conocimiento técnico contribuyó al desarrollo de la experiencia.
A partir de las variedades tintas, la estancia elabora un vino reserva que combina Pinot Noir, Merlot y Malbec. El proyecto se prepara, además, para incorporar una nueva propuesta: su primera producción de vino blanco orgánico, elaborada con las tres variedades blancas que permanecieron después de los años de experimentación.
Producir en este sector de la cordillera exige una atención constante. La temporada vegetativa se extiende aproximadamente de octubre a abril, pero no existe un período completamente libre de heladas. Por eso, el seguimiento de las condiciones meteorológicas y del estado de las plantas resulta fundamental para reducir los riesgos y obtener uvas de calidad.
Las heladas pueden afectar distintas etapas del desarrollo de la vid y comprometer el resultado de una cosecha. Frente a esa dificultad, el establecimiento optó por conocer las condiciones naturales del valle y seleccionar las variedades más adecuadas, en lugar de intentar reproducir modelos de producción de otras regiones vitivinícolas.
Ese aprendizaje define buena parte de la identidad del emprendimiento. La experiencia acumulada permitió comprender que el potencial del viñedo depende de una combinación de factores: el clima, las características del suelo, el manejo de las plantas y la capacidad de adaptar las decisiones productivas a cada temporada.
El cuidado ambiental constituye otro de los pilares del proyecto. La estancia cuenta con certificación orgánica y trabaja con una orientación centrada en el uso responsable de los recursos naturales. El manejo del agua, las prácticas de cultivo y la reducción del impacto sobre el entorno forman parte de una estrategia que busca compatibilizar la producción con la conservación del paisaje cordillerano.
La apuesta por una escala reducida también responde a esa filosofía. En lugar de ampliar la superficie cultivada para aumentar el volumen de producción, el objetivo es mejorar los resultados de la hectárea existente y conseguir que cada variedad exprese sus mejores características.
Esa decisión distingue al viñedo dentro de una actividad que suele asociarse con grandes superficies productivas y regiones vitivinícolas consolidadas. En el Chimehuín, el crecimiento se mide de otra manera: en la adaptación de las cepas, la calidad de las uvas y la capacidad de sostener una producción acorde con las condiciones ambientales.
La experiencia se integra a un proceso más amplio de diversificación productiva en Neuquén, donde la vitivinicultura suma propuestas en distintas zonas de la provincia. En el sur, estos proyectos amplían la identidad gastronómica regional y abren posibilidades para vincular la producción local con la actividad turística.
La vendimia realizada en la estancia durante 2026, incorporada al calendario provincial, también permitió acercar el proceso productivo al público. La participación de trabajadores, familiares y vecinos mostró que una actividad agrícola puede convertirse, además, en un espacio de encuentro y transmisión de conocimientos entre generaciones.
Aunque el establecimiento no desarrolla formalmente una propuesta de turismo enológico, el interés por conocer el viñedo y sus vinos abre nuevas oportunidades para el futuro. La combinación de paisaje, producción y cuidado ambiental ofrece una experiencia diferente dentro de la oferta del sur neuquino.
Después de más de dos décadas, los Viñedos de la Estancia Chimehuín siguen avanzando sobre la base de la experimentación y el aprendizaje. Una hectárea, seis variedades y un entorno que impone sus propias reglas resumen una iniciativa que encontró en la paciencia su principal herramienta.
En un territorio donde el clima obliga a observar cada detalle, el proyecto apuesta a una idea sencilla: producir mejor sin crecer necesariamente en tamaño. Así, junto al río y rodeado de montañas, el vino neuquino construye una identidad propia, ligada al paisaje, al conocimiento acumulado y al compromiso de elaborar con respeto por el ambiente.