La retirada de las últimas tropas estadounidenses pone fin a 12 años de misión contra el Estado Islámico y a más de dos décadas de presencia militar estadounidense. Pero el repliegue deja desafíos pendientes: las milicias vinculadas a Irán, la protección del Kurdistán y la posibilidad de un regreso de la amenaza yihadista.
Estados Unidos completó este miércoles 30 de septiembre la retirada de sus últimas tropas de Irak y cerró formalmente la Operación Resolución Inherente, la misión internacional que durante 12 años estuvo centrada en combatir al Estado Islámico. La salida, acordada entre Washington y Bagdad en 2024, marca el final de una etapa militar que comenzó con la invasión estadounidense de 2003 y que tuvo un largo paréntesis antes del regreso de las tropas en 2014.
Para el Gobierno iraquí, el retiro representa un momento de soberanía. Bagdad prepara incluso varios días de celebraciones para marcar el comienzo de una nueva etapa en la que las fuerzas nacionales deberán asumir de manera plena las tareas de seguridad. Pero detrás del simbolismo aparece una pregunta mucho más concreta: ¿está Irak preparado para enfrentar por sí solo todas las amenazas que todavía permanecen dentro y alrededor de sus fronteras?
La respuesta no es sencilla. La derrota territorial del Estado Islámico no significó la desaparición completa de la organización. Sus combatientes perdieron el control sobre las grandes ciudades y territorios que habían ocupado, pero todavía existen células capaces de realizar ataques y de aprovechar los vacíos de seguridad.
Durante los años de la coalición internacional, las fuerzas estadounidenses aportaron inteligencia, vigilancia y reconocimiento aéreo, además de entrenamiento y apoyo logístico para las fuerzas iraquíes. Parte de esas capacidades ahora deberá ser sostenida directamente por Bagdad.
El otro gran desafío está relacionado con las milicias armadas que operan dentro del país y que mantienen vínculos con Irán. Algunas organizaciones aceptaron discutir un proceso de desarme e integración en las estructuras estatales, pero los grupos más poderosos todavía no muestran disposición a entregar sus armas.
El Gobierno iraquí extendió hasta junio de 2027 el plazo para completar ese proceso. La decisión refleja la dificultad de transformar un sistema de seguridad en el que distintas organizaciones armadas desarrollaron durante años sus propias estructuras de poder.
La cuestión es especialmente sensible porque varias de esas fuerzas también tienen vínculos con partidos políticos. Esa mezcla entre instituciones estatales, organizaciones partidarias y grupos armados vuelve mucho más complejo cualquier intento de construir un monopolio estatal sobre la seguridad.
El Kurdistán iraquí concentra otra parte importante de las preocupaciones. La región autónoma, cuya capital es Erbil, fue uno de los principales puntos de apoyo de las operaciones estadounidenses y también recibió ataques con misiles y drones durante el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán.
Con la retirada estadounidense desaparecen además algunos sistemas de defensa aérea que protegían la zona. Las autoridades kurdas ya reclamaron garantías al Gobierno central de Bagdad y pidieron reforzar las capacidades para responder frente a posibles ataques.
La salida estadounidense tampoco significa que Irak quede completamente aislado de la cooperación internacional. Turquía mantiene presencia militar en el norte del país y Washington continuará desarrollando una relación de seguridad con Bagdad mediante cooperación bilateral, entrenamiento y otras formas de asistencia.
El cambio principal, entonces, no consiste simplemente en que desaparezcan los soldados estadounidenses de las bases iraquíes. Lo que cambia es quién tiene la responsabilidad directa de responder ante las amenazas.
La propia evolución de las fuerzas iraquíes muestra avances. Autoridades militares aseguran que durante 2026 ya no fue necesario que las fuerzas de la coalición realizaran tareas dentro de Irak y que la aviación iraquí pudo asumir misiones de reconocimiento y vigilancia. También destacan la capacidad de operar sus propios aviones de combate y sostener determinadas tareas sin asistencia extranjera directa.
Pero la capacidad militar no resuelve por sí sola el problema político. Irak todavía debe consolidar instituciones capaces de controlar a las distintas fuerzas armadas que existen dentro de su territorio y evitar que los conflictos regionales terminen trasladándose nuevamente a sus ciudades.
La retirada estadounidense cierra así un capítulo que comenzó con la invasión de 2003, continuó con la retirada de 2011 y tuvo un nuevo giro tres años después, cuando el avance del Estado Islámico provocó el regreso de las tropas internacionales.
Más de dos décadas después, Estados Unidos vuelve a marcharse. Esta vez, la expectativa de Washington es que Irak pueda hacerse cargo de su propia seguridad y que la relación entre ambos países continúe por canales diplomáticos y militares diferentes.
El desafío para Bagdad será demostrar que esa soberanía puede sostenerse en los hechos. Porque abandonar una base militar es una decisión concreta; construir un Estado capaz de controlar su territorio, proteger a sus ciudadanos y evitar que los grupos armados vuelvan a ocupar el espacio dejado por una potencia extranjera es una tarea mucho más larga.