La ciencia pone el foco en la interocepción, el «sexto sentido» que influye en la salud mental

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Más allá de la vista, el oído o el tacto, el cuerpo humano cuenta con un sentido poco conocido llamado interocepción. Se trata de la capacidad del cerebro para percibir e interpretar señales internas, como los latidos del corazón, la respiración, el hambre o la temperatura corporal. Nuevas investigaciones indican que su funcionamiento podría desempeñar un papel clave en trastornos como la ansiedad y la depresión.

La interocepción permite al organismo monitorear de manera constante lo que ocurre en su interior.

Gracias a este mecanismo, el cerebro recibe información sobre el estado del cuerpo y la utiliza para regular funciones esenciales, además de influir en la forma en que las personas experimentan y comprenden sus emociones.

Los investigadores sostienen que cuando este sistema no procesa correctamente las señales corporales, pueden aparecer dificultades para identificar estados emocionales o responder de manera adecuada al estrés. Por ese motivo, alteraciones en la interocepción han sido asociadas con trastornos como la ansiedad, la depresión y algunos trastornos de la alimentación.

El interés científico por este «sexto sentido» creció en los últimos años porque podría abrir nuevas vías para comprender cómo se relacionan el cuerpo y la mente. Diversos estudios exploran si mejorar la percepción de las señales internas mediante ejercicios específicos o tratamientos terapéuticos puede contribuir al bienestar emocional y potenciar la eficacia de los abordajes en salud mental.

Los especialistas aclaran que la interocepción no reemplaza a los cinco sentidos tradicionales, sino que los complementa. Mientras la vista o el oído brindan información sobre el entorno, este sistema informa al cerebro sobre el estado interno del organismo, ayudando a mantener el equilibrio fisiológico y emocional.

Aunque todavía quedan numerosos interrogantes por responder, los avances en este campo refuerzan la idea de que comprender mejor la comunicación entre el cerebro y el cuerpo podría ser clave para desarrollar nuevas estrategias de prevención y tratamiento de distintos trastornos mentales.