El Índice de Confianza en el Gobierno cayó 5,9% en septiembre y quedó en 1,94 puntos sobre 5, según la Universidad Torcuato Di Tella. El retroceso se produce en un contexto de tensión económica y vuelve a dejar al Gobierno de Javier Milei frente a una señal incómoda sobre la percepción ciudadana.
La confianza también tiene sus números. Y septiembre dejó uno difícil para la Casa Rosada: el Índice de Confianza en el Gobierno (ICG), elaborado por la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, cayó 5,9% respecto de agosto y se ubicó en 1,94 puntos sobre una escala de 0 a 5. El registro coincide con el nivel más bajo alcanzado durante la actual gestión y muestra cuánto se deterioró una percepción que había tenido un pequeño respiro durante el mes anterior.
El dato tiene además una particularidad. En agosto, el indicador había subido 6,4%, hasta los 2,06 puntos, en lo que desde el oficialismo fue leído como una señal positiva. Un mes después, aquella recuperación quedó prácticamente desandada. El índice volvió a 1,94 puntos, el mismo valor registrado en julio, y marcó un retroceso acumulado de 21,4% desde fines de 2025.
El ICG no mide intención de voto ni constituye una encuesta electoral. Busca conocer cómo evalúa la sociedad al Gobierno nacional a partir de distintas dimensiones de su desempeño. Entre ellas aparecen la imagen general de la administración, la percepción sobre si gobierna pensando en el interés general, la eficiencia en el manejo del gasto público, la honestidad de los funcionarios y la capacidad para resolver los problemas del país.
En septiembre, las cinco dimensiones relevadas retrocedieron. La percepción de que el Gobierno actúa en función del interés general quedó en 1,47 puntos, mientras que la imagen general se ubicó en 1,57. La evaluación de la eficiencia del gasto público descendió a 1,87 y la capacidad para solucionar los problemas del país quedó en 2,38. La dimensión vinculada con la honestidad de los funcionarios alcanzó 2,44 puntos.
La caída ocurre, además, en un momento particularmente cargado para la administración libertaria. Durante septiembre se acumularon señales de tensión económica: el riesgo país volvió a subir, los bonos argentinos sufrieron retrocesos y el mercado cambiario mostró una mayor demanda de cobertura. Al mismo tiempo, el consumo y algunos indicadores de actividad mostraron dificultades para sostener el ritmo de recuperación que el Gobierno proyecta.
La situación social agrega otra capa. Los últimos datos oficiales mostraron que la pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026, frente al 28,2% del período anterior. También aumentó la desocupación, mientras el empleo privado lleva más de un año de retroceso, según datos citados por Reuters.
Eso no significa que cada movimiento de la economía pueda traducirse automáticamente en una caída de confianza. Las encuestas capturan percepciones, y esas percepciones están atravesadas por experiencias personales, expectativas, información disponible y acontecimientos políticos. Pero cuando diferentes dimensiones de un mismo indicador retroceden al mismo tiempo, el dato adquiere mayor relevancia para entender el clima social.
También es importante no confundir confianza con apoyo electoral. La propia Universidad Torcuato Di Tella diferencia ambos conceptos: el ICG busca medir una percepción más general sobre el funcionamiento y la orientación del Gobierno, no determinar quién votaría a quién.
Para Milei, sin embargo, el momento presenta un desafío político evidente. La promesa central de su administración fue construir una transformación profunda de la economía argentina a partir del ajuste fiscal, la reducción de la inflación y un cambio estructural en el funcionamiento del Estado. El problema aparece cuando los costos de esa transformación llegan antes que sus beneficios a una parte de la población.
La política económica puede medirse en déficit, reservas, inflación o deuda. Pero también existe otra contabilidad, menos técnica y mucho más cotidiana: la de quienes llegan a fin de mes, consiguen o pierden trabajo, consumen menos o sienten que su situación mejora. Allí se construye buena parte de la confianza.
Septiembre dejó una señal concreta. Después de un breve repunte, la confianza volvió a caer y regresó al piso de la gestión. El Gobierno todavía tiene margen para intentar revertir esa percepción, pero el dato muestra que la estabilidad de los números oficiales no necesariamente se traduce, por sí sola, en tranquilidad social.
En una Argentina acostumbrada a que las estadísticas económicas lleguen con explicaciones y contraexplicaciones, hay indicadores que simplemente obligan a detenerse. Este es uno de ellos: 1,94 sobre 5. No dice cómo terminará la historia, pero sí muestra cómo se está leyendo el presente.