Un nuevo informe privado mostró una caída de la actividad en marzo y encendió otra vez las alarmas sobre el empleo y el consumo. El Gobierno insiste con señales de recuperación, pero los indicadores todavía muestran fragilidad.
La economía argentina sigue moviéndose en una zona incómoda.
Ni derrumbe total.
Ni recuperación sólida.
Más bien una sensación persistente de estancamiento.
El último informe del Índice Compuesto Coincidente de Actividad Económica (ICA-ARG) mostró que en marzo la actividad cayó 0,1% respecto de febrero y acumuló una baja interanual del 1,3%.
El dato interrumpió los dos meses consecutivos de crecimiento que el Gobierno venía utilizando como señal de rebote económico.
Y volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: si la salida de la recesión realmente empezó o si apenas hubo un alivio transitorio.
Porque detrás de los números aparece un problema más profundo.
La debilidad del mercado interno.
El consumo sigue golpeado, los salarios corren detrás de los precios y el empleo formal continúa mostrando señales de deterioro.
La situación impacta especialmente en sectores que dependen de la demanda cotidiana: comercio, industria y construcción.
Ahí es donde más se siente el freno.
Y donde la idea de recuperación todavía parece lejana.
Distintos informes privados ya venían advirtiendo sobre este escenario.
La industria manufacturera, por ejemplo, continúa por debajo de los niveles previos a la llegada de Javier Milei al poder, mientras crece la preocupación empresaria por la caída de ventas y la apertura importadora.
En paralelo, las empresas empiezan a ajustar plantillas.
Algunas congelan contrataciones.
Otras directamente proyectan despidos.
La lógica del ajuste fiscal y monetario logró desacelerar la inflación respecto de los picos de 2024, pero el costo social sigue acumulándose en otras variables.
Menos consumo.
Menos actividad.
Menos empleo.
El Gobierno apuesta a que sectores como energía, minería y agro funcionen como motores de una recuperación futura.
Y en parte eso ya ocurre.
Pero el problema es otro: esos sectores generan dólares y crecimiento macroeconómico, aunque no necesariamente derraman rápido sobre el conjunto de la sociedad.
Ahí aparece la sensación de “economía a dos velocidades” que distintas consultoras empiezan a describir.
Una parte vinculada a exportaciones y finanzas que logra sostenerse.
Y otra —mucho más amplia— atravesada por la caída del poder adquisitivo y la incertidumbre cotidiana.
La pregunta ya no es solo cuánto baja la inflación.
Sino cuánto tarda en recuperarse la vida económica real.
Porque cuando la actividad se enfría demasiado tiempo, lo que se erosiona no es únicamente el presente.
También se desgasta la expectativa de futuro.
Y en economía, a veces, eso pesa tanto como los números.