En esta larga noche argentina, donde el poder dicta condenas con la tinta del privilegio, Cristina Fernández de Kirchner se ha convertido en una fusilada que vive. Como Antígona desafiando el mandato injusto; como Juana de Arco enfrentando la hoguera; como los fusilados de José León Suárez que narró Rodolfo Walsh, Cristina sobrevive al intento de ejecución simbólica. Herida, pero de pie. Condenada, pero viva. Proscripta, pero más presente que nunca.*
En 1956, Walsh recogió los testimonios de hombres que sobrevivieron a un fusilamiento real. Hoy, los fusiles son otros: sentencias judiciales, editoriales cargadas de odio, titulares que hieren como proyectiles. Cristina es esa voz que no se deja enterrar, que resiste desde el lugar más alto: el de quien ha sido condenada por desafiar al poder real.
La historia argentina se escribe entre heridas y resistencias. Desde Perón proscripto hasta los desaparecidos, cada intento por callar a quienes se enfrentaron al poder dejó mártires y símbolos. Cristina se inscribe en esa tradición. Como Evita enfrentando el odio de clase. Como el Che, convertido en bandera. Como Perón, eternamente vigente. Ella es parte de ese río subterráneo de la historia que jamás se deja secar.
La cancha, como siempre, está inclinada. La Asociación Empresaria Argentina, los jueces amigos, los dueños de los micrófonos y las portadas juegan del mismo lado. Pero Cristina, como Maradona o Riquelme, se negó a ser empleada de Macri. No pidió permiso para jugar su partido. Y como ellos, tiene el mayor de los poderes: el amor del pueblo. Un poder que los poderosos no comprenden ni toleran.
Frente a ella, Milei es una nota al pie. Un ruido menor en una historia mayor. Un Quijote caricaturesco que pelea con sombras. Cristina impone otra escala. Su sola presencia convierte el ataque en épica, la injusticia en causa. Macri, mientras tanto, es un fusilado por el voto popular, derrotado por la democracia que aún pretende manipular. Sigue operando desde las sombras, como fantasma de un proyecto que ya fue.
La condena que pretendía silenciarla no hizo más que convertirla en símbolo. Como Maradona desafiando al poder mundial, como San Martín cruzando cordilleras, como Belgrano soñando con una patria justa. Cristina ya no es sólo una líder: es una referencia inevitable. Una mujer que, tras la sentencia, multiplicó su presencia en cada plaza, en cada voz, en cada balcón.
Por eso arden los medios hegemónicos. Porque esperaban verla vencida, pero la ven radiante. Rodeada de multitudes. Sonriendo desde el balcón. Porque una fusilada que vive no se esconde: se multiplica. La marcha del 18 de junio hacia Comodoro Py será más que una protesta. Será la confirmación de que la historia no termina donde quieren los poderosos. Empieza donde el pueblo decide.
Y mientras Cristina resiste en el sur, en Gaza yacen miles de fusilados que no viven. Muertos bajo el fuego de un genocidio que el mundo aún se niega a condenar. No tendrán juicio ni condena. No serán convertidos en símbolos. Son ausencias definitivas. Frente a ellos, la voz de Cristina —la fusilada que vive— también es testimonio. También es grito. También es memoria.
Cristina Fernández de Kirchner ya no es sólo una figura política. Es un capítulo de nuestra literatura viva. Es un fragmento de Walsh, una estrofa de Benedetti, una página de Galeano, una escena de García Márquez. Es la mujer que, tras ser condenada, eligió no esconderse. Que convirtió la proscripción en plataforma. Que eligió vivir.
Y quizás, dentro de muchos años, alguien recuerde que hubo una mujer que salía al balcón de su casa a saludar, cada día y cada noche, a las multitudes que la esperaban abajo. Como si cada gesto, cada mano en alto, tejiera el lazo invisible entre una líder y su pueblo. Porque una fusilada que vive, ya no puede hacer otra cosa: salir a su balcón, mientras el amor la sostiene. Si el poder quiso rejas, la historia eligió balcones. Y desde allí, ella sigue viva.
*Jordi Aguiar