La Argentina inició un procedimiento de arbitraje contra el Reino Unido por el proyecto petrolero Sea Lion, ubicado en la Cuenca Malvinas Norte, y le dio dos semanas para frenar las actividades hidrocarburíferas. Si Londres no responde al reclamo, el Gobierno anticipó que acudirá al Tribunal Internacional del Derecho del Mar.
La disputa por las Islas Malvinas volvió a entrar en una zona de mayor tensión diplomática. El Gobierno de Javier Milei decidió avanzar con un procedimiento de arbitraje internacional contra el Reino Unido por el proyecto hidrocarburífero Sea Lion, una iniciativa que busca desarrollar la explotación petrolera en la Cuenca Malvinas Norte.
La decisión fue comunicada el lunes 28 de septiembre y contempla utilizar el mecanismo previsto en el Anexo VII de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar. Al mismo tiempo, la Argentina intimó formalmente al Reino Unido para que, en un plazo de dos semanas, adopte las medidas necesarias para impedir el inicio o la continuidad de las actividades de explotación de hidrocarburos en el área.
Si el plazo vence sin una respuesta favorable, la Casa Rosada anunció que solicitará medidas provisionales ante el Tribunal Internacional del Derecho del Mar para preservar los derechos que Argentina reclama sobre su plataforma continental. El movimiento transforma el conflicto por los recursos naturales alrededor de las islas en una nueva disputa dentro de los mecanismos jurídicos internacionales.
El proyecto Sea Lion es desarrollado por las empresas Rockhopper Exploration y Navitas Petroleum y se encuentra aproximadamente a 220 kilómetros al norte de las Islas Malvinas. La iniciativa ya había quedado alcanzada por una medida cautelar dictada por la Justicia Federal de Río Grande, que ordenó a las compañías abstenerse de iniciar, continuar o ejecutar el proyecto mientras se analiza una acción preventiva vinculada con posibles daños ambientales y soberanos.
El argumento central del Gobierno argentino se apoya en las resoluciones de la Asamblea General de Naciones Unidas que reconocen la existencia de una disputa de soberanía entre Argentina y el Reino Unido. En particular, la Resolución 2065 instó a ambos países a encontrar una solución pacífica mediante negociaciones, mientras que la Resolución 31/49 llamó a evitar decisiones unilaterales que modifiquen la situación mientras la controversia permanezca sin resolver.
La cuestión petrolera agrega una dimensión económica y ambiental a un conflicto que lleva décadas sin solución. Ya no se trata solamente de quién administra las islas, sino también de qué ocurre con los recursos naturales existentes en los espacios marítimos circundantes y quién puede autorizar su explotación.
La posición británica parte de un marco completamente diferente y sostiene su administración sobre las islas y el principio de autodeterminación de sus habitantes. Esa diferencia de posiciones es precisamente uno de los obstáculos centrales para cualquier avance diplomático: Buenos Aires considera que existe una disputa de soberanía pendiente, mientras Londres sostiene su propia interpretación sobre el estatus del archipiélago.
El nuevo capítulo llega pocos días después de que Milei llevara el reclamo argentino ante la Asamblea General de Naciones Unidas. Desde entonces, la estrategia oficial se aceleró con medidas diplomáticas, administrativas y judiciales destinadas a cuestionar las actividades vinculadas con la explotación de recursos naturales en las islas.
La Cancillería ya había rechazado semanas atrás una guía comercial británica destinada a promover negocios con las Malvinas y había advertido sobre las consecuencias para empresas vinculadas con actividades hidrocarburíferas que Argentina considera ilegítimas. También informó el inicio de procedimientos administrativos contra firmas y personas relacionadas con esas operaciones.
Ahora se suma otro frente. El Gobierno denunció además operaciones aéreas entre las Malvinas y Punta Arenas realizadas por una aeronave con matrícula británica que, según la posición oficial argentina, no contaba con autorización de las autoridades nacionales. Por ese motivo, Milei ordenó iniciar procedimientos sancionatorios, denuncias penales y gestiones diplomáticas contra la empresa involucrada.
La estrategia marca una escalada respecto de las herramientas utilizadas hasta ahora. El Gobierno busca combinar presión económica sobre las empresas, reclamos diplomáticos y mecanismos jurídicos internacionales. El objetivo declarado es impedir que la explotación de hidrocarburos avance mientras continúa sin resolverse la disputa de soberanía.
El desenlace, sin embargo, no será inmediato. Un arbitraje internacional abre un proceso jurídico que puede extenderse en el tiempo y cuya evolución dependerá también de las respuestas del Reino Unido y de las instancias internacionales involucradas.
Las Malvinas vuelven así al centro de la política exterior argentina, pero esta vez con el petróleo como telón de fondo. La disputa histórica se cruza con una pregunta mucho más contemporánea: qué ocurre cuando los recursos de un territorio cuya soberanía continúa en controversia comienzan a convertirse en una oportunidad económica concreta.
En el Atlántico Sur, el conflicto ya no se juega solamente en los mapas. También se juega en los tribunales, en las plataformas petroleras y en las decisiones sobre recursos que, una vez extraídos, difícilmente puedan volver atrás.