Los aeropuertos de la capital provincial y Chapelco tendrán la mayor programación aérea de la historia neuquina. Más de 2.430 vuelos de llegada durante la temporada apuntalan una estrategia que busca convertir conectividad en turistas, empleo y movimiento económico.
Antes, para llegar a la nieve había que mirar el cielo. Ahora también hay que mirar la aplicación de vuelos.
Neuquén se prepara para una temporada invernal con la mayor programación aérea de su historia: los aeropuertos de la capital provincial y Chapelco concentrarán más de 180 frecuencias semanales durante julio. En los tres meses del invierno están previstos más de 2.430 vuelos de llegada. Un pequeño ejército de aviones dispuesto a aterrizar entre la estepa y la cordillera.
Los números tienen algo de vértigo. El Aeropuerto Internacional Presidente Perón, en la ciudad de Neuquén, contará con más de 20 vuelos diarios y unas 140 frecuencias semanales. Habrá conexiones directas con Aeroparque, Ezeiza, Córdoba, Mendoza, Salta, Comodoro Rivadavia y Santiago de Chile.
Más al sur, el Aeropuerto Aviador Carlos Campos —Chapelco para casi todo el mundo— recibirá entre seis y siete vuelos por día. Serán más de 40 frecuencias semanales provenientes de Aeroparque, Córdoba y Rosario.
La aritmética es sencilla: más vuelos, más posibilidades de llegar. Lo complejo empieza después.
Porque la conectividad aérea es una de esas infraestructuras invisibles del turismo. Nadie suele regresar de vacaciones mostrando una fotografía de la frecuencia semanal entre Córdoba y Neuquén. Pero sin rutas, horarios y asientos disponibles, muchas de las postales que después alimentan Instagram sencillamente no ocurren.
La cordillera queda un poco más cerca
La programación busca acompañar el movimiento turístico hacia San Martín de los Andes, Junín de los Andes, Villa La Angostura y Caviahue-Copahue, además de otros destinos cordilleranos que durante el invierno encuentran en la nieve uno de sus principales motores económicos.
Y conviene recordar algo cada tanto: el turismo no vive solamente en las fotografías bonitas.
Detrás del visitante que llega con una valija desproporcionada y un par de esquíes imposibles de acomodar hay hoteles, restaurantes, transportistas, comercios, instructores y trabajadores temporarios. Hay pequeñas economías locales que durante algunos meses del año aceleran el pulso.
Por eso la conectividad importa más allá de la comodidad del pasajero. En una Argentina atravesada por el ajuste nacional y la retracción del consumo, las provincias buscan herramientas propias para sostener sus actividades económicas. Neuquén parece haber elegido una estrategia bastante concreta: invertir, mejorar infraestructura y facilitar que la gente llegue.
No es una revolución teórica. Es política territorial.
“Más vuelos significan más turistas, más trabajo y más oportunidades para cada una de nuestras regiones”, sintetizó la ministra de Turismo, Ambiente y Recursos Naturales, Leticia Esteves, quien atribuyó el récord de conectividad a la planificación provincial y al trabajo conjunto con el sector privado.
Brasil mira la nieve neuquina
Hay otro movimiento que empieza a dibujarse en el mapa: el crecimiento del mercado brasileño.
Neuquén todavía no cuenta con vuelos directos desde Brasil, pero cada vez más turistas llegan desde Río de Janeiro o San Pablo utilizando a Santiago de Chile como escala. Otros aterrizan en San Carlos de Bariloche y continúan por tierra hacia los destinos neuquinos.
La escena plantea una oportunidad y, al mismo tiempo, una tarea pendiente. Si existe una demanda internacional creciente, mejorar los corredores regionales y pensar nuevas conexiones deja de ser una aspiración turística para convertirse en una discusión económica.
El turismo internacional tiene una virtud que cualquier ministro de Economía comprende rápidamente, incluso sin amar las montañas: trae visitantes que gastan. Y los dólares, a diferencia de los turistas, rara vez se quejan del frío.
Un invierno que se juega en tierra y aire
Neuquén llega a la temporada con centros de esquí renovados, parques de nieve, inversiones en infraestructura y una programación aérea inédita. El desafío será transformar esos números en movimiento real para las economías locales.
Porque un vuelo lleno no garantiza por sí solo desarrollo. Hace falta que el visitante se quede, recorra, consuma y encuentre razones para volver. Allí empieza la otra parte de la política turística: construir experiencias y distribuir ese movimiento por el territorio.
Los aviones harán su trabajo.
Más de 180 veces por semana bajarán del cielo y tocarán suelo neuquino.
Después, como casi siempre, todo dependerá de lo que seamos capaces de hacer en tierra.