Las comunidades Puel y Catalán avanzan en proyectos turísticos que combinan identidad, territorio y desarrollo. No se trata solo de atraer visitantes, sino de construir otra forma de habitar la economía.
Hay formas de hacer turismo.
Y hay formas de contar un territorio.
En Neuquén, las comunidades mapuche Puel y Catalán están apostando a lo segundo. No como una estrategia improvisada, sino como un proceso que viene creciendo desde abajo, con identidad propia y con una idea clara: que el desarrollo no implique perder lo que son.
El turismo aparece ahí no como una industria que llega, sino como una herramienta que se construye.
En encuentros recientes con equipos técnicos del gobierno provincial, ambas comunidades avanzaron en el diseño y fortalecimiento de propuestas turísticas. El objetivo no es menor. Se busca consolidar proyectos que ya existen y, al mismo tiempo, generar nuevas iniciativas que permitan diversificar ingresos sin romper el vínculo con el territorio.
La escena tiene algo distinto.
No se trata de grandes inversiones externas ni de modelos importados. Se trata de turismo comunitario. De experiencias que nacen desde la propia comunidad, donde quienes reciben al visitante son también quienes deciden cómo, cuándo y para qué hacerlo.
Ahí está la clave.
El turismo deja de ser extracción.
Pasa a ser intercambio.
Las comunidades Puel y Catalán forman parte de una región que combina paisajes de alto valor natural con una fuerte identidad cultural. Bosques de pehuenes, lagos, montaña. Pero también historia, lengua, cosmovisión. Elementos que no siempre entran en los paquetes turísticos tradicionales, pero que acá se vuelven centrales.
El desafío es doble.
Por un lado, mejorar servicios, infraestructura y capacidades para recibir visitantes. Por otro, sostener la coherencia cultural. Que el turismo no transforme lo que se busca mostrar.
En ese equilibrio se juega todo.
La provincia, en este proceso, aparece como acompañante más que como protagonista. A través de asistencia técnica, capacitaciones y articulación institucional, busca fortalecer estas iniciativas sin imponer un modelo único. Una lógica que, en los últimos años, viene ganando terreno en el desarrollo turístico regional.
No es un detalle menor.
Durante mucho tiempo, el turismo en territorios originarios fue pensado desde afuera. Hoy, en cambio, empieza a construirse desde adentro. Con tiempos propios, con decisiones colectivas y con una mirada que combina desarrollo económico con preservación cultural.
Eso cambia la ecuación.
Porque no se trata solo de generar ingresos.
Se trata de generar autonomía.
En lugares como Villa Pehuenia o Aluminé, donde estas comunidades tienen presencia histórica, el turismo ya es parte de la vida cotidiana. Desde emprendimientos gastronómicos hasta actividades en la naturaleza, pasando por propuestas culturales que invitan a conocer otra forma de entender el mundo.
El proceso recién está en marcha.
Pero marca una dirección.
En un contexto donde muchas economías regionales buscan reinventarse, las comunidades Puel y Catalán proponen algo distinto. No crecer a cualquier costo.
Sino crecer con sentido.
El turismo, en ese camino, deja de ser solo una actividad.
Se vuelve una forma de narrar el territorio.
Y de decidir, también, cómo se lo quiere compartir.