Las acciones estadounidenses volvieron a marcar récords, impulsadas por las ganancias de las empresas tecnológicas y energéticas. Pero el aumento del petróleo, los rendimientos de los bonos y el enorme gasto en infraestructura de inteligencia artificial plantean una pregunta cada vez más difícil: cuánto tiempo puede durar el impulso sin que la economía pague el costo.
Los mercados financieros atraviesan una de esas etapas en las que las buenas noticias y las señales de advertencia conviven en la misma pantalla. Mientras algunos indicadores económicos generan preocupación, Wall Street volvió a alcanzar niveles récord y los inversores siguen apostando por las empresas capaces de mostrar mayores ganancias.
El S&P 500 marcó un nuevo máximo histórico el martes, en una jornada en la que el entusiasmo por las compañías de tecnología y energía volvió a imponerse sobre las dudas acerca del rumbo de la economía estadounidense. El fenómeno tiene una explicación concreta: las ganancias empresariales están creciendo a un ritmo que, por ahora, consigue compensar el impacto de tasas de interés más elevadas.
Pero detrás de esa fortaleza aparece una tensión cada vez más visible. Los mismos sectores que empujan a los mercados hacia arriba están vinculados con algunos de los factores que pueden terminar complicando el escenario económico.
Las empresas energéticas están aprovechando el aumento del precio del petróleo, mientras que las grandes compañías tecnológicas continúan capturando buena parte del enorme negocio generado alrededor de la inteligencia artificial. El problema es que el encarecimiento de la energía puede trasladarse al resto de la economía y alimentar la inflación, mientras que la carrera por construir centros de datos e infraestructura de IA exige inversiones cada vez mayores.
El petróleo Brent llegó a superar los 101 dólares por barril, en un contexto marcado por los conflictos en Medio Oriente. Para las empresas energéticas, ese escenario significa mayores ingresos. Para buena parte del resto de la economía, en cambio, implica costos más altos.
La otra presión llega desde el mercado de deuda. El rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a diez años superó levemente el 5,3%, un nivel elevado que repercute sobre el costo de numerosos créditos, desde hipotecas hasta financiamiento empresarial.
La combinación resulta incómoda. Si los precios de la energía continúan aumentando y los costos financieros permanecen altos, la inflación podría volver a convertirse en un problema más persistente. Y si eso ocurre, la Reserva Federal tendría menos margen para reducir las tasas de interés e incluso podría verse obligada a evaluar una política monetaria más restrictiva.
Por ahora, los inversores parecen concentrarse en otra parte de la ecuación: las ganancias. Más de 70 compañías del S&P 500 elevaron sus estimaciones de resultados para el último trimestre, según FactSet. Es una cifra récord y explica buena parte del optimismo que todavía domina a los mercados.
La inteligencia artificial ocupa un lugar central en esa historia. El crecimiento de las inversiones vinculadas con centros de datos, chips y nuevas plataformas tecnológicas está generando oportunidades enormes para empresas como las grandes fabricantes de semiconductores y los gigantes digitales.
Pero también comienza a aparecer una pregunta incómoda: cuánto endeudamiento puede soportar esta expansión.
El crecimiento de la infraestructura necesaria para desarrollar inteligencia artificial demanda inversiones multimillonarias. Si las empresas recurren cada vez más al crédito para financiar esa carrera, pueden aumentar la presión sobre los mercados de bonos y encarecer el financiamiento para otros sectores.
La paradoja es evidente. La inteligencia artificial está ayudando a impulsar las ganancias de algunas de las compañías más importantes del mundo, pero la magnitud de las inversiones necesarias para sostener ese crecimiento también puede contribuir a elevar los costos financieros de toda la economía.
Mientras tanto, otros indicadores muestran que el escenario no es tan sólido como podría sugerir un índice bursátil en máximos históricos. Ocho de los once sectores que componen el S&P 500 registraban bajas, lo que muestra que el avance está concentrado en un grupo relativamente reducido de empresas.
Esa concentración también plantea interrogantes sobre la verdadera amplitud del rally. Un mercado puede alcanzar récords sin que toda la economía esté atravesando el mismo momento.
En Estados Unidos, además, el déficit comercial volvió a crecer con fuerza. Las importaciones alcanzaron en agosto un récord de 420.800 millones de dólares y la brecha comercial llegó a su nivel más alto en 17 meses. Los aranceles impulsados por la administración de Donald Trump no consiguieron, al menos por ahora, revertir completamente esa dinámica.
El panorama internacional agrega otra capa de incertidumbre. Los precios de la energía, las tensiones geopolíticas y las decisiones de los bancos centrales pueden modificar rápidamente las expectativas de los inversores.
Por eso, el actual momento de Wall Street tiene algo de paradoja. Los mercados celebran las ganancias de las empresas mientras la economía comienza a mostrar algunas de las consecuencias del costo de generar esas mismas ganancias.
El desafío será determinar si se trata de una contradicción pasajera o de una señal de que el mercado está corriendo más rápido que la economía real.
Por ahora, los números siguen favoreciendo a las grandes compañías. Las ganancias crecen, la inteligencia artificial alimenta nuevas inversiones y los índices bursátiles encuentran motivos para seguir subiendo.
Pero debajo de esa superficie brillante hay una pregunta que empieza a pesar cada vez más: cuánto puede durar una economía sostenida por ganancias récord cuando al mismo tiempo aumentan el petróleo, las tasas y el endeudamiento.
La respuesta todavía no está escrita. Y en los mercados, como suele ocurrir, la distancia entre la euforia y la preocupación puede ser mucho más corta de lo que parece.