Deslomarse: la nueva costumbre de los argentinos

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Hay palabras que llegan al oído como un gol en contra.
Palabras que uno escucha en la radio o lee en el celular mientras toma el primer mate de la mañana, y se queda mirando la pared como si algo no terminara de cerrar.

Deslomarse”.

La dijo Manuel Adorni para explicar por qué su esposa terminó viajando en el Tango 01, el avión presidencial.

Según contó, después de deslomarse trabajando, necesitaba tener a su compañera de vida.

Y bueno.

Ahí fue cuando la palabra empezó a hacer ruido.

No por el avión —que también— sino por el significado.

Porque en Argentina deslomarse siempre fue otra cosa.

La palabra que vive en la calle

Deslomarse es el colectivero que sale de madrugada y vuelve cuando el barrio ya está oscuro.
Deslomarse es la enfermera que hace dos guardias seguidas porque el sueldo no alcanza.
Deslomarse es el docente que viaja de una escuela a otra con una mochila llena de cuadernos y paciencia.

Deslomarse es mi vecino Luis, que trabaja en una metalúrgica de Parque Patricios y ahora anda medio preocupado porque se rumorea que la fábrica cierra antes del invierno.

Es eso.

Y un poco más también.

Las estadísticas dicen que la morosidad en tarjetas y créditos crece mes a mes.
Los economistas lo dicen con gráficos.
En los barrios se dice más simple: la gente ya no llega.

Hay fábricas que bajan persianas.
Talleres que reducen turnos.
Negocios que empiezan a abrir más tarde porque no vale la pena prender las luces temprano.

Y en ese país alguien pronuncia la palabra “deslomarse” desde la cabina de un avión presidencial.

Ahí aparece el cortocircuito.

Cuando Javier Milei irrumpió en la política lo hizo con una palabra que parecía un bisturí: la casta.

La casta eran los privilegios.
La casta era el político que vivía lejos de la realidad.
La casta era el funcionario que usaba el Estado como si fuera un taxi.

Ese discurso prendió fuego la conversación pública.

Muchos argentinos sintieron que alguien por fin estaba diciendo en voz alta lo que ellos pensaban en silencio.

Pero con el tiempo, pasa algo curioso con el poder.

Empieza a parecerse demasiado a lo que criticaba.

Uno recuerda aquella escena casi barroca del presidente llegando al Congreso rodeado por 200 caballos para la apertura de sesiones.

Un desfile que parecía salido de una película histórica.

No estaba mal, claro.
Cada gobierno tiene sus rituales.

Pero cuesta no pensar en la palabra que había inaugurado la época.

Casta.

El descubrimiento del trabajo

Hay algo más en la frase de Adorni que llama la atención.

Habla como si trabajar muchas horas fuera un descubrimiento reciente.

Como si alguien hubiera abierto una puerta y del otro lado estuviera la vida real.

Y uno piensa: ¿recién ahora?

Porque millones de argentinos viven así desde hace décadas.

El episodio también deja ver otra cosa.

El poder siempre termina rodeándose de círculos.

En este gobierno ese círculo tiene un nombre propio: Karina Milei.

La hermana del presidente se volvió la figura central de la estructura política libertaria.
La que ordena, decide, filtra.

Alrededor de ese núcleo aparece un pequeño séquito de funcionarios y voceros que, poco a poco, empiezan a reproducir gestos muy conocidos de la política argentina.

Privilegios.
Endogamia.
Cierta desconexión.

Lo mismo que antes denunciaban.

Es una paradoja clásica del poder.

Raymond Chandler decía que la ciudad siempre termina tragándose a los detectives.

La política argentina tiene una versión parecida.

Epílogo con olor a barrio

El fútbol tiene una expresión que viene bien para cerrar esta historia.

Cuando un equipo se empieza a parecer demasiado al rival que criticaba, en la tribuna alguien grita:

“¡Se volvieron lo mismo!”

No siempre es cierto.
Pero cuando lo es, duele un poco más.

Porque en la Argentina de hoy hay millones de personas que siguen deslomándose para sobrevivir.

Y cuando escuchan esa palabra en boca del poder… bueno.

Se dan cuenta de algo.

Que a veces el problema no es el avión.

El problema es que algunos ya olvidaron lo que significa trabajar con la espalda doblada y los pies en la calle.