Las ventas masivas se desplomaron 5,1 por ciento en marzo y marcaron la peor caída en más de un año. Detrás del número aparece una postal cada vez más frecuente: hogares que recortan incluso en lo esencial para sostener una economía doméstica cada vez más frágil.
El consumo masivo volvió a retroceder en marzo y confirmó que la recuperación que el Gobierno insiste en mostrar todavía no logra entrar en los hogares.
La baja interanual de 5,1 por ciento reflejó el tercer mes consecutivo en rojo y dejó al mercado interno frente a uno de sus momentos más delicados desde el comienzo de la actual gestión.
La caída alcanzó a supermercados, autoservicios y comercios de cercanía.
Los rubros más golpeados fueron alimentos, productos de limpieza y artículos de uso diario, justamente aquellos que durante mucho tiempo funcionaron como el último refugio de las familias cuando todo lo demás ya había sido recortado.
Lo que muestran los números no es solamente una retracción comercial.
Es una transformación más profunda en la forma en que millones de personas administran su vida cotidiana.
Cada vez más hogares compran menos cantidad, reemplazan marcas habituales por opciones más baratas o directamente eliminan consumos que hasta hace poco parecían básicos.
En muchos casos, la baja del consumo ya no responde solo a una decisión de prudencia.
Responde a una pérdida sostenida del poder adquisitivo.
Aunque la inflación desaceleró respecto de los picos del año pasado, los salarios siguen sin recuperar el terreno perdido y eso empuja a una parte importante de la sociedad a vivir en modo supervivencia.
El dato también golpea sobre una de las promesas centrales del oficialismo.
Si la estabilidad macroeconómica no logra traducirse en una mejora perceptible en la vida diaria, el relato del orden económico empieza a chocar con la experiencia concreta de quienes llegan al supermercado con la sensación de que el dinero dura cada vez menos.
En la superficie, el ajuste puede presentarse como una hoja de cálculo.
Pero abajo, en la economía real, se parece más a una escena repetida en silencio: una familia frente a una góndola decidiendo qué dejar afuera para poder llevar lo indispensable.
Porque a veces una crisis no se mide en los grandes anuncios.
Se mide en lo que falta cuando el changuito vuelve a casa medio vacío.