El “super RIGI” no alcanza: cae la inversión extranjera y crecen las dudas sobre el modelo económico

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Mientras el Gobierno impulsa nuevos beneficios para atraer capitales, la inversión extranjera directa sigue en retroceso. El dato expone una tensión central del modelo de Javier Milei: estabilidad financiera sin confianza productiva.

El Gobierno apuesta fuerte a una idea.

Que el mercado, tarde o temprano, va a reaccionar.

Menos regulación.
Menos impuestos.
Más beneficios para grandes inversiones.

Y así llegarían los dólares.

Pero la realidad todavía no acompaña ese relato.

Mientras Javier Milei impulsa una ampliación del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones —el llamado “super RIGI”— los números de inversión extranjera directa muestran una caída persistente y un escenario mucho más frío de lo esperado.

El contraste empieza a ser incómodo para la Casa Rosada.

Porque el oficialismo construyó buena parte de su discurso económico sobre la promesa de que el mundo iba a volver a invertir en Argentina apenas desaparecieran las restricciones estatales y avanzara el ajuste fiscal.

Sin embargo, eso todavía no ocurre.

La inversión extranjera directa, uno de los indicadores más importantes para medir confianza productiva de largo plazo, continúa mostrando debilidad incluso en sectores donde el Gobierno esperaba una reacción más rápida.

El fenómeno tiene varias explicaciones.

Por un lado, persisten dudas sobre la estabilidad política y social en medio de una recesión profunda, caída del consumo y deterioro del empleo.

Por otro, muchos grupos económicos siguen observando con cautela la sustentabilidad del esquema cambiario y financiero.

La economía logró desacelerar parcialmente la inflación.

Pero todavía no transmite previsibilidad estructural.

Y ahí aparece una diferencia clave que economistas vienen señalando hace meses.

No es lo mismo capital financiero que inversión productiva.

Los mercados pueden celebrar ajustes fiscales y valorización financiera en el corto plazo. Pero abrir fábricas, desarrollar infraestructura o expandir industrias requiere otra cosa: horizonte estable, consumo y perspectivas de crecimiento sostenido.

Eso es justamente lo que hoy aparece más debilitado.

El “super RIGI” busca compensar esa falta de confianza ofreciendo ventajas extraordinarias a grandes proyectos vinculados especialmente a energía, minería y exportaciones.

Beneficios impositivos.
Flexibilidad cambiaria.
Garantías jurídicas extendidas.

El Gobierno apuesta a que Vaca Muerta, el litio y otros sectores estratégicos funcionen como motores de ingreso de divisas.

Y probablemente algo de eso ocurra.

Pero incluso dentro del empresariado aparecen dudas sobre cuánto puede crecer una economía donde el mercado interno sigue deprimido y gran parte de la actividad atraviesa recesión.

Ahí surge otra discusión más profunda.

Qué tipo de desarrollo económico se está construyendo.

Porque el riesgo de modelos demasiado concentrados en sectores extractivos es generar crecimiento macroeconómico sin expansión amplia del empleo o del tejido productivo.

Una economía que exporta más.

Pero donde gran parte de la sociedad sigue perdiendo capacidad de consumo y estabilidad cotidiana.

El Gobierno insiste en que el rebote llegará.

Que primero había que ordenar las cuentas.

Y recién después crecer.

Pero los datos de inversión muestran que el mercado todavía no termina de comprar completamente esa promesa.

Y en economía, la confianza no suele surgir únicamente de los discursos.

Aparece cuando los actores creen que existe futuro suficiente como para quedarse.