El empleo se vuelve invisible y la economía empieza a pasar la cuenta

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La informalidad laboral avanza, caen los aportes vinculados al trabajo registrado y crece la morosidad de las familias. El modelo económico de Javier Milei celebra algunos equilibrios en las planillas, pero debajo de los números se consolida un mercado laboral más precario y un Estado que recauda menos porque cada vez hay menos trabajo formal que recaudar.

El trabajo no desapareció.

Se sacó el recibo de sueldo.

En la Argentina de Javier Milei millones de personas siguen levantándose temprano, viajando, atendiendo comercios, descargando mercadería, construyendo paredes, cocinando, manejando o cuidando a otros. Trabajan. El pequeño problema —pequeño para las estadísticas, bastante más grande para quien lo padece— es que una porción creciente lo hace fuera de los sistemas formales de protección.

Y cuando el empleo se vuelve informal, las consecuencias viajan en cadena.

Caen los aportes personales. Retroceden las contribuciones patronales. Se debilita la recaudación vinculada al trabajo. Las familias pierden previsibilidad y aumenta la dificultad para pagar créditos y tarjetas. El problema, entonces, deja de ser exclusivamente laboral: se convierte en fiscal, previsional, financiero y social.

La nota que origina este análisis advierte sobre ese círculo cada vez más visible en las cuentas argentinas: los aportes personales registraron una caída real del 4,6% y las contribuciones patronales retrocedieron 3,3%. Todo aquello vinculado al empleo formal comienza a perder terreno.

No es magia.

Tampoco una conspiración keynesiana.

Si hay menos trabajadores registrados, hay menos aportes.

Trabajar más, estar menos protegido

Los últimos datos disponibles del mercado laboral permiten mirar el fenómeno con cierta perspectiva. En Argentina hay cerca de 12,9 millones de asalariados: unos 7,2 millones están registrados y más de 5,6 millones trabajan en la informalidad. Desde la llegada del actual gobierno nacional se perdieron más de 300.000 empleos asalariados y la destrucción alcanzó con mayor fuerza a los puestos formales.

La economía puede generar ocupaciones y, al mismo tiempo, empeorar la calidad del empleo.

Eso es precisamente lo inquietante.

En el tercer trimestre de 2025, los puestos de trabajo totales crecieron 1,8% interanual, pero los asalariados registrados no aumentaron. La expansión estuvo explicada por el cuentapropismo, que avanzó 5,2%, y los asalariados informales, con una suba del 2,8%. Frente al tercer trimestre de 2023, el empleo asalariado formal cayó 2%, mientras crecieron el trabajo por cuenta propia y los puestos no registrados.

Traducido del idioma economista: hay más gente inventándose cómo ganarse la vida y menos trabajadores ingresando a empleos con aportes, cobertura y estabilidad.

El emprendedorismo puede ser una extraordinaria expresión de libertad económica.

El problema empieza cuando emprendedor se convierte en la palabra elegante que utilizamos para describir a alguien que perdió un empleo formal y ahora debe facturar, financiar sus herramientas, pagar su cobertura médica y rezar para no enfermarse durante la última semana del mes.

La obra pública también tenía recibo de sueldo

La construcción ofrece una radiografía particularmente incómoda para el relato libertario.

Desde diciembre de 2023, el sector perdió 61.000 empleos formales y sumó 24.000 trabajadores informales. La tasa de empleo no registrado aumentó 4,7 puntos y alcanzó al 55,5% de los asalariados de la actividad. El freno de la obra pública nacional aparece como una de las explicaciones centrales: precisamente ese segmento concentraba una mayor proporción de trabajo registrado.

Durante dos años, el gobierno nacional presentó la paralización de la obra pública como una victoria contra el gasto.

La contabilidad fiscal anotó el ahorro.

El mercado laboral anotó otra cosa.

Menos empleo formal implica menos aportes jubilatorios, menos contribuciones patronales y trabajadores con mayor vulnerabilidad. Es una de esas pequeñas incomodidades de la economía real: las columnas de una planilla que se reducen suelen reaparecer en otra.

A veces con intereses.

Cuando la tarjeta empieza a contar la historia

El otro indicador está en los hogares.

La morosidad crediticia acumula 19 meses consecutivos de aumento y alcanzó el 12,7% en mayo. Casi siete millones de argentinos quedaron fuera del acceso al financiamiento formal. Los jóvenes aparecen entre los sectores más afectados.

Una familia no deja de pagar un crédito porque descubrió repentinamente una pasión ideológica por la insolvencia.

Primero ajusta.

Después posterga.

Paga el mínimo.

Usa una tarjeta para cubrir otra deuda.

Pide dinero.

Y finalmente deja de pagar.

La morosidad es un indicador financiero, pero también es una autobiografía económica escrita en porcentajes. Cuenta lo que ocurre cuando los ingresos pierden capacidad de sostener compromisos asumidos meses atrás.

Para los jóvenes, además, la exclusión financiera puede transformarse en una condena larga: dificulta alquilar, emprender, comprar en cuotas o enfrentar una emergencia. Cuando el crédito formal cierra la puerta, aparecen mecanismos más caros y riesgosos.

El problema de mirar solamente el déficit

El gobierno de Milei construyó buena parte de su legitimidad económica alrededor del equilibrio fiscal. La discusión sobre las cuentas públicas era necesaria: Argentina acumuló durante décadas desequilibrios, inflación y una incapacidad política bastante democrática para gastar mejor.

Pero equilibrar una cuenta no resuelve automáticamente una economía.

Si el ajuste destruye empleo formal, la recaudación laboral cae. Si los salarios y los ingresos familiares no consiguen sostener las deudas, crece la morosidad. Si millones de personas quedan fuera del sistema financiero, el consumo y la inversión familiar se debilitan.

El círculo puede cerrar perfectamente en Excel.

La sociedad suele utilizar otro programa.

La discusión económica que viene no debería ser solamente cuánto gasta el Estado. También deberá preguntarse qué tipo de trabajo produce la economía argentina, quién financia la seguridad social y cómo se construye una sociedad donde tener empleo vuelva a significar tener derechos.

Porque la informalidad tiene una virtud estadística: durante un tiempo puede esconder los problemas.

El trabajador sigue trabajando.

La economía sigue contando un ocupado.

El gobierno muestra el número.

Hasta que faltan los aportes, aparece la deuda y millones de familias dejan de pagar.

Entonces descubrimos algo bastante antiguo.

El trabajo en negro también escribe las cuentas públicas. Solo que lo hace con tinta invisible.