El presidente Javier Milei recorrerá Vaca Muerta junto a la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, durante la primera visita oficial de la titular del organismo al país. La imagen busca mostrar el potencial energético argentino como respaldo del programa económico. Pero también deja abierta una pregunta más profunda: ¿quién capturará la riqueza que promete el mayor yacimiento no convencional de América Latina?
Durante décadas, la Argentina fue al Fondo Monetario Internacional con una carpeta bajo el brazo.
Ahora irá con un casco.
Javier Milei acompañará a la directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, en una recorrida por Vaca Muerta, en Neuquén, como parte de la agenda oficial que la funcionaria desarrollará a fines de julio durante su primera visita al país desde que asumió la conducción del organismo. Después de sus actividades en Buenos Aires, ambos viajarán al principal polo de producción de hidrocarburos no convencionales del país.
La escena tiene una carga simbólica difícil de ignorar.
No se trata solamente de mostrar pozos petroleros o equipos de perforación. El Gobierno quiere exhibir aquello que considera el activo estratégico capaz de sostener su proyecto económico: una formación geológica que concentra algunas de las mayores reservas de shale gas y shale oil del planeta y que aparece como la principal promesa de generación de divisas para las próximas décadas.
La fotografía, en ese sentido, vale más que un comunicado.
El nuevo argumento argentino
Durante años, las negociaciones entre la Argentina y el FMI estuvieron dominadas por déficits, reservas internacionales, metas fiscales y cronogramas de pago.
Esta vez aparece otro lenguaje.
El de la energía.
Vaca Muerta dejó de ser únicamente un proyecto de desarrollo para convertirse en una carta geopolítica. En un mundo que busca diversificar sus fuentes energéticas después de las crisis internacionales de los últimos años, el potencial exportador neuquino adquirió un peso que trasciende las fronteras argentinas.
El Gobierno nacional lo sabe.
Y también lo sabe el Fondo.
No resulta casual que Georgieva incluya la visita al yacimiento en una agenda donde también mantendrá reuniones económicas y políticas en Buenos Aires. El mensaje parece evidente: el programa económico argentino necesita mostrar no sólo disciplina fiscal, sino capacidad futura para generar dólares genuinos.
Neuquén, entre la oportunidad y la negociación
Para la provincia, la visita tiene otra lectura.
Neuquén viene sosteniendo desde hace años una política relativamente consistente respecto de Vaca Muerta: promover inversiones, ampliar infraestructura y construir acuerdos con empresas privadas sin resignar el papel del Estado provincial como autoridad sobre los recursos naturales.
Ese equilibrio explica, en buena medida, por qué la formación continuó creciendo bajo gobiernos nacionales de signos políticos muy distintos.
La roca permaneció.
Los presidentes cambiaron.
Desde la recuperación de YPF durante el kirchnerismo hasta la expansión exportadora actual, Vaca Muerta atravesó administraciones peronistas, macristas y libertarias. Ninguna renunció a desarrollarla. Cambiaron las herramientas. Cambiaron las narrativas. No cambió la convicción de que allí existe uno de los principales motores económicos del país.
Es, probablemente, una de las pocas políticas de Estado que sobrevivieron a la grieta.
La riqueza no se mide sólo en barriles
Pero conviene hacer una pausa antes de caer en el entusiasmo automático.
La historia económica latinoamericana está llena de países extraordinariamente ricos en recursos naturales que nunca consiguieron traducir esa riqueza en bienestar duradero para su población.
Petróleo hubo.
Litio también.
Minerales, soja, cobre, gas.
Lo verdaderamente escaso suele ser otra cosa: instituciones capaces de administrar esa riqueza con visión de largo plazo.
La visita de Georgieva pone nuevamente sobre la mesa un debate que Argentina todavía tiene pendiente. ¿Vaca Muerta será únicamente una plataforma exportadora destinada a mejorar las cuentas macroeconómicas? ¿O podrá transformarse también en desarrollo científico, industrialización, infraestructura, educación y empleo de calidad?
La diferencia entre ambas respuestas puede definir buena parte del país que emerja durante las próximas décadas.
El Fondo también cambia
La imagen del FMI recorriendo un yacimiento petrolero argentino habría resultado impensada hace algunos años.
El organismo, tradicionalmente asociado a programas de estabilización macroeconómica, comienza a incorporar cada vez con mayor frecuencia discusiones sobre crecimiento, inversión, transición energética y sostenibilidad de largo plazo.
Eso no significa que haya dejado de exigir disciplina fiscal.
Significa que comprende algo evidente: ningún programa económico puede sostenerse indefinidamente si un país no genera riqueza suficiente para financiarlo.
Allí aparece Vaca Muerta.
No como una solución mágica.
Sino como una posibilidad.
Una postal con varias lecturas
Cuando Milei y Georgieva recorran los equipos de perforación en Neuquén, habrá quienes vean una señal de confianza internacional.
Otros observarán una nueva muestra de cercanía entre el Gobierno argentino y el organismo que financia buena parte de su programa económico.
Ambas lecturas son legítimas.
Pero existe una tercera, quizá más importante.
Vaca Muerta ya dejó de ser solamente un yacimiento. Se convirtió en un escenario donde confluyen política, energía, geopolítica, financiamiento internacional y expectativas de desarrollo.
La roca no vota.
No negocia.
No concede entrevistas.
Simplemente está allí desde hace millones de años.
Lo que sí depende de la política es qué hará la Argentina con esa riqueza.
Porque el verdadero desafío nunca consistió únicamente en extraer petróleo y gas.
Consiste en lograr que algún día esa riqueza también se traduzca en mejores escuelas, hospitales, rutas, universidades y oportunidades para quienes viven sobre el territorio que la produce.
Ese debate, bastante más complejo que una recorrida oficial, recién empieza.